Capítulo 1

7 1 0
                                    

 

—¡Jack!— una bandada de pardales huyó despavorida de los gritos agudos de la joven Isabela mientras unas cuantas hojas secas se enmarañaban en su preciosa melena cobriza haciéndole volverse cada vez al pensar que algo o alguien la perseguía—. ¡Jack, no tiene gracia!

La chiquilla comenzó a apurar el paso temiendo que se hiciera de noche. En el momento menos esperado, tropezó con la raíz de un gran sauce que se alzaba a su izquierda y que bailaba al son de los aullidos del viento. Sus lánguidas ramas oscilaban de izquierda a derecha; de derecha a izquierda. De vez en cuando la brisa se colaba por el silbato de la joven y lo hacía sonar débilmente, como cuando un pollito trata de aprender a piar. El pelo de la niña volaba y se zarandeaba cuanto quería haciéndole perder la vista durante breves segundos cada vez que uno de sus tirabuzones se cruzaba entre la inmensidad del bosque y sus ojos violetas. Al tropezar con el rizoma, cayó al suelo tapizado por hojas otoñales desplomándose con todo su peso sobre el brazo derecho, que crujió sin dudar ni un solo segundo. Isabela se acurrucó en el tronco centenario y enroscado del sauce y sin esperar ni un solo segundo más, se echó a llorar. Sus llantos resonaban por todo el bosque junto con sus gritos desesperados dedicados a su amigo Jack.

Isabela permaneció inquieta, sin preocuparse ya por sus incautos tirabuzones que la dejaban sin vista por momentos. Se acurrucó como pudo acercando las rodillas a su pecho e intentando mantener la calma, cosa que le estaba costando demasiado en aquellos momentos azotados por el viento. Cerró los ojos e intentó evadirse mientras se auto convencía de que Jack la había dejado sola. Había dejado sola a su mejor amiga en el bosque más atroz que nunca podáis imaginar. Isabela siguió llorando, pensando en cómo volver a casa con el brazo seguramente roto y con un frío invernal, hasta que su fiel amigo emergió de entre la neblina que el atardecer teñía de magenta.

— ¡Bela! ¿Qué haces ahí?— preguntó el niño quizás más enfadado que preocupado por no haberle encontrado cuando jugaban al escondite.

Al escuchar los llantos desconsolados de su pequeña amiga, corrió hacia ella sin fijarse en nada más. Se acuclilló a su lado y se sacó su chaquetilla de pana marrón para colocársela sobre los hombros al ver cómo tiritaba. Al fin y al cabo, la chiquilla solamente llevaba puesto un vestido de gasa verde que dejaba ver sus rodillas magulladas y con rastros de tierra. El jovencito se quedó con una camisa blanca y unos tirantes de goma marrón que le quedaban algo flojos y se le escurrían de los hombros a cada rato. A pesar de sólo tener doce años, el pequeño tenía bastante fuerza y al escuchar entre sollozos la historia de la pequeña, logró levantarla en el aire y subirla a su espalda. Estaba anocheciendo y ninguno de los dos amigos deseaba pasar la noche entre trasgos, hombres-lobo, vampiros, fantasmas y todo tipo de criaturas fantásticas que habitaban el bosque. Jack corrió cuanto pudo, pero las estrellas aparecieron en el cielo antes de lo previsto. Cuando esto sucedió, el joven aminoró la marcha y mientras, la pequeña Isabela seguía llorando sin lograr decir palabra, tanto por dolor como por miedo. La pequeña ya llevaba los ojos abiertos cuando los dos vieron una criatura con una cola lanuda que se les cruzaba por delante. Jack se paró en seco al verla e Isabela se aferró con su brazo bueno cuanto pudo al pecho de su buen amigo.

—No puedo seguir, Bela. Pesas mucho— dijo con voz cansada el pequeño.

La niña bajó de un salto y apretó la mano de su amigo con tanta fuerza que tuvo miedo de rompérsela. Sin embargo, el joven Jack no mostró ni rastro de dolor. Sólo miraba a la inmensidad de oscuridad opaca que se extendía delante sus narices. Unos ojos redondos y ambarinos les miraron durante un momento y poco después se marcharon apresuradamente dejando entrever una especie de cabeza alargada y peluda. Los dos amigos tragaron con fuerza y continuaron apretándose las manos ya casi sin circulación. Sus corazones palpitaban tan rápido como el de un ratón de pradera y sus manos goteaban sudor.

Historias bajo el colchónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora