III: Fortuitos encuentros

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Las seis de la tarde daban, el reloj de pared lo anunciaba con su resonar por la casa. Para esas horas la mesa del comedor estaba servida para la merienda que los Belmares compartían amenamente con los Fontana.

La familia Belmares había quedado fascinada con los invitados, los Fontana eran agradables personas, educadas y refinadas en su vestimenta. Pero de ellos, la más era Ángeles, la hija menor, quien tenía endiosados a Israel y Pedro con su hermosura, elegancia y aquellos ojos tan verdes como selva húmeda. Tener sus atenciones se habían vuelto el motivo de una sutil competencia entre los hermanos Belmares.

Durante la merienda ambas familias hablaron de todo un poco, mayormente cosas triviales, sin embargo, la conversación tomó profundidad cuando don Rosendo comenzó a tocar un tema más profundo: La hacienda Belmares, sus productos, animales y tierras.

—¿Usted cría esos animales, don Felix? —Preguntó don Rosendo encantado al recordar las reses tan gordas y sanas que recién adquirió de don Félix.

Don Felix miró de reojo a Abel, y titubeó un poco antes de responder afirmativamente a la cuestión de Don Rosendo.

—Lo felicito, tiene usted buena mano para la ganadería. Y tener un hijo tan eficiente como el que tiene usted siguiendo sus pasos, debe ser una bendición.

—Gracias, lo es —admitió don Félix inflando el pecho de orgullo.

—Yo también tengo un hijo que es mi mano derecha, mi digno heredero —agregó don Rosendo palmeando la espalda de Israel que estaba a su lado. —Lo he designado, en delante, como capataz de mi hacienda.

Pedro se sintió celoso tras el comentario de su padre, doña Josefa vio a su hijo romperse por dentro y no iba a quedarse callada.

—Dos, hombre... Tienes dos hijos —Interrumpió doña Josefa. —No olvides que Pedro también se esfuerza por atender las labores de la hacienda.

—Mujer —le llamó don Rosendo a manera de regaño a su esposa —, si ya terminaste de merendar ve al jardín y llévate a tus hijas, nosotros vamos a hablar de negocios y otros asuntos de hombres.

—Por supuesto —asintió ella, sin ánimos de armar un escándalo frente a los invitados.

Doña Josefa se levantó de la mesa, y en seguida también las muchachas. Al mismo tiempo don Felix le hizo una seña a Ángeles, indicándole que se fuera con las demás mujeres. Cuando Ángeles se iba marchando, Israel la siguió con la mirada, perdido en su esplendor; Pedro estaba igual de cautivado, aunque su sentir era más producto de la presión de su madre por conseguir una novia, y le afán de no dejársela a Israel. Los hermanos Belmares no conformes con la rivalidad que siempre habían llevado por la predilección de su padre, ahora parecían estar declarándose una guerra fría por ganarse a Ángeles.

Tras ser despedidas de la mesa, las féminas retozaban en el jardín de la casona, entre las perfumadas flores y el paisaje adornado de los últimos rayos de luz diurna. Soledad peinaba el rojo cabello de Ana Sofía en una trenza, mientras Doña Josefa le platicaba con detalle a Ángeles sobre las maravillas de sus viajes y las tendencias parisinas del momento; esta última escuchaba fascinada, imaginando todas esas grandiosidades de las que doña Josefa platicaba con tanto entusiasmo.

—Si llegases a emparentar con nosotros, casándote con Pedro, verás que seré una excelente suegra. Te ayudaré a elegir un vestido precioso en El palacio de Hierro, o con algún sastre reconocido —comentó doña Josefa después de un breve silencio.

Ángeles no tuvo palabras para responder, ella ni siquiera había pensado en Pedro como una opción, a ella le gustó Israel; pero no dijo nada sobre ello, no quería hacer algún desaire a doña Josefa que parecía tan amable.

La maldición de El Infiernillo (2e)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora