Bill

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No había dormido nada, y eso que me automedique con unas pastillas que ayudarían, pero no hizo ningún efecto. Solo me mantuvieron más activo de lo normal, así que hice lo que todo el mundo hace cuando no puede dormir: arreglar su casa.

Mi cabaña estaba aseada, no gracias a mí, por supuesto. En eso no había cambiado: el desorden era mi sello personal y no lo dejaría. Así que tenía personas ayudándome en el aseo del interior y el exterior de mi hogar.

Pero había algo que debía hacer yo mismo, y era acomodar el estudio que mantenía bajo llaves. Después que Tom se fue a Canadá, la inmobiliaria me llamó para que recogiera todo lo que dejó en su apartamento. Era obligación de Georg, pero en esos momentos estaba de vacaciones con Gustav, y yo, por ser legítimamente su esposo, debía hacerme cargo.

Contraté el servicio de mudanza, y trajeron todo a mi cabaña. Lo único que pude hacer fue archivarlo en una habitación y cerrar con llave. Había pospuesto mi deber, pero ahora que no tenía sueño y que estaba un poco animado por la medicación, me puse manos a la obra.

El estudio de Tom sería en el sótano, así que bajé las escaleras y deslicé la puerta. La oscuridad me recibió, pero tomé el teléfono y prendí las luces. El estudio estaba listo para ser ocupado, pero al estar tanto tiempo encerrado, había demasiado polvo.

Tomé la aspiradora y la encendí. Enseguida, la cosa redonda comenzó a dar vueltas e ir a un lugar a otro, limpiando a su paso. Mientras que la cosa redonda hacía su trabajo, yo limpiaba los vidrios y las mesas donde irían los teclados y todo el sistema que Tom tenía.

Cuando estuvo todo en su lugar, pasé por colgar las guitarras, los diplomas, las fotos, hasta me atreví a poner una de mi Mia allí. Cuando la cosa redonda terminó, vacié su mugre en un bote de basura, para luego colocarla en la cabina de grabación.

Coloqué el mástil con el micrófono, la silla, los audífonos y muy cerca, su guitarra preferida en su base. Solo faltaban los premios y demás logros que había obtenido en estos dos años, pero ya eso quedaba de parte de él, si quería ponerlos allí.

El canto de los pajaritos anunció el amanecer. Tomé una taza de café recién hecho y salí a la parte trasera de mi casa. La vista en la mañana era majestuosa, y más cuando el sol era inclemente. Me senté en mi sofá cama bajo una sombrilla de sol, al refrescar mi mente.

Entonces, lo recordé. Bueno, una vez más lo recordé. Se veía tan hermoso y tan maduro, no era el mismo chico que conocía y eso me gustaba. Tom transmitía seguridad y dependencia de si mismo, que mi corazón se alegró de saber que había tomado la mejor decisión. Su físico también había cambiado, se veía más varonil, más... ¡Dios! No hay una descripción exacta para él, porque sencillamente es perfecto.

Suspiré con nostalgia al recordar que posiblemente estaría dentro de un avión con rumbo a Canadá. Mi niña vino con sus pasos descoordinados, llegó hasta mí y la subí en mi regazo para ver juntos lo que quedaba del amanecer. Había caído como una piedra, ella tenía el sueño pesado y agradecía que fuera así, o si no hubiera estado despierta conmigo toda la noche.

La brisa golpeó suave, así que la hizo dormir nuevamente. La alcé para llevarla en su cuna y que descansara más, si es posible. Pero el visitante que tengo en mi puerta no es consciente de eso y tocó el timbre desesperado, así que bajé rápidamente y abrí, encontrando a Jimin allí.

-¡Rayos! Bill, ¿sabes lo lejos que está esto de la ciudad? -me dijo, sacando su chaqueta negra y entrando de prisa sin ser invitado. Jamás lo había visto tan informal, parecía un rockero. Sacó sus lentes oscuros y los guardó en un gran bolso que sostenía.

-Bueno, ¿y qué tanto me ves? -vaya cambio que tuvo, del médico profesional no quedaba nada.

-No te había visto tan informal -dije, sorprendido.

𝑵𝒐 𝑷𝒖𝒆𝒅𝒐 𝑫𝒆𝒋𝒂𝒓𝒕𝒆 𝑰𝒓  ⟬ᵗʷᶜⁿʳ⟭Donde viven las historias. Descúbrelo ahora