Narra Alexander
–M señor, ha llegado la factura del sastre. Considero que debería de hablar con él para ajustar el pago, ha sido extremadamente elevado.
Observé cómo el viejo mayordomo entraba en mi despacho con un aspecto airado mientras alzaba una pequeña hoja de papel con la mano derecha y, con el brazo contrario, cargaba de manera incómoda con varios paquetes.
–No es necesario, Henry, si ha cumplido con todos mis requisitos, se merece lo que pida. Mis solicitudes no eran precisamente sencillas y mucho menos ordinarias... –sonreí con sorna recordando aquella conversación con el desgarbado costurero. Con cada prenda que le demanda se ponía aún más nervioso y cuando le dije el plazo de tiempo que tenía, pensé que llegaría a desmayarse de la impresión– ¿Hay alguna noticia del joyero?
–Si, señor. Anoche a última hora llegó el mozo para solicitar dos escoltas para que recogieran los pedidos en el taller. Son aquellas cajas de allí –señaló a una pequeña pila en forma de torre que descansaba en un rincón de la habitación–. No he querido mirar las piezas hasta que no estuviera usted presente para darle su visto bueno. Por otro lado, falta la pieza que encargó personalmente, el joyero le dijo anoche a sus hombres que fueran a recogerla hoy por la tarde. He mandado a uno de los guardias a por ella hace unos cuarenta minutos.
–Muchas gracias, Henry, no sé qué sería de mí sin ti –su respuesta fue una sonrisa sincera, mostrando sin reparos lo orgulloso que se sentía por su buen trabajo–. ¿Te importaría comprobar todos los paquetes conmigo? Por desgracia, yo no entiendo tanto de modas como tú y me vendría bien tu opinión.
–Por supuesto, mi señor, permítame –se dirigió con premura hacia los paquetes apilados en el suelo, y colocando sobre ellos la factura, los alzó con cuidado.
Tuve que apartar todo sobre el escritorio de roble macizo para poder alojar todas las cajas, aunque fueran unas encima de las otras. Le dejé total libertad al criado para que fuera mostrándome todas mis nuevas adquisiciones. Las joyas eran realmente impresionantes: desde las diademas y horquillas engarzadas para el cabello, repletas de florituras y piedras brillantes, hasta conjuntos de pendientes con el collar a juego de con rubíes y esmeraldas engalanadas. El oro relucía con intensidad acompañado por la belleza de los intensos colores de las gemas que acunaba. Había un gran conjunto de piezas para el cabello, después de ver la hermosa melena de Rebeca, quería que pudiera tratarla con cariño y se pudiera apreciar la belleza de aquel rubio tan característico. Los broches eran de lo más variopinto, tanto en forma y color, sin embargo había uno que llamaba la atención por encima de los demás. Se trataba de una horquilla de gran tamaño que estaba decorada en un extremo con la cabeza de león. La forma estaba diseñada para que, al recoger la melena, el animal sobresaliera por encima del cabello, mostrándose tan elegante como su portadora.
Sin embargo, las piezas del sastre eran aún más impresionantes. Los vestidos estaban confeccionados con telas de la más alta calidad y con una cantidad de detalles sorprendentes. El sastre no solo había cumplido con creces con todas mis exigencias, sino que se había explayado más allá. Las cinco prendas eran de distintos tonos: un burdeos tinto resaltaba por encima de los demás, llamando toda la atención al encaje negro que lo bordeaba; uno era de un tono marfil extremadamente pálido, pero decorado con unos bellos bordados dorados que lo hacía lucir extremadamente elegante, había dos piezas que se contraponían al ser uno del color más blanco y del negro más oscuro jamás vistos y la última prenda era del color azul índigo muy profundo.
–Después de haberlo visto todo, mi señor, creo que es un trabajo exquisito. Tenía razón respecto a la factura.
Se me escapó una carcajada corta, ante la perplejidad que escuché en el tono del mayordomo, pero desde luego estaba en lo correcto.
–Es todo perfecto, pero ¿estás seguro de que con esto es suficiente para un fondo de armario? Creo que debería de solicitar al menos dos vestidos más.
