Capítulo 336

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Suspiro contrariada. Sebastián vendrá a por mí, iremos a cenar y es momento de decirle que vamos a dejarlo. Muerdo mi labio nerviosa, buscando las palabras adecuadas para hacerle saber que lo nuestro se acaba aquí. ¡Joder, ¿por qué estoy tan nerviosa?

El sonido del claxon anuncia su llegada pocos minutos después, me subo al coche y ponemos rumbo a un restaurante donde ya parecen conocerle bien y no deja de sorprenderme la elegancia del lugar.

El camarero no tarda en traer una botella de vino sin que siquiera preguntarnos que deseamos.

# El vino, como al señor le gusta.

Empieza por servirme a mí y luego en la copa de Sebastián.

• Gracias.

Sonríe conforme.

• El mejor bar de Miami para traer a mi chica.

Levanta su copa dispuesto a brindar. Esbozo una sonrisa y llevo la mía a mis labios. Esto no va a ser fácil.

• Bueno, ¿no vas ha contarme que tal ha ido con Iñaqui?

Se interesa.

- Bien. Hemos grabado varias tomas.

• El tío es un crack.

Le alaba.

• Te dije que merecía la pena venir aquí, pasar un tiempo juntos y trabajar con él.

- Sí.

Le doy la razón insegura. Puede que profesionalmente lo merezca, pero no quiero estar con él, lo único que me apetece es volver a casa, rodearme de los míos y dejar de sentirme sola y pequeñita todo el tiempo.

• Estas muy callada.

- No me encuentro de lo mejor.

Me excuso.

- Necesito el servicio.

Me levanto apurada. ¿Desde cuando nuestra relación ha cambiado tanto?

Me escondo en el baño de mujeres durante algunos segundos echándome agua en la cara mientras me miro en el espejo. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿O es que acaso lo nuestro siempre había sido así y no supe darme cuenta? Que tonta me siento...

Ensimismada en mis reflexiones no me doy cuenta cuando la puerta se abre y veo a Sebastián aparecer.

• Nena.

Su apodo me da asco. Ya le tengo demasiado cerca.

- Sebastián, este es el baño de mujeres.

Recorre el pequeño habitáculo con la mirada.

• Aquí no hay nadie más.

Besa mi cuello.

• Y te tengo unas ganas que voy a explotar.

Me cuenta arrastrando mi mano a su intimidad, coartada por su pantalón.

- ¡Sebastian!

Me aparto rápidamente conteniendo la arcada que me invade.

• Vamos, ¿Qué he hecho y hasta cuando piensas castigarme?

Farfulla sin soltarme.

- No me apetece hacerlo.

Sollozo.

- Y mucho menos así.

Salgo corriendo y el aire fresco choca contra mi piel mientras con una mano arrastro las lágrimas que no he podido contener.

Todos los secretos (Segunda parte)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora