46. Fe

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Tercera persona

–Padre Alejandro, ¿dónde pongo esto?

León cargaba con facilidad un pequeño altar de ofrendas, ornamentado con varias filas de pequeñas velas apagadas. El cajón era de madera buena, maciza, lo que hacía aún más sorprendente el poco esfuerzo que hacía el joven para mover el mueble de un lugar a otro.

La entrada de la iglesia se había transformado en una exposición de muebles y de elementos religiosos esparcidos en el pequeño claro que se abría ante el camino de tierra que los feligreses utilizaban habitualmente. Había varios bancos colocados en fila mirando hacia el edificio mientras varios candelabros de pie los rodeaban de manera desordenada. Un gran crucifijo de madera labrada se había colocado al frente, haciendo que todo el público tuviera que centrar su atención en él, colocado todo de manera circular, usando la forma del terreno que rodeaba al templo.

–Ponlo en aquel lateral –le contestó la suave voz del cura–, justo allí, junto al primer banco.

León calculó una distancia prudencial para que la gente pudiera deslizarse entre ambos y situó el altar con cuidado. Lo observó por unos segundos antes de asentir en señal de aprobación. Se giró y observó cómo estaba quedando todo a su alrededor, aunque sus ojos se deslizaron automáticamente hacia lo que de verdad quería contemplar.

Max estaba sentado en uno de los primeros bancos, junto a un cáliz y una patena de plata sobriamente embellecidos, apenas con unos ribetes florales. Max contaba las hostias, profundamente concentrado, mientras las colocaba en el cuenco en pequeños montones.

León se dirigió hacia él, en parte intentando huir del calor del trabajo físico pero principalmente para ayudar al pelinegro en su tarea. Observaba aquellos pequeños discos con una mirada tan obcecada y concentrada, que parecían haberse convertido en su peor enemigo.

Antes de poder alcanzarlo, el padre Alejandro se interpuso en su camino. Le colocó la mano en el pecho para que detuviera sus pasos y lo observó con una cálida sonrisa.

–Déjalo hacerlo solo. Se ha ofrecido él mismo y sabes que le sirve para practicar.

León frunció el ceño ante aquellas palabras, aunque sabía que tenía razón.

–Lo sé, pero... parece que está sudando incluso más.

Una risa contenida se le escapó entre labios al padre.

–Ya lo veo pero eso es bueno, significa que se está esforzando de verdad. Debes dejar que lo haga por sí solo, ten fe en él.

León asintió– De acuerdo, simplemente me sentaré a su lado a esperar que termine. Bueno, solo si no necesitas nada más –señaló observando los cambios que se habían provocado en el entorno.

–Eso es todo por hoy. Muchas gracias por tu ayuda, León. Sin ti no hubieses conseguido tenerlo todo listo antes de la cena. Esta noche esperamos a muchos vecinos.

El padre se marchó con paso tranquilo hacia el interior de la iglesia, decidido a concluir con los últimos detalles que faltaban para la ceremonia de aquella noche. Antes de traspasar las puertas abiertas y perderse en el interior, observó a Max con una cariñosa sonrisa.

León se acercó con sigilo, por temor a distraer al chico de su tarea, y se deslizó junto a él en el banco.

Aquella mañana era especialmente asfixiante. Aunque la temporada de verano estaba llegando a su fin para darle paso al frío, aquellos días estaban alcanzando temperaturas más elevadas de lo normal.

León se desabotonó la camisa, esperanzado en refrescarse un poco y conseguir que se le secaran las gotitas de sudor que se deslizaban por su piel. Sin embargo, nada parecía ayudar ante aquel sol abrasador, ni siquiera la sombra de los árboles que se alzaban sobre ellos.

Enredadera negra y rojaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora