Jennie, una modelo y abogada argen-coreana de 25 años, desempleada y con una gran lista de deseos, decide abandonar su país natal, Corea del Sur, para encontrar una nueva oportunidad en Francia y vivir allí, donde conocerá a una joven, con muchísima...
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—¿Crees que podamos ver las cámaras de la escribanía?
—Soy la jefa, obvio que podemos.
Era la primera vez que Jennie pisaba mi trabajo, jamás quise que venga por su propia seguridad o por la presencia de los Minatozaki, pero como ahora no permanecían ninguno de los dos en París, era el momento perfecto. Fuimos juntas hacia el encargado de la seguridad general, el cual tenía el acceso a las cámaras, pero salió mal.
—Quiero una lógica razón por la que no me permite acceder a mi petición—dije con mi paciencia por el subsuelo.
—Por décima vez, usted no es la Jefa, señora Manobal.
—Sí, él se fue y me dejó a cargo de todos—me crucé de brazos—, incluso de ti.
—No pueden entrar, ella no es parte del personal.
—Lisa, si quieres entra tú sola y yo espero afuera—tomó mi brazo para susurrar en mi oído.
—No, o las dos o nadie—respondí firmemente.
—Pues ninguna, salgan de mi oficina—abrí la puerta dejando pasar primero a la dama y luego cerré de un portazo. No suelo ser una persona con mucha paciencia que digamos y nunca soporté un "no" como respuesta sin hacer nada al respecto después.
—¿Qué haremos?—preguntó.
—Seremos espías, mandu.
—Oh, eso me gusta.
Fuimos directo a mi gran oficina para planear nuestra estrategia sin llamar tanto la atención entre los empleados. Sabía qué había muchos chismosos aquí y mi jefe se enteraría de nuestras acciones por su culpa. Bueno, en realidad no había nada que él no sepa.
—¿En serio debemos vestirnos de negro, Lisa?
—Sí, ponte esto—le lancé unas prendas color negro que tenía guardadas en una bolsa—. Si te cambias frente a mí tiene más eficacia.
—¿Y tú que te pondrás?—dijo desvistiéndose delante mío.
—Yo nada, solicitaré a todo el personal de seguridad y tú entrarás.
—¿Qué debo hacer en tu juego?
—Copiarás todos los videos de las cámaras de vigilancia en un USB y luego escóndete, yo estaré aquí.
—¿Esconderme? ¡No, Lisa!—se quejó mientras disimuladamente la arrastraba por el pasillo para esconderla—. ¡Yo no sé dónde ir!
—No te sucederá nada, confía en mí, Jennie. Quédate aquí.
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