V: El médico

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Los pasos firmes del doctor hacían eco por el vestíbulo al caminar, el hombre de escasos treinta años observaba fascinado la elegancia y grandeza de la casa de los Belmares. Los azules ojos de Danilo Vázquez miraban de allá para acá mientras Tomás lo conducía hacia la sala, donde aguardaría a ser recibido por Israel.

—El doctor Vázquez ha llegado —Anunció Tomás dirigiéndose a la planta alta.

Esperando, Danilo era consumido por los nervios y la emoción, estaba a punto de reencontrarse con Israel, ese amigo al que por obra de la buena suerte conoció, y con quien tantas aventuras compartió cuando eran más jóvenes y sólo se ocupaban en conocer el mundo, viajando de un pueblo a otro en busca de vivir la vida.

Finalmente, tras unos minutos de aguardar paciente, Danilo veía venir a Israel, ambos amigos se reencontraban después de tanto tiempo.

—Danilo ¡Nos volvemos a ver! —Exclamó emocionado Israel al encontrarse con su viejo amigo.

Danilo e Israel se abrazaron y se tomaron por los hombros, dándose un segundo para verse; habían cambiado con la edad, ya no eran unos jovencitos como en aquellos tiempos en que coincidieron en una cantina de Minatitlán y ambos tuvieron que unirse para salir bien librados de un pleito en el que accidentalmente se vieron involucrados con unos arrieros; a pesar de las inclemencias del pasar de los años, su amistad y complicidad seguían intactas.

—Hace tantos años, amigo, pensé que me habías olvidado —Exclamó Danilo con las pupilas llenas de bellos recuerdos de juventud. —Me alegró tanto recibir tu carta.

—Y a sólo dos días de haberla enviado, ya estás aquí.

—Es que al enterarme que un amigo me necesitaba, no dudé en hacer maletas.

—Te lo agradezco, hombre. Pero vamos, toma asiento y cuéntame que ha sido de ti —dijo Israel ofreciendo asiento a Danilo, antes de ir al comedor por un par de vasos y el mejor tequila del gabinete.

—¿Pues qué te cuento? Ha pasado tanto desde la última vez que conversamos; me casé con una bella mujer de Colima, monté mi propio consultorio —Comentó Danilo cuando Israel regresó con la bebida. —No me quejo, la vida me ha tratado bien.

—Me da tanto gusto saber eso, pero cuéntame ¿Quién es la afortunada señora Vázquez?

—Hay veces que ni yo lo sé —confesó Danilo cambiando su semblante efusivo por uno de pena. —A mi mujer nunca le ha faltado amor para darme, ha sabido abrirme su corazón, pero en cuanto a su vida antes de mí es muy hermética, no conozco a ningún familiar suyo, amistades, nada. De ella sólo sé lo que toda la gente sabe, y nada más.

Israel sirvió otra ronda de tragos, la conversación se estaba volviendo profunda y sabía que los necesitarían.

—Pero ahora dime tú ¿Qué haz hecho de tu vida?

—Absolutamente nada, mi amigo —admitió Israel con cierto pesar. —Sigo atendiendo los deberes de la hacienda, cuidando de mi padre, e intentando sin éxito meter en cintura a esta familia descarriada.

—¿Y de amores? —Preguntó Danilo sin sonar imprudente.

—No es algo para mí, lo he comprendido —afirmó, después un suspiro. —Sigo enamorado de un imposible, y estoy intentando borrar esos sentimientos buscando el amor de otra dama.

—¿Así que ya tienes en la mira a alguna fémina? —Preguntó Danilo con picardía.

—Si, la hija de un nuevo socio de mi padre, la señorita Ángeles es un encanto —expresó Israel —Yo sé que es la única que podría borrarme estos sentimientos por aquella que amé tan indebidamente desde niño.

La maldición de El Infiernillo (2e)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora