Capítulo 34| Dante

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Alma tomó mi mano cuando se la ofrecí, pero no dio un paso. Se quedó allí, quieta, mirando al suelo con una expresión que no lograba descifrar. Me incliné un poco hacia ella, buscando sus ojos.

—¿Estás bien? —pregunté, tratando de ocultar la preocupación que ya empezaba a asentarse en mi pecho.

Alzó la vista, y su voz sonó baja, casi apagada. —Sí, estoy bien... pero quiero que volvamos a casa sin los guardias.

El aire pareció tensarse entre nosotros. Miré hacia los coches de seguridad estacionados cerca, donde los hombres esperaban mis órdenes, listos para escoltarnos. Había demasiadas razones para mantenerlos cerca, sobre todo después de lo que acababa de pasar en casa de mis padres. Pero cuando mis ojos volvieron a Alma, vi el cansancio pintado en su rostro, la carga de un día que claramente había sido demasiado para ella.

—¿Estás segura? —Mi tono fue más suave esta vez, aunque mi instinto seguía gritándome que no era buena idea.

—Sí, Dante. Solo esta vez. Necesito paz. —Su mirada imploraba algo más que palabras, algo que me resultaba imposible negar.

Respiré hondo, vencido, y le hice un gesto a los guardias para que se quedaran atrás. Mi mandíbula se tensó mientras ellos retrocedían y se alejaban hacia la mansión.

—Está bien. —Le apreté ligeramente la mano. —Pero, Alma, si algo pasa…

—No pasará nada. —Forzó una pequeña sonrisa, y aunque no me convenció, decidí no discutir.

Una vez en el coche, el silencio se apoderó del espacio. Los cuarenta minutos hasta nuestra casa transcurrieron lentamente. Alma pasó todo el trayecto mirando por la ventana, observando el tráfico, las luces de la ciudad y las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo. No dijo nada, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia.

La observé de reojo, mis dedos jugando con el volante. Quería preguntarle qué pensaba, si algo seguía molestándola, pero no quería presionarla. En cambio, le susurré, rompiendo la quietud.

—Me tienes para todo, princesa.

Ella desvió la mirada de la ventana, sus ojos encontrando los míos por un breve instante. La curva de sus labios insinuó una sonrisa, pero luego habló con una seriedad que no esperaba.

—Mañana tengo la revisión de los trillizos.

Mi cuerpo se tensó. Fruncí el ceño, aunque no con enfado.

—¿Por qué no me has avisado antes?

—No era importante. —Su respuesta fue rápida, casi automática, y eso encendió una chispa de frustración en mi pecho.

Giré la cabeza hacia ella, manteniendo el tono firme pero calmado. —¿No importante? Alma, estamos hablando de nuestros hijos. Por supuesto que es importante.

Ella suspiró y volvió a mirar por la ventana, como si quisiera evitar la conversación.

—Cuando lleguemos a casa, voy a cancelar todas mis reuniones de mañana. —No era una sugerencia, era una decisión.

Alma giró la cabeza hacia mí, sus ojos ligeramente abiertos por la sorpresa. —No hace falta, Dante. Es solo una revisión.

—Son mis hijos, Alma. Claro que hace falta.

La forma en que me miró después de eso fue distinta. Había algo cálido en sus ojos, algo que parecía suavizar su resistencia. Sus labios formaron una línea fina, y aunque no dijo nada, su silencio fue suficiente para mí.

El resto del trayecto lo pasamos sin hablar. La vi acariciar su vientre mientras volvía a perderse en sus pensamientos. Yo mantenía una mano en el volante, pero mi mente estaba ocupada con ella y con los tres pequeños que pronto llenarían nuestras vidas.

Susurros en LlamasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora