Esta noche ha cambiado el tiempo; llegó el viento del este y en pocas horas barrió todas las nubes. Antes de sentarme a escribir he dado un paseo por el jardín. La bora todavía soplaba con fuerza, se metía bajo las ropas. Buck estaba eufórico, quería jugar, trotaba a mi lado con una piña en la boca. Reuniendo mis pocas fuerzas conseguí arrojársela solamente una vez: fue un vuelo brevísimo, pero él se quedó contento lo mismo. Tras haber controlado las condiciones de salud de tu rosa, fui a saludar al nogal y al cerezo, mis árboles predilectos.
¿Recuerdas cómo me tomabas el pelo cuando me veías inmóvil acariciando sus troncos? «¿Qué estás haciendo? -me decías-. No se trata del lomo de un caballo. » Después, cuando te hacía notar que tocar un árbol no es distinto a tocar cualquier otro ser viviente, y que hasta es mejor, te encogías de hombros y te marchabas irritada. ¿Que por qué es mejor? Porque si le rasco la cabeza a por ejemplo, sí, claro, siento algo cálido, vibrante, pero en ese algo siempre hay debajo una sutil agitación. Es la hora de la comida, que está demasiado cerca o demasiado lejos, es la nostalgia ti, o incluso sólo el recuerdo de un mal sueño. ¿Entiendes? En el perro, como en el hombre, hay demasiados pensamientos, demasiadas exigencias. El logro de la quietud y de la felicidad nunca depende solamente de él.
En el árbol, en cambio, el asunto es diferente. Desde que brota hasta que muere, siempre está inmóvil en el mismo sitio. Con las raíces se acerca al corazón de la tierra más que cualquier otra cosa, por su copa es lo que más cerca está del cielo. Por su interior la savia corre de abajo arriba, de arriba abajo. Se extiende y se retrae según la luz del día. Espera la luz del sol, espera la lluvia, espera una estación y después la otra, espera la muerte. Ninguna de las cosas que le permiten vivir depende de su voluntad. Existe y basta. ¿Entiendes ahora por qué es hermoso acariciarlos? Por la solidez, por su aliento tan prolongado, tan sosegado, tan profundo. En algún sitio de la Biblia se dice que Dios tiene amplias narices. Incluso si es un poco irreverente, cada vez que trato de imaginar la apariencia del Ser Divino, viene a mi mente la forma de una encina. Había una en la casa de mi niñez. Era tan gran que para abrazarla hacían falta dos personas. Desde que tenía cuatro o cinco años me gustaba ir a contemplarla. Allí me quedaba, sentía la humedad de la hierba bajo mi trasero, el viento fresco entre los pelos y sobre la cara. Respiraba, y sabía que existía un orden superior de las cosas, y que en ese orden yo estaba incluida junto con todo lo que veía. Aunque no conocía la música, algo cantaba en mi interior. No sabría decirte de qué clase de melodía se trataba, no había un estribillo preciso ni un desarrollo. Era, más bien, como si un fuelle resoplara con un ritmo regular y poderoso en la zona próxima a mi corazón, expandiéndose por el interior de todo el cuerpo y por la mente, y emitiendo una gran luz, una luz de doble naturaleza: la suya, de luz, y la musical. Me sentía feliz por existir y, además de esta felicidad, para mí no había otra cosa.
Te podrá parecer extraño o excesivo que un niño pueda intuir cosas de este tipo. Lamentablemente, estamos acostumbrados a considerar la infancia como un período de ceguera, de carencia, no como una etapa en la que hay más riqueza. Sin embargo, sería suficiente mirar con atención los ojos de un recién nacido para darse cuenta de que verdaderamente es así. ¿Lo has hecho alguna vez? Pruébalo cuando te llegue la ocasión. Despeja de prejuicios tu mente y obsérvalo. ¿Cómo es su mirada? ¿Vacía, inconsciente? ¿O acaso antigua, lejanísima, sabia? Los niños llevan en sí naturalmente un aliento más grande, somos los adultos los que lo hemos perdido y no sabemos aceptarlo. A los cuatro o cinco años yo nada sabía de religión, de Dios, de todos los jaleos que los hombres han montado hablando de esas cosas.
¿Sabes? Cuando hubo que decidir si cursabas o no las horas de religión en la escuela, estuve largo tiempo indecisa sobre lo que correspondía hacer. Por un lado, recordaba qué catastrófico había sido mi encuentro con los dogmas; por el otro, estaba absolutamente segura de que en la educación, además de ocuparse de la mente, era necesario ocuparse también del espíritu. La solución llegó por su cuenta, el mismísimo día en que murió tu primer hámster. Lo sostenías en la mano y me mirabas perpleja. «¿Dónde está ahora?», me preguntaste. Te contesté repitiendo tu pregunta: «En tu opinión, ¿dónde está ahora?» ¿Recuerdas lo que me contestaste? «Está en dos sitios: un poco está aquí, otro poco entre las nubes. » Esa misma tarde lo enterramos con un pequeño funeral. Arrodillada ante el diminuto túmulo rezaste tu oración: «Que seas feliz, Tony. Algún día volveremos a vernos. »
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