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El rey Jin Woo no bajó a las mazmorras como un monarca.

Bajó como un hombre que ya había tomado demasiadas decisiones irreversibles.

Jungkook estaba sentado en el suelo cuando lo vio acercarse, la espalda apoyada contra la pared fría, las rodillas flexionadas, pero no se levantó, no por orgullo, sino porque estaba cansado de fingir respeto ante alguien que había decidido su vida antes de conocerla.

—Otra vez —murmuró—. Empiezo a pensar que no logra dormir tranquilo.

Jin Woo se detuvo frente a la celda.

—Duermo lo suficiente —respondió—. Son otros los que no concilian el sueño.

Jungkook alzó la mirada.

—¿Mi madre tampoco dormía, Majestad? ¿O eso también lo borraron de los registros?

El golpe fue directo.

El rey no reaccionó de inmediato. Solo lo observó, como si midiera cuánto de ese muchacho seguía siendo un niño al que se le había arrebatado todo demasiado pronto.

—Tu madre eligió mal —dijo al fin—. Y pagó el precio.

Jungkook cerró los ojos un segundo.

—No —respondió con voz baja—. Ella eligió amar, el error fue de ustedes.

El silencio se volvió insoportable.

—Sigues justificando a tu familia como si el amor fuera una excusa suficiente —continuó Jin Woo—. Ese amor casi incendia el reino.

—No —repitió Jungkook—. Lo que incendió el reino fue el miedo. Siempre es el miedo.

El rey avanzó un paso.

—Tu padre conspiró.

—Mi padre dijo la verdad.

—Tu apellido dividía.

—Porque recordaba lo que ustedes querían olvidar.

Jin Woo apretó la mandíbula.

—¿Crees que mereces salir de aquí?

La pregunta cayó pesada, brutal.

Jungkook no respondió enseguida.

—¿Merecer? —repitió—. ¿Usted cree que mi madre merecía morir sin nombre? ¿Que yo merecía crecer escondiéndome, cambiando de rostro, aprendiendo a callar antes que a hablar?

Se llevó una mano al pecho, al lugar donde el collar descansaba oculto.

—Esto —dijo— fue lo único que me dejó. Me lo puso cuando yo todavía creía que el mundo era justo.

El rey lo miró con dureza.

—Ese collar es una provocación.

—Es una herida —corrigió Jungkook—. Y sigue sangrando porque ustedes nunca la cerraron.

—Ese símbolo representa una unión que jamás debió existir.

—Para usted —dijo Jungkook—. Para ella fue todo.

El aire se tensó.

—Tu madre sabía que no habría perdón —insistió Jin Woo—. Aun así, siguió adelante.

—Porque alguien tenía que hacerlo —respondió Jungkook—. Porque alguien tenía que demostrar que el amor no era el problema.

El rey guardó silencio.

—Si te libero —dijo finalmente—, no habrá vuelta atrás.

Jungkook soltó una risa ahogada.

—Nunca la hubo.

—Te convertirás en un símbolo.

—Ya lo soy —respondió—. La diferencia es que ahora estoy encerrado.

Jin Woo lo observó con una atención distinta, más incisiva.

—No estás tan solo como aparentas.

Jungkook se tensó.

—No entiendo.

—Alguien te ha dado seguridad —dijo el rey—. Nadie resiste así sin sentir que… importa para alguien.

El corazón de Jungkook dio un golpe seco.

—No saque conclusiones.

—Entonces explícate.

Jungkook abrió la boca.

Y se detuvo.

La imagen lo atravesó sin piedad: una voz suave llamándolo por su nombre, manos que no lo tocaban pero lo sostenían igual, noches donde no era un prisionero sino una persona.

—Yo solo… —murmuró—. He hablado con alguien.

—¿Alguien de la corona?

Jungkook apretó los dedos hasta que le dolieron.

—Alguien que escucha —dijo—. Que no me mira como si fuera un error.

El rey dio un paso más cerca.

—¿Y dónde ocurre esa cercanía?

Jungkook tragó saliva.

—No es cercanía —dijo rápido—. Es… compañía.

La palabra quedó flotando.

Demasiado humana.

Demasiado peligrosa.

—Ten cuidado —advirtió Jin Woo—. Hay afectos que se convierten en condenas.

Jungkook alzó la vista, con los ojos brillantes, pero sin una sola lágrima.

—¿Sabe qué es lo peor? —dijo—. Que por primera vez alguien me miró sin preguntarse si merecía existir.

El rey frunció el ceño.

—No pronuncies nombres.

Jungkook negó con la cabeza.

—No iba a hacerlo —susurró—. Nunca lo haría.

Hubo un silencio largo, tenso.

—Tu liberación sigue en duda —dijo Jin Woo—. Pero si descubro que has arrastrado a alguien más a esta historia…

—No lo arrastré —respondió Jungkook—. Él… —se detuvo—. Esa persona eligió ver.

El rey se giró para marcharse.

—Cuida ese collar —dijo—. Y cuida a quien te mira así. Este reino no perdona dos veces el mismo amor.

Cuando el eco de los pasos se perdió, Jungkook dejó caer la cabeza contra la piedra.

No lloró.

Pero le temblaron los hombros.

Llevó los dedos al colgante y lo apretó con fuerza.

Pensó en Taehyung.

En lo cerca que había estado de decir su nombre.

En lo fácil que sería perderlo.

Y entendió, con una claridad que dolía demasiado:

Si lo liberaban, sería una guerra.

Si no, sería una tumba.

Y Taehyung…

Taehyung estaba justo en el medio.

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora