44. Conociendo el pasado

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La futura condesa buscó refugio en el que antaño había considerado su hogar: el bosque. Encontró consuelo en el mismo lugar donde lo había hallado con anterioridad, arropada por las hojas de los adustos pinos y por el aroma de las flores silvestres. No obstante, su corazón no encontraba serenidad ni calma, por lo que siguió recorriendo el camino que sus pies dictaban. Sin un rumbo fijo, se dió cuenta de que huía, huía para intentar recomponer los pedazos de su roto corazón, huía para salvar su amor.

Un amor que sabía que era imposible.

Sin embargo, sus sentimientos la desbordaban y sin un pensamiento claro en su cabeza, llegó al único rincón que conocía y que podía llamar propio: un pequeño claro de rocas en mitad del bosque.

El aliento se le quedó en la garganta, incapaz de respirar cuando observó una pequeña silueta, encogida, sobre las rocas. El diminuto cuerpo se abrazaba a sí mismo, como si estuviera marchitándose como una flor que ve caer sus pétalos uno tras otro.

Pero fue el débil sonido del llanto lo que terminó de partir en dos el corazón de la condesa. Un leve murmullo lastimero que sonaba igual que un profundo pésame. Buscando detener aquel lacerante dolor, corrió hacia su persona.

Aquella era su persona, la única que había conseguido ganarse su amor y que era el objeto de todos los deseos de su corazón.

Tras escalar a la roca y sin detenerse ni un instante, abrazó aquel pequeño cuerpo que tanto amaba. Sin embargo, en vez de detener las lágrimas, ambos rostros compartieron su tristeza, dejando que aquellas frías gotas se mezclaran en sus mejillas y ropajes.

Sintiendo el calor de un cuerpo contra el otro, encontraron el único consuelo que podían, la presencia ajena que tan bien reconocían. Que injusto era que tuvieran que decirse adiós cuando lo único que querían era susurrarse palabras de amor.

Su amor.

Su mejor amiga.

Su pequeña y dulce marquesa.

Que cruel era el destino enlazándola de por vida con su hermano.

Ambas descendieron de las rocas, huyendo del frío que les calaba los huesos y sin mediar palabra, se observaron con detenimiento.

La condesa quería grabarse a fuego en la memoria aquel suave rostro, aquella mirada anhelante, aquellos labios que deseaba por encima de todo, todo lo que representaba al que siempre sería el amor de su vida.

La marquesa quería cincelar aquel hermoso rostro, aquella melena tan salvaje como la propia mujer, aquel amor que ardía en sus pupilas, guardándolo todo en lo más profundo de su corazón para que nunca cayera en el olvido de su mente.

Sosteniéndose la una a la otra, la marquesa le limpió una última y solitaria lágrima a la joven, sin saber qué más podía hacer para conseguir lo único que deseaba. Así que hizo lo único que le dictaba su corazón.

La besó.

Le rozó los labios con todos sus sentimientos a flor de piel, dejando que el anhelo, el dolor, la ira, la frustración y el amor que sentía se volcara entre ambas. Sostuvo entre sus brazos aquella figura que tanto adoraba y se dejó extasiar por la dicha del momento.

Sin embargo, un grito ahogado irrumpió en el claro, separándolas con terror.

El rostro del joven conde, empañado por la ira, las observaba con repulsa.

Enredadera negra y rojaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora