Jennie, una modelo y abogada argen-coreana de 25 años, desempleada y con una gran lista de deseos, decide abandonar su país natal, Corea del Sur, para encontrar una nueva oportunidad en Francia y vivir allí, donde conocerá a una joven, con muchísima...
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—¿Qué?—me sobresalté de la camilla—. Lia... ¿murió?
—No digas eso, idiota—mi madre golpeó mi cabeza desde atrás.
—N-No... Mhmm... Un anciano vino y pensé que era su abuelo, pero luego notaron que no era él.
Giré a ver el rostro de todos mis familiares, casi ninguno lo podía creer, excepto Jennie. Al notar sus facciones, sabía que en cualquier momento se desmayaría, por ello me acerqué rápidamente y entrelacé mis brazos en su cuerpo.
—Paul, trae el auto—ordené y él asintió, saliendo al instante de la habitación—. Enfermera, consígame al encargado de las cámaras de seguridad y que persiga al hombre—mi vista se giró a los que restaban—. Ustedes quédense con Jen, ella debe permanecer...
—No—me interrumpió.— Iré contigo—intentó zafarse de mi agarre, pero no pudo.
—Vas a quedarte acá dije.
—¡Lisa, se trata de nuestra hija!, no me quedaré aquí como una tonta esperándote—posó sus manos en mi pecho alejándome.
Sin decir más, ya que no desataría una pelea en ese momento, extendí mi mano hacia ella y la tomó, posicionándose a mi lado. Luego tomé una pequeña mochila que contenía su ropa junto a la de la bebé y nos dirigimos a la entrada a esperar a su padre.
—Te cambiarás en el auto.
—De acuerdo—apretó más fuerte mi mano.
Un mensaje hizo que me alarmara. Lo quité de mi bolsillo trasero ya en el auto y lo leí.
Joon-hoMinatozaki: Avenue Toujours Vivante, si quieres volver a ver a tu hija.
No lo pensé ni un minuto y le di la dirección al conductor para que nos llevé.
—Lisa, ¿A dónde vamos?
—A una fiesta.
—¿Qué? ¿en serio vas a bromear en una situación así?—se acercó a los asientos de adelante luego de terminar de cambiarse.
—No estoy bromeando, ya verás.
No tardamos más de diez minutos en llegar, debido a que medio Paris estaba en el lugar que habíamos llegado.
Ayudé a bajar a la castaña y nos dirigimos a la puerta. Paul decidió quedarse en el auto por si debíamos escaparnos. Un hombre de seguridad nos detuvo el paso, fulminando su mirada a nuestra vestimenta, ya que no era la que los invitados debían usar, así que le entregué un par de euros que tenía en mi bolsillo y nos dejó entrar. Pasamos por toda la multitud, intentando pasar lo más desapercibidos posibles, pero con un paso acelerado. Al llegar a las grandes escaleras caracol, Jennie las visualizó con la boca abierta, pero sin perder tiempo, sujeté fuertemente su mano y nos desplazamos en ellas, hasta llegar a la dura puerta de emergencia de la azotea.