Capítulo 11: Dime que me quieres

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Pues llegamos a la undécima parada de esta historia! Capítulo 11: Dime que me quieres.

Mis especiales agradecimientos a Cecilia por sugerirme la canción que da título a este capítulo, que, la verdad, no queda mal del todo. Un pequeño aporte por todo lo que te aguanto, querida. (GRACIAS).

Vámonos a descubrir nuevos comienzos con Marta y Fina, que en toda una vida hay mucho tiempo para todo!

Millones de gracias siempre por todo el apoyo, que me hace infinitamente feliz.

Deseando que me contéis con pelos y señales qué os parece esta nueva parada! Ojalá la disfrutéis tanto como yo!

Nos leemos pronto!

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BANDA SONORA: Dime que me quieres - Tequila (1980)

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Hay una cosa que te quiero decir,

que es importante, al menos, para mí.

Toda la noche estuve sin dormir

porque una frase de tu boca quiero escuchar.

Me costó mucho, y al final decidí

ir a tu casa y ahora estoy frente a ti.

Quiero escucharlo y no me importa rogarte,

por favor, no juegues con mi corazón.



París, 13 de diciembre de 1978

La Navidad había invadido cada rincón de París de la misma forma que el musgo invade una roca húmeda y sombría. Todo estaba lleno de luces y adornos con el único objetivo de contagiar a los transeúntes el espíritu navideño. Y eso, acompañado de la nieve y del terrible frío que azotaba las calles, hacía imposible escapar de la realidad. El despliegue decorativo había ido aumentando de manera exponencial con el paso de los años, alcanzando su auge cuando un par de años atrás las Galerías Lafayette decidieron adornar su mítica cúpula con un despampanante árbol que se había convertido en tradición, y todo parisino que se preciara debía hacer cola para poder contemplarlo en directo.

Pero a Marta de la Reina toda esa parafernalia no podía importarle menos en ese momento. No podía prestar atención a la belleza cargada de ilusión que la rodeaba, porque sólo deseaba que el tráfico se evaporase y que su chófer pudiera dejarla en casa en menos de cinco minutos. Se había entretenido demasiado en la oficina y ahora lo estaba lamentando. Esa misma mañana le había prometido a su mujer que llegaría a tiempo, y no había sido así. Menos mal que ella la conocía lo suficiente como para asumir de antemano que no lo haría sin que eso supusiera un perjuicio para su relación. Así tenía que quererla, no le quedaba más remedio. Y si a estas alturas de la vida todavía no lo había asumido, entonces Fina Valero era una ingenua de manual.

Entró en casa como una tromba, casi sin aliento, y sin deshacerse del abrigo ni de su maletín, corrió a buscarla al salón, donde la mujer reposaba en el sofá, atenta a las imágenes del televisor y con la radio encendida de fondo en un dial español. Eran más de las 7, lo que implicaba que, indudablemente, había llegado demasiado tarde.

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