En donde la familia Parker se muda a China por el trabajo de Cherry, dejando descontentos a los hermanos con esta noticia. Creyendo que su vida en ese lugar sería un infierno.
O; donde Gina se entromete en una pelear en el parque para defender a su...
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Pov Gina.
El viaje de regreso en el autobús escolar fue una tortura silenciosa. El bullicio de los demás estudiantes de fondo se sentía como un zumbido lejano, incapaz de distraerme. Intenté mantener la vista fija en la ventanilla, contemplando el paisaje de Beijing que pasaba a toda velocidad, pero me resultaba imposible.
Como si un imán me obligara a hacerlo, giré la cabeza hacia atrás.
A unas pocas filas de distancia, Cheng estaba sentado, hablando con sus amigos, riendo. En el momento exacto en que lo miré, él también giró la cabeza.
Nuestras miradas se cruzaron en el aire, sosteniéndose con una fuerza que me hizo perder el aliento por un segundo. No había burlas, no había sonrisas de suficiencia. Era esa misma electricidad pesada y confusa que habíamos dejado a medias en la terraza de la Ciudad Prohibida. Me obligué a no bajar los ojos, y él hizo lo mismo.
Sin embargo, el hechizo no duró mucho. Sentada justo en el asiento de adelante, Li Mei se giró para decirle algo a Cheng, pero se detuvo en seco al notar la dirección de su mirada. Siguió el rastro de sus ojos hasta chocar conmigo. Sus ojos se entrecerraron, cargados de una furia gélida y letal que me recorrió la espalda como una descarga de agua fría.
Rápidamente, corté el contacto visual y me volví hacia el frente, con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos. La advertencia no había sido un juego.
—¿Estás bien, Gigi? —susurró Keyla a mi lado, dejando de jugar con su teléfono para mirarme con preocupación.
—Sí... solo es el cansancio de la excursión —mentí, tragando saliva.
Cuando el autobús finalmente nos dejó cerca de la escuela, el sol ya comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un tono violáceo. Keyla y yo nos despedimos del resto del grupo, mi hermano paso de mi como si no existiera, así que decidí irme con mi amiga. Optamos tomar un atajo por los callejones residenciales para llegar más rápido a la avenida principal.
—De verdad, Gigi, la cara que te puso esa tal Li Mei en el bus me dio escalofríos —comentó Keyla, acomodándose la mochila—. Esa chica está loca. Se nota a leguas que se cree la dueña de Cheng.
—Que piense lo que quiera. A mí no me asusta —respondí, aunque un mal presentimiento me oprimía el pecho.
El callejón por el que caminábamos era estrecho, flanqueado por altas paredes de ladrillo gris y salpicado de algunas bicicletas viejas y contenedores de basura. El silencio del lugar de repente se vio interrumpido por el eco de unos pasos rápidos que venían detrás de nosotras.
—Oye, extranjera.
La voz de Li Mei resonó a nuestras espaldas. Nos giramos de inmediato.
Allí estaba ella, con los brazos cruzados y esa mirada de desprecio absoluto. Pero no estaba sola. A sus costados, tres chicas de aspecto rudo nos cortaban el camino de salida. Al mirar hacia el frente del callejón, nos dimos cuenta de que dos chicas más habían aparecido, cerrándonos el paso por completo.