Capítulo 11

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—¿Ir a cenar... con Alison? —repetí al móvil, intentando asimilar lo que Johnny acababa de proponer.

—Caro y yo también estaremos ahí, tranquilo. No es como si fuera una emboscada en un callejón oscuro —bromeó Johnny, tratando de relajar el ambiente.

Suspiré y me pasé la mano por la nuca, caminando de un lado a otro en mi habitación.

—No sé si sea buena idea, Johnny.

Claro que quería aclarar las cosas con Alison, pero la idea de que me evitara o de sentir que todavía había distancia entre nosotros me molestaba, y no era solo cuestión de orgullo. El rechazo —o la indiferencia— dolía, más de lo que quería admitir.

—Vamos, Brant, anímate. Es una buena oportunidad perfecta para que tú y Alison dejen atrás esos malos entendidos —insistió Johnny, en un tono que combinaba seriedad con su toque bromista habitual.

Guardé silencio, sopesando sus palabras. Johnny tenía razón; seguir evitando la situación solo mantenía la tensión y el ambiente extraño entre todos nosotros.

—¿Por qué no lo dejamos así? Solo estoy evitando que la situación sea incómoda para todos —dije, aunque sabía que estaba dando excusas.

—Caro habló con Alison, y ella aceptó sin problema. Está dispuesta, Brant. ¿Por qué tú no? —La voz de Johnny se volvió más firme, como si intentara atravesar esa resistencia que ni yo mismo entendía del todo.

—¿Seguro que no la están presionando? —pregunté, queriendo descartar cualquier posibilidad de que Alison fuera por obligación.

Johnny soltó un largo suspiro al otro lado de la línea.

—Mira, si la cosa se pone rara, Caro y yo haremos lo que sea para aligerar el ambiente —dijo, con un tono casi de promesa—. Lo único que no queremos es que sigas evadiéndolo. No podemos seguir con esta tensión flotando entre todos. Confía en nosotros, ¿sí?

Su tono era cálido, amistoso, pero también firme, como si me estuviera empujando suavemente. Johnny no solo quería que fuera a la cena; quería que dejara de dar excusas, que dejara de darle vueltas. Su insistencia era clara: Es Alison, vale la pena intentarlo.

Miré el reloj en la pared. Las cinco. El tiempo pasaba rápido, y me quedaba sin opciones si seguía dudando.

—Está bien, iré —cedí finalmente, con cierta resignación, pero también con una pizca de esperanza de que esta cena pudiera cambiar algo.

—Eso es lo que quería oír, Brant —respondió Johnny, con evidente satisfacción en su voz—. No llegues tarde.

Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla en silencio. Había evitado este momento durante días, pero ahora, en unas pocas horas, tendría que enfrentarme a ella. Verla. Hablar. La idea de verla me emocionaba y me aterraba al mismo tiempo.

No sabía qué era peor: quedarme aquí, dándole mil vueltas a lo mismo, o salir y enfrentar lo que había estado eludiendo todo este tiempo. Pero si Johnny y Caro confiaban en que valía la pena intentarlo, tal vez yo también debería.

Ni modo; es la hora de los héroes.

Unas horas después de la llamada, nos encontramos en un restaurante cerca de la universidad. Era un lugar pequeño y acogedor, con luces cálidas y música suave que llenaba el fondo, aunque nada de eso lograba aliviar la tensión que sentía al pensar en lo que estaba por venir.

—Ahí viene el valiente —dijo Johnny, al verme entrar, su tono burlón, pero de alguna manera reconociendo el esfuerzo que me había costado estar allí—. A ver si logras que esto se ponga menos tenso.

Sombras del orgulloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora