CAPÍTULO 5: EL DOLOR DE MAPIA

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Mapia se vio superada por la situación con Drusito, y al no volver el guardia, se fue a su casa. Al sentarse en su cama, no pudo evitar que las lágrimas salieran de sus ojos, y una sensación de malestar le recorrió todo el cuerpo. Reflexionaba sobre lo que acababa de pasar, y buscaba una solución, sin tener ninguna por el momento.
Sophonía, que estaba preocupada por ver a su hermana así, tocó suavemente la puerta de su habitación, la abrió y se sentó a su lado, preguntándole qué le pasaba. Y Mapia, para desahogarse, le contó sobre Drusito y todo lo que había pasado con él. Y terminó diciendo que, a pesar de que no sabía si lo amaba o no, lo quería sin medida como amigo, y no quería que su relación con él acabara así. Entonces su hermana la consoló, y se prometió a sí misma que haría todo lo que fuera posible para volver a ver sonreír a Mapia.

 Entonces su hermana la consoló, y se prometió a sí misma que haría todo lo que fuera posible para volver a ver sonreír a Mapia

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Mapia siendo consolada por Sophonía

A la mañana siguiente, Sophonía fue a hablar con el rey Rufus. Pero él no la recibió, sino que fue su hija Leapissa. Era la mayor de siete hermanos, con una piel blanquísima y suave como la nieve, y unos ojos azules que reflejaban la sabiduría que había sido transmitida por sus antepasados. Su cabello largo rubio le daban un aspecto angelical, diferenciándose de las personas del pueblo llano. Amaba a su reino como nadie y, al contrario que su padre, deseaba con todo su corazón que no hubiera distinción entre especies. Eso la llevaba a intentar hacer siempre lo mejor, lo cual podía llegar a ser un problema, porque se enfadaba fácilmente si no lograba su objetivo. Ella escuchó atentamente lo que le dijo Sophonía, y le agradeció su preocupación por Drus Ágathos. Aun así, no reveló dónde se encontraba, pero sí le dijo que se encargaría personalmente de su recuperación, y que transmitiera este mensaje a Mapia. Así lo hizo, y Mapia se quedó más tranquila.

Por aquellos días, se iba a organizar por toda Luminia actos por los 200 años de la fundación de la ciudad de Elpiza. A estas celebraciones sólo estaban invitados los humanos, además de algún druida, mago o bruja a favor de la realeza humana. El rey Rufus, para celebrar esta fecha tan importante, decidió invitar a personalidades de los reinos aliados: Fenicia, Macedonia y Egipto, además de algunas ciudades que funcionaban como si fueran un país independiente. Mapia también acudió a estos actos, representando a la élite de Alasiya en el exilio. Ella aún no estaba del todo tranquila, porque era la primera vez que acudía a un evento de este tipo. Al fin y al cabo, era miembro de la familia real de un reino que Antípalos invadió, y su obligación era buscar que se unieran a la causa de la recuperación de su pueblo entre los asistentes.

El recibimiento a todos los representantes de los pueblos se hizo en el salón principal del palacio real. El lugar estaba ricamente decorado, con velas gigantes que iluminaban cada rincón, y un incontable número de telas rojas que adornaban las paredes. Cuando llegaron todos, el rey Rufus dio un discurso de bienvenida:
- Queridos invitados, hoy nos reunimos no sólo para conmemorar los 200 años de la fundación de Elpiza, sino también para recordar nuestra alianza y profunda amistad desde entonces. Miren a su alrededor, y verán rostros de tierras muy lejanas. Eso significa que la distancia y la diversidad son más importantes que cualquier diferencia que hayamos podido tener a lo largo de los años. En este día de celebración, miramos al pasado, pero también al futuro, para que las próximas generaciones hereden un mundo de paz y prosperidad. Juntos somos más fuertes para combatir cualquier desafío que se presente. Así que brindemos por este día, y por todos nosotros. ¡Salud! -y levantó una copa al aire, recibiendo una sonora mezcla de aplausos y ovaciones por parte de los asistentes.

Mapia se quedó algo enfadada, ya que su discurso de cooperación entre pueblos no era aplicado en su propio reino. Estos pensamientos hicieron que se perdiera entre la multitud, pero Leapissa, que le había visto desde lejos, y la saludó con cortesía:
- ¿Eres Mapia, verdad? -ella asintió con la cabeza-. Tu hermana Sophonía me ha hablado mucho de ti, y entiendo que hayas venido aquí para encontrar una solución para Alasiya. Así que te ayudaré.
- Muchas gracias de corazón, alteza -respondió Mapia-. Nuestros pueblos siempre han sido hermanos, pero nunca he tenido la oportunidad de hablar con otros reinos sobre este tema.
- Así es. Acompáñame a conversar con los demás.

