Capítulo 12

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Sabía que los exámenes serían complicados, pero los profesores se pasaron de sanguinarios.

—¡Sabía que era la D! —Johnny se llevaba la mano a la cabeza, como si intentar revivir el momento pudiera cambiar algo.

—¿Y por qué cambiaste la alternativa a último momento? —preguntó Gabo, saliendo del aula con el aire relajado de quien estaba seguro de haber aprobado.

—Ni yo lo sé —respondió Johnny, su tono dramático a medio camino entre la comedia y la tragedia.

Caminábamos por los pasillos, esquivando a los estudiantes que, exhaustos, arrastraban los pies. Otros reían y hablaban de sus planes para el fin de semana, claramente aliviados de que todo hubiera terminado.

—Mejor dejemos el tema de los exámenes —intervine, tratando de cortar la conversación antes de que mi cerebro hiciera un repaso innecesario de mis propias respuestas—. Total, ese fue el último.

—Sí, pero uno se preocupa igual —dijo Johnny, sin perder su tono dramático.

—¿Y ya para qué? Ni que pudieras cambiar las respuestas ahora —dijo Gabo, ganándose una mirada aburrida de Johnny.

Ambos se sumergieron en una discusión sobre las probabilidades de aprobar, mientras yo avanzaba en piloto automático, perdido en mis propios pensamientos. Mi mente se escapaba hacia lugares más reconfortantes: una ducha caliente, algo de comida y, si tenía suerte, dormir doce horas seguidas. Después de una semana de desvelos, me lo había ganado.

Seguía divagando un poco en mis alocados planes para el fin de semana, hasta que mi móvil vibró. Era Alison.

—Alison, hola —contesté, tratando de mantener mi voz casual.

Me aparté un poco de Johnny y Gabo, quienes al escuchar de quién se trataba me dedicaron miradas cómplices y burlonas.

—Hola, Brant. ¿Qué tal el último examen? —preguntó su voz cálida.

—Lapidario —respondí en tono broma.

Aunque ni tan broma.

—¿Así de mal? —se rio ligeramente al otro lado de la línea.

—Bueno, esperemos que no —suspiré, exagerando un poco—. Ahora mis prioridades son solo llegar a mi cama y dormir hasta que sea lunes.

—Oh, cierto. Debes estar hecho polvo —hizo una pausa breve, como si estuviera ponderando algo.

Ese pequeño silencio me llamó la atención. Alison no era de las que llamaban por algo trivial, y algo en su tono me hizo pensar que había más detrás de esa llamada.

—Un poco, sí, no mentiré. Pero nada que no se resuelva con buena compañía —añadí, dejando caer un tono sugestivo.

Casi pude imaginar la sonrisa que acompañó la risita que escuché al otro lado. Su voz cambió ligeramente, como si se volviera más casual.

—Hablando de eso... ¿estás libre esta tarde? —preguntó, con un toque de nerviosismo que no pasó desapercibido.

—Como decía, pensaba hibernar, pero puedo hacer una excepción si se trata de ti.

—Qué honor —ironizó, divertida.

—Valóralo, que mi sueño es sagrado.

—Eres un vago. Ya no sé si pedirte ayuda con lo que tenía en mente.

—Que no te intimide mi entusiasmo. ¿Qué necesitas?

Alison titubeó un poco antes de responder, pero finalmente lo soltó:

Sombras del orgulloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora