Morgan
Desperté cuando unos golpes en la puerta resonaron en mi habitación. Me giré lentamente hacia la derecha, donde estaba mi reloj despertador; marcaban cerca de las 11 de la mañana. Suspiré. Ya era tarde, y aunque no quería levantarme, sabía que tenía cosas que hacer.
Me incorporé de la cama y estiré mi cuerpo, dejando que mi cabello cayera sobre mi rostro y hombros. Caminé hacia el espejo, y al verme con ese aspecto desaliñado, me reí un poco de mi reflejo. Sin embargo, los golpes en la puerta volvieron a escucharse, así que no perdí más tiempo. Sin zapatos ni brasier, solo con un short y una camiseta negra enorme, me dirigí hacia la entrada. Después de todo, ya me habían despertado.
Bajé las escaleras y, al llegar, entreabrí la puerta con cierta desconfianza. Del otro lado estaba Erick, mirándome fijamente. No tardó más de unos segundos antes de soltar una carcajada estruendosa, esa risa tan característica de él. Contagiada, también sonreí, y lo invité a pasar mientras él seguía riéndose sin parar.
Al entrar, noté que llevaba una caja de tamaño considerable en las manos. Era de color cartón y no tenía ningún distintivo en el exterior. Por la apariencia, parecía algo insignificante, quizás incluso basura. Erick se acomodó en el sofá y dejó la caja a su lado, observándome en silencio con una expresión misteriosa.
—¿Qué? —pregunté, cerrando la puerta y sentándome en el sillón de enfrente. Crucé las piernas, no pude evitar notar que parecían las de un oso por lo peludas que estaban.
—Nada —respondió él, girando la cabeza hacia la izquierda, como si intentara contener una sonrisa.
Arqueé una ceja, escéptica.
—¿Todo está bien? —insistí. Erick asintió rápidamente, aunque su comportamiento era extraño incluso para él. Mi mirada se dirigió hacia la caja, sospechando que tenía algo que ver con su actitud.
—¿Qué llevas ahí?Erick miró la caja y la abrazó como si estuviera protegiendo un tesoro.
—¿Esto? —preguntó, señalándola con el mentón. Asentí.
—¡Ah! Nada importante, solo cosas sin valor.Su respuesta solo alimentó mi curiosidad.
—¿Está bien...? —dije con una sonrisa nerviosa, mientras él desviaba la mirada nuevamente, ahora hacia la derecha.—Qué lindas peonías —comentó de repente, cambiando de tema con total descaro.
Me giré hacia las flores que mencionaba y sonreí.
—Gracias.—Quien te las dio debe haberse quedado pobre. —Soltó una risa maliciosa.
—Espero que no —respondí, riendo también.
El silencio incómodo volvió a llenar la sala. Yo no podía apartar la vista de la caja; mi mente comenzaba a imaginar todo tipo de cosas. ¿Que tal y había algo malo dentro?. Pero por otro lado, Erick parecía despreocupado, como si no hubiera nada de qué alarmarse y eso me ponía aún más inquieta.
Al final, mi curiosidad me ganó.
—¿Qué hay dentro? —pregunté de nuevo.Erick me miró con fingida confusión.
—¿Dentro de qué?—De la caja —repliqué con impaciencia.
—¿Cuál caja? —encogió los hombros, haciéndose el desentendido.
Llevé una mano a mi cara, frustrada. Obviamente lo estaba haciendo a propósito.
—La que tienes ahí.Erick miró la caja como si fuera la primera vez que la veía.
—Ah... ¿esta? Nada... Nada... —suspiró con dramatismo—. Es solo algo que alguien dejó tirado, como si no valiera nada.
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El dolor de ser nosotros ✔️ Editando
Teen FictionEn las páginas de "Hemmelig love" se despliega una cautivadora y dura historia de ¿amor? Tal vez... Una apasionada alumna es envuelta en un torbellino de emociones al descubrir que su corazón late al ritmo de un enigmático profesor en particular. Aq...