Jennie, una modelo y abogada argen-coreana de 25 años, desempleada y con una gran lista de deseos, decide abandonar su país natal, Corea del Sur, para encontrar una nueva oportunidad en Francia y vivir allí, donde conocerá a una joven, con muchísima...
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Desde que Jennie se fue, hace cuatro meses, mi cuerpo pensaba más con mi corazón que con mi cabeza mientras solía estar ebria.
Quería contactarme con ella, pero mi orgullo me lo impedía.
Hace unas semanas, nuestro restaurante Victoria, estaba casi en la quiebra, todo allí era un caos. Sin la dueña en el país y yo que tenía mi propio trabajo al borde del colapso, nada es igual. Casi nadie supervisaba el lugar más que Grace, quien asistía dos veces por la semana, pero no eran gran ayuda que digamos debido a su larga edad.
Necesitaba hablar urgentemente con ella, no solo por la excusa de nuestro emprendimiento, si no también por mis sentimientos. Sí, tenía claro que la extrañaba, pero no servía de nada.
Bien sabía que ella y yo éramos como el sol y la luna, podíamos eclipsarnos, pero no duraría más que un rato.
Esa mañana, me desperté como de costumbre. Me bañé, desayuné unos huevos revueltos y salí de mi departamento. Esta vez, mi destino no sería mi trabajo, sino su trabajo.
—Paul—entré abriendo las puertas rápidamente sin importar qué estuviese haciendo—. Necesito que me digas cómo carajo te contactas con tu hija—me senté delante suyo, apoyando una pierna arriba de la otra, cómodamente.
—¿No lo tienes? Ha cambiado hace unas pocas semanas su número porque el anterior se averió, según ella.
Gentilmente y con su usual cálida sonrisa, tomó su móvil y me envió en nuevo número de Jennie.
Al salir del lugar, lo agendé y demoré unos minutos en querer llamar, percibía que vendría un rechazo por parte suya y eso me atemorizaba. Pero no hay tiempo para ser cobardes, así que apreté llamar.
—¿Hola?—se escuchó una voz detrás de la línea.
—Hola, Jennie, soy yo...—hice una pausa y tragué con dificultad—. Lisa.
—¿L-Lisa? Pero, ¿por qué llamas?
—Victoria está al borde de la quiebra desde hace semanas y ya no sé qué hacer. No tengo tiempo de ir y Grace se ha encargado, pero nada es igual.
—¿Nada es igual a qué?
No respondí por unos eternos segundos, era obvia la respuesta, pero ella quería escucharla de mi boca.
—Nada es igual a que la mismísima Lalisa Manobal vaya a supervisar por su cuenta, claro—respondí sonando con obviedad.
Colgó.
Pero eso no impidió a que la llame de nuevo para arreglar el asunto.
—¿Con quién tengo el disgusto de hablar?—preguntó con ironía.
—Jaja, muy graciosa. ¿Podrías decirme que quieres hacer con nuestro restaurante?
—¿Nuestro? Primero que nada, es M-I-O, y segundo, ciérralo por mí.