Epilogo.

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Tom

El despertar temprano siempre ha sido para mí muy fácil, y más cuando tienes tres hijos que reclaman tu atención muy temprano en la mañana. Pero para Bill no lo es tanto; le cuesta mucho despertar, y más desde que nació Max. Mi bebé es muy quieto, no da muchos problemas en las noches, y cuando lo hace, solo es para tomar biberón. Bill se levanta la mayoría de las veces, dice que no quiere desvelarme, ya que voy temprano a la agencia y no quiere que esté cansado todo el día.

Bajo a la cocina para preparar algo de café, y cuando coloco la cafetera, Pumba aúlla cerca de la puerta para que lo dejemos libre. —Shhh, silencio, no quiero que despiertes al bebé, Pumba— le digo mientras le abro. Él me mira con sus ojos expresivos y grandes, para luego correr como un loco por nuestro jardín, ladrando y moviendo su escasa cola. Yo lo sigo con la mirada y camino por las piedritas hasta el buzón para tomar la correspondencia. Sí, aún en esta época, las empresas usan cartas en físico. Ojeo un poco; son revistas que Bill recibe semanalmente, otras son los contratos de Axel, y un sobre rosado... Frunzo el ceño y me devuelvo.

—Buenos días, Tom— me dice la señora Stalin, nuestra vecina de al lado. Tanto ella como su esposo le cuidaron la casa a Bill mientras que él asistía a sus terapias. Me sorprendió mucho cuando mi esposo me dijo que había retirado la venta de la casa. La quería para algún día dármela, y eso fue después de nuestro matrimonio. La amo; mi casa es hermosa, y es más de mi estilo que la antigua casa. No crean, me dolió mucho cuando la vendimos, pero allí estaban todos los recuerdos malos; era tiempo de avanzar y comenzar una nueva historia de amor, y qué mejor que esta casa.

—Buenos días, señora Stalin— la saludo, y ella me sonríe. —¿Cómo está el bebé?— Mi vecina siempre está pendiente de los niños, y más de Mía; los quiere mucho. Dicen que son sus nietos, y yo me siento agradecido por ese amor a mis bebés.

—Max está perfecto; aún duerme con su padre.

—me siento feliz de tener a Bill de nuevo cerca, y a ustedes también.

—Y nosotros por cuidar nuestra casa.

— me alegro, Tom. Que tengas un bonito día— se despide y toma sus cosas de jardinería y entra a su hogar.

Busco a Pumba porque dejé de escuchar sus ladridos, y lo veo esperándome en la puerta que abro, y entramos. El clima está cambiando, y pronto lloverá. Veo a Bill con Max en brazos, bajando las escaleras. Arrojo los papeles en la mesa, exceptuando el sobre rosado.

Bill me pasa a mí príncipe, que mueve sus manitas sin control. Lo arrullo hasta entrar a la cocina. Allí veo a los mellizos, cada uno en su silla para comer, también a Mía, arreglada para la escuela, y comiendo cereal. Entonces, deduzco que Bill lleva rato despierto ya que me estaba esperando para desayunar.

—¿Qué es eso?— me pregunta por el sobre rosado que había dejado en el mesón.

—No lo sé; estaba en el buzón— me pasa el biberón de Max, y me entretengo dándole de comer a mi hijo.

—Son unas entradas— dice después de que lo abre y lo ojea.

—¿Entradas de qué?—

—Troye— dice, y deja el sobre en el mesón.

Después de que las canciones fueran un éxito, y que la carrera de Troye estuviera en la cima, cada que podía, nos invitaba a su concierto. Pero Bill se negaba, excusándose de que ni a los conciertos de su hermano asistía.

—Deberíamos ir— le propuse.

Giró para verme como si fuera una película de terror.

—¿Qué?— me encogí de hombros. —Antes no podíamos por los niños, pero Max ya tiene seis meses y mi mamá estará encantada de cuidarlos a todos.

𝑵𝒐 𝑷𝒖𝒆𝒅𝒐 𝑫𝒆𝒋𝒂𝒓𝒕𝒆 𝑰𝒓  ⟬ᵗʷᶜⁿʳ⟭Donde viven las historias. Descúbrelo ahora