PROLOGO.

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Increíble el poder de alguien que sostiene el corazón de otra persona en sus manos; lamentable, la facilidad con la que puede romperlo en un instante. Precioso, el momento en que esa persona recupera su propio corazón, comprendiendo que puede, que quiere, y que nadie tiene derecho a tratarlo así.

Tony Stark no era un hombre que dejara caer su corazón con tanta facilidad, pero maldita sea, Steve Rogers había logrado enamorarlo. Era casi triste admitirlo: no eran nada más que dos amigos a los ojos del mundo, intercambiando miradas y risas cómplices bajo los reflectores, limitándose a un vínculo que, para otros, no significaba nada más que dos amigos. Pero cuando estaban a solas, sus palabras eran otra historia.

Eran dos figuras públicas que todo el mundo reconocía. Todo el mundo veía las noticias de los dos vengadores que estaban rodeados de fans por todas partes, claro que esos fans talvez no estaban listos para escuchar que aquellos dos podían ser más que amigos o compañeros de trabajo. Stark lo comprendía, sabía el miedo de Steve y su crianza llena de ideas antiguas, dominadas por el miedo de lo que significaba que dos hombres se amaran.

Rogers podía aceptar las orientaciones de los demás sin dificultad, pero cuando se trataba de enfrentarse a sus propios sentimientos, la historia era completamente distinta.

Tony podía sobrellevarlo, conformarse con esa relación no oficial, oculta en las sombras, aunque no negaría que en el fondo deseaba algo más, pero no lo habían oficializado ni para ellos mismos. Stark no tenía problema con ello si eso hacía sentir a Steve más seguro, podía simplemente corresponder el beso del hombre y después seguirle el juego, simulando que nada había pasado, porque así era Steve, todo relativamente perfecto... hasta que el viejo amigo de Rogers apareció.

Bucky había aparecido y los roces entre ambos ya eran palpables. Steve lo defendía la mayoría de veces cuando ambos discutían, mientras que Tony intentaba demostrar que aquello no le afectaba. No pudo ser así por más tiempo. 

—Me dejaste plantado. — Stark miraba al hombre con una cruda sensación de traición.

—Bucky me necesitaba en ese momento. — Contestó el rubio mientras intentaba calmar al castaño frente a él. —Es mi amigo, me preocupo por él. — Dijo  para que el contrario intentara entenderlo, olvidandose un poco que ese mismo hombre también necesitaba ser entendido. 

—Yo también lo soy. — Dijo Stark con un nudo en la garganta comenzando a presenciarse. Claro, amigos, simplemente, "amigos".

Tony había planeado toda una noche, perfectamente de pies a cabeza, para celebrar las ventas del nuevo lanzamiento de la compañía Stark. Su invitado especial no era nadie más que su "Amigo Steve" y era al único que de verdad esperaba tener ahí, a quien le había dedicado uno de sus logros en el discurso.

Fue humillante hablar frente a todo un público expectante hacia alguien que no se encontraba ahí. Hacia una silla vacía que no había sido reclamada en toda la noche.

La discusión continuó hasta que Steve finalmente se hartó de lo que él creía, era solo un drama más de Stark. Para él, había sido más importante ir con Bucky y ayudar a alguien que lo necesitaba. Talvez no se dió cuenta que el hombre frente a él también lo necesitaba.

—Necesito ir con Bucky, aún no hemos resuelto su problema.— Sacó su teléfono buscando el contacto del ya mencionado.— Hablemos luego, ¿Sí? Podemos arreglarlo después. 

El corazón de Tony recibió un golpe con aquellas palabras desinteresadas. Sus sentimientos, esos que tan rara vez se permitía mostrar, habían sido ignorados sin más. Era como si una puerta se hubiera cerrado de golpe, dejándolo solo con el eco de lo que alguna vez se atrevió a expresar.

—Bien, ve con él. De paso ayúdale a que aprenda a resolver sus problemas solo. — Dijo para salir de la habitación sin siquiera mirar atrás, dejando al rubio procesando lo que había sucedido.

Steve finalmente había entendido tras las palabras cortantes de Stark, que aquello había tenido más peso de lo que él pensaba. No creía que algo así le afectase al arrogante hombre que parecía despreocupado por la vida casi siempre, que parecía no sentirse afectado por nada.

Para Tony era difícil creer que alguien había roto su corazón y que le había dado el permiso para ello. Se sentía tonto, impotente, pero, sobre todo, enojado. De vez en cuando cerraba los ojos, luchando contra sí mismo para no perder el enojo, aferrándose a esa rabia que le mantenía entero, porque sabía que si la dejaba ir... llegaría la fase en la que, inevitablemente, terminaría llorando.

Se sentía solo al mirar a todas esas personas en las calles que caminaban tranquilos mientras manejaba de regreso al poderoso edificio que tomaba como casa. Se sentía como el único en aquel lugar, con el corazón dándole una mala jugada. 

Amor, ese impulso capaz de hacerte sentir en las alturas, como si pudieras tocar el cielo con las yemas de los dedos. Amor, la misma fuerza que puede arrastrarte hasta las profundidades, dejándote caer cien metros bajo tierra.

Quizás Tony no estaba tan solo como creía. Ese mismo sentimiento ya había existido, en algún otro tiempo y en algún otro lugar, concretamente en una playa de Cuba, donde las olas fueron las únicas testigos. Una historia más en la delgada coincidencia del destino...


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