Max nunca había sentido tantos nervios en su vida. Ni siquiera antes de su primera carrera en la Fórmula 1. Pero hoy era diferente. Hoy iba a conocer a su hijo.
Estaba frente al espejo en su habitación, ajustándose una camisa blanca perfectamente planchada. Kelly, como siempre, había insistido en que debía causar una buena impresión. "No quieres que piense que eres un desastre," había bromeado.
Sobre la cama había un pequeño ejército de regalos cuidadosamente seleccionados. Había pasado horas eligiéndolos, con la esperanza de acertar: un tren eléctrico, un peluche de un león —porque Sergio le había contado que era el animal favorito de Pato—, y un par de libros infantiles ilustrados que, según el vendedor, eran los favoritos de todos los niños.
— ¿Seguro que llevas todo? —preguntó Kelly desde la puerta, con una sonrisa divertida.
Max asintió, tomando aire profundamente.
— Sí. Aunque no estoy seguro de que esté listo.
— Estarás bien —dijo Kelly, dándole una palmada en el hombro—. Solo sé tú mismo, y recuerda que no se trata de impresionar a Pato, sino de conectar con él.
Max asintió de nuevo, aunque el nudo en su estómago no desapareció.
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El trayecto hasta la casa de Sergio fue un torbellino de emociones. Max no dejaba de imaginar cómo sería el pequeño. ¿Sería tímido? ¿Extrovertido? ¿Le gustaría jugar o sería más reservado? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionaría al conocerlo?
Cuando finalmente llegó, estacionó el coche frente a la pequeña pero acogedora casa de Sergio. Tomó los regalos y se dirigió a la puerta, su corazón latiendo con fuerza.
Sergio abrió la puerta tras el primer timbre, y por un momento, ambos se quedaron en silencio, mirándose. Sergio llevaba una camiseta sencilla y unos jeans, y su expresión era una mezcla de nervios y calidez.
— Hola —dijo Max, rompiendo el silencio.
— Hola —respondió Sergio, abriendo la puerta por completo—. Pasa.
Max entró, observando el espacio que rápidamente reconoció como el hogar de alguien que vivía por y para su hijo. Había juguetes cuidadosamente guardados en una esquina, un dibujo infantil pegado en la nevera, y un pequeño par de zapatillas junto a la puerta.
— ¿Está Pato aquí? —preguntó Max, su voz un poco más baja de lo normal.
— Sí, está jugando en el jardín con Carola —respondió Sergio, señalando hacia el patio trasero—. Quería hablar contigo antes de que lo veas.
Max asintió, dejando los regalos sobre la mesa del comedor.
— ¿Está bien?
Sergio respiró hondo, cruzándose de brazos.
— Está bien, pero quiero que entiendas algo. Pato es un niño muy sensible. No quiero que se sienta confundido o presionado, así que... quiero que tomemos esto con calma.
— Lo entiendo —dijo Max, asintiendo con seriedad—. No quiero abrumarlo. Solo quiero conocerlo y, si él está de acuerdo, formar parte de su vida.
Sergio lo miró durante un largo momento, evaluando la sinceridad en sus palabras. Finalmente, asintió.
— Bien. Vamos.
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Max siguió a Sergio hasta el jardín, donde un pequeño niño de cabello castaño claro y ojos azules jugaba con un camión de juguete bajo la sombra de un árbol. Carola estaba sentada cerca, leyendo un libro, pero levantó la vista al verlos llegar.
— Pato —llamó Sergio con suavidad.
El niño levantó la cabeza, y cuando vio a Sergio, una sonrisa iluminó su rostro.
— ¡Papi! —exclamó, dejando el camión y corriendo hacia él.
Sergio lo levantó en brazos, dándole un beso en la frente.
— Quiero que conozcas a alguien muy especial —dijo, girándose hacia Max—. Este es Max.
Pato miró a Max con curiosidad, sus pequeños ojos estudiándolo detenidamente.
— Hola, Pato —dijo Max, tratando de sonar relajado aunque su voz temblaba ligeramente—. Es un placer conocerte.
El niño no respondió de inmediato, pero finalmente se escondió en el cuello de Sergio, claramente tímido.
— Dale tiempo —susurró Sergio a Max—. Es un poco reservado con los extraños.
Max asintió, forzándose a mantener la calma.
— Traje algo para ti, Pato —dijo, señalando los regalos que había dejado en la mesa.
Eso pareció captar la atención del pequeño, quien levantó la cabeza y miró a Sergio, como buscando su aprobación.
— ¿Por qué no vamos a verlos? —sugirió Sergio, sonriendo.
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En el interior, Pato se sentó en el suelo mientras Max le mostraba el tren eléctrico. Poco a poco, la curiosidad del niño venció a su timidez, y en cuestión de minutos, estaba riendo mientras Max le explicaba cómo funcionaba.
Sergio observó desde el sofá, sintiendo una mezcla de alivio y ternura. Ver a Max interactuar con Pato de una manera tan natural le daba esperanza de que las cosas podrían funcionar.
— ¿Te gusta? —preguntó Max, viendo cómo Pato empujaba el tren por las vías.
— Sí —respondió el niño con una sonrisa tímida—. Gracias.
Max sintió que su corazón se llenaba al escuchar esas simples palabras.
— De nada, campeón.
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Cuando llegó la hora de despedirse, Pato estaba lo suficientemente cómodo como para darle un abrazo rápido a Max antes de correr de vuelta al jardín.
— Creo que fue un buen comienzo —dijo Sergio, caminando con Max hasta la puerta.
— Fue más de lo que esperaba —admitió Max, sonriendo débilmente—. Gracias por darme esta oportunidad.
Sergio asintió, cruzándose de brazos.
— No es solo por ti. Es por Pato. Él merece tener a su padre en su vida, y tú mereces conocerlo.
— Prometo que no voy a decepcionarlos —dijo Max con firmeza, mirándolo a los ojos.
Sergio sostuvo su mirada por un momento antes de asentir.
— Espero que así sea.
Cuando Max se fue, Sergio cerró la puerta y apoyó la frente contra ella, sintiendo una mezcla de emociones. Había dado el primer paso hacia algo nuevo, algo que podría cambiar sus vidas para siempre. Y aunque el camino no sería fácil, sabía que valdría la pena.
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Bajo las Luces de la Tentación
FanfictionEn una fiesta exclusiva, Checo Pérez, un joven doncel de 18 años con sueños de ser modelo, y Max Verstappen, un prometedor piloto de 20 años, se encuentran y se sienten atraídos de inmediato. Tras unas copas y una conversación ligera, deciden dejars...