–Ya se lo dije, mi señor, primero necesita comprobar que las medidas son las correctas antes de pedir más prendas. Aún así, con todo esto ninguna mujer que se precie podrá evitar sentir envidia de su... compañera.
No se me pasó por alto el tono dudoso en sus palabras, ni el deje pícaro que intentaba controlar, así que no pude evitar rodar los ojos y sonreírle.
–Ya te lo he dicho, Henry, es solo una amiga que necesita ayuda en estos momentos. Sé que quieres organizar una boda, pero no te hagas ilusiones –el criado no pudo evitar hacer una mueca decaída, pero se recompuso rápidamente–. Está bien, me quedo con todo. Manda mensajeros con el resto de los pagos tanto al joyero como al costurero y escríbeles una carta de agradecimiento a ambos, por favor. Pero antes, pide a alguno de los mozos que te bajen el baúl de la flor de lis y mete todo esto –le dije señalando todo lo amontonado sobre el escritorio.
El semblante del hombre perdió todo color.
–¿El baúl de Lis? ¿Está seguro? Ese es el baúl de su mad...
–No va a volver –le corté de manera tajante.
El mayordomo se encogió ante mis palabras, sabiendo que aquel era un tema vetado en aquella casa. Se quedó unos segundos en silencio y pude ver en sus ojos como debatía en su interior. Parece que el valor pudo más en su fuero interno, por lo que siguió hablando.
–No es por eso, mi señor, usted sabe que ese baúl es el símbolo de la señora de la casa, es una prueba de su posición. Si ella u otra persona se entera, podría ocasionarle muchas habladurías y problemas.
Lo miré de soslayo, sin querer perder mucho tiempo con el tema. Sabía que solo velaba por mi bienestar, pero aquello no tenía cabida a discusión. Por suerte, aquel hombre me conocía mejor que yo mismo y cuando captó mi mirada, se envaró y dejó el tema.
–Ahora mismo mando a alguien, mi señor. ¿Cuándo partirá, mi se...?
Sus palabras se perdieron ante el estrépito del timbre de la puerta, por lo que haciendo una rápida inclinación ante mí a modo de disculpa, salió rápidamente hacia el primer piso.
Yo, por mi parte, empecé a organizar todas las cosas del despacho, obviando la mesa para no desajustar todos los planes de almacenaje que ya tendría Henry en su cabeza para preparar el baúl. Unos minutos después de estar guardando documentos, el mayordomo volvió con otro paquete.
–Ha llegado la pieza del joyero que faltaba, mi señor.
Haciéndole un gesto hacia la mesa, le indiqué que me lo mostrara. Haciendo hueco al pequeño estuche de terciopelo, me mostró la joya.
Todas las otras piezas eran perfectas y tenían un nivel de detalle impresionante, luciendo tan extraordinarias como lujosas, sin embargo, aquella última era la más impresionante de todas: una gargantilla de plata que tenía varios eslabones colgando, haciendo medias lunas en las clavículas de su portadora, mostraba de manera simple diferentes piedras y conchas marinas. Éstas estaban la mayoría rotas, por lo que se habían rellenado y adherido con más plata, creando pequeñas líneas brillantes entre las piezas, haciéndolas lucir aún más hermosas. Los tonos de arenisca y blancos perlados hacían un hermoso contraste con el plata del cordón, por lo que le daba un aspecto regio y sin parecer tan presuntuoso como el resto de las otras joyas.
–Es perfecta –dije deleitándome con mi diseño–. Espero que sea de su agrado.
–Por favor, mi señor, no dudo de ello. Cualquier mujer se quedaría embelesada por semejante regalo.
–Puede ser, Henry, pero ella no es cualquier mujer.
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Enredadera negra y roja
FantasyUn valle encantado. Dos familias enfrentadas durante generaciones. Un amor condenado al odio y un odio destinado al amor. Dos herederos enlazados por la magia. ¿Qué podría salir mal? Verse con Robin, el hijo del mayor enemigo de tu familia, no es b...