Mapia la obedeció, sabedora de la oportunidad que tenía entre sus manos. El primero en acercarse a ellas fue Plaisio, capitán de las embarcaciones egipcias. Él era alto, de complexión atlética y algo delgada, mostrando la fortaleza física que había adquirido con el tiempo. Carente de cabello alguno, tenía una mirada profunda por su largas travesías de navegación. Vestía con linos blancos, con ligeros pliegues que terminaban en bordes dorados. Sin embargo, no era un hombre de muchas palabras, aunque sí sobresalía por su calma y sus ganas de explorar el mundo.

Tuvo que ser la princesa la encargada de iniciar la conversación:
- Bienvenido a nuestra tierra, querido Plaisio. Me complace verle en este evento tan significativo.
- La alegría es mía, alteza -respondió Plaisio-.
- Permíteme presentarte a Mapia, de familia alasiyense. Ella busca volver a su pueblo, que se encuentra ocupado por los antipalianos.
- Hablo en nombre de Egipto, cuando digo que colaboraremos en ésto.

Así se despidieron, y Leapissa seguió presentando a Mapia representantes de otros reinos. No obstante, Mapia no podía dejar de pensar en aquel joven apuesto que acababa de conocer, y había ofrecido su ayuda sin buscar recompensa. Así que, antes de que todos los asistentes se fueran a dormir, encontró a Plaisio con el resto de egipcios que habían viajado hasta Luminia, le tocó el hombro y le dijo:
- Gracias por el ofrecimiento de antes.
- No hay de qué, Mapia. Mi misión en este mundo es ayudar a quien lo necesite, en especial si es una doncella en apuros como tú.

Mapia se sonrojó por lo que le había dicho Plaisio. Se sintió profundamente atraída por él, y en los días siguientes tuvieron más conversaciones. Hablaban de muchos temas: el mar, la historia de Egipto y Alasiya, sus gustos personales… Pero lo que más estaba interesada Mapia, era en las aventuras que había tenido Plaisio antes de conocerlo. Pero nunca había expresado su amor por él, porque tenía miedo a ser rechazada. No obstante, fue Plaisio el que declaró su amor por ella una cálida tarde, mientras paseaban por los jardines cercanos al palacio. Cuando sujetaba una flor de lis púrpura, la miró a los ojos y le dijo:
- Mapia, estas flores son como tú, bellas y llenas de vida. Pronto tendré que volver a mi tierra natal, pero no quiero irme sin decirte que me gustas mucho, y quiero compartir conmigo el resto de mi vida.
- Yo también te quiero Plaisio, con todo mi corazón. Pero estoy muy agobiada por Alasiya, Luminia, mi amigo Drusito…

De repente, Mapia dejó de hablar, ya que Plaisio había cogido su mano derecha. Se miraron a los ojos, y, como muestra de amor mutuo, acercaron sus cabezas y se dieron un apasionado beso.

A pesar de la distancia, Mapia y Plaisio empezaron a ser novios. Siempre que podía, el joven egipcio visitaba Elpiza sólo para verse con Mapia, pero el resto del tiempo ella se sentía sola, aunque lo trataba de disimular con su hermana y sus amigas. Pero se podía ver la tristeza en sus ojos, así que Sophonía, harta de la situación, habló con Plaisio para que estuviera más tiempo con su novia. Para convencerlo, le enseñó su diario personal, y él se dio cuenta de que, detrás de su dulce sonrisa, Mapia escondía un gran dolor por su pueblo, por la situación en Luminia, y, en algunas ocasiones, por el paradero de su amigo Drusito. Ésto puso algo celoso a Plaisio, pero Sophonía le contó cómo antes de que se conocieran, Drus Ágathos y Mapia habían sido muy buenos amigos.

Plasio prometió a la hermana de su novia que jamás le diría a Mapia que había leído su diario, y decidió vivir un tiempo en Elpiza como embajador de Egipto. Aunque no vivían juntos, por la tradición luminiana de no estar bajo el mismo techo hasta el matrimonio, pasaron mucho más tiempo juntos, lo cual alegró el corazón de la joven. Pronto Mapia se olvidó de aquel druida que había ayudado a conectar con su espíritu de la naturaleza, así como de los problemas que tenían las otras especies del reino. Sus únicos pensamientos eran sobre Plaisio, y cómo ella iba a volver a su hogar.

Pasaron los meses, y en el barrio de los druidas sólo se hablaba de la desaparición de Drusito. Muchos pensaban que había sido encarcelado, como consecuencia de un posible nuevo intento de parar la tala de árboles. De esta manera,  crecieron las tensiones con los humanos. Nadie se podía imaginar que aquel valiente druida se encontraba recuperándose de ese momento de gran estado de nerviosismo.

El roble y la doncellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora