Isabela regresó a su casa en silencio, soportando los gritos de sus padres pero sin escucharlos, hasta entrar en el cuarto que compartía con su hermano. Cuando entró, se tumbó sobre el blando colchón de su cama y se quedó quieta con las manos debajo de la cara mirando a la inmensidad. No sabía qué había pasado. Jack no estaba muerto. No lo estaba. Sin darse cuenta, unas lágrimas se escurrieron por su cara. Sí lo estaba. Pensó en la familia Lee. Primero su hija se puso en coma y ahora aquello. No podía ser. Todo por lo que Isabela se había mantenido con vida había desaparecido en una milésima de segundo. Cuando menos lo esperaba, él se marchó dejando atrás todo recuerdo feliz en absolutamente todos los rincones de la mente de su amiga. Ahora Jack era el rey de Luminia, ahora él era el viento, los aullidos que sonaban en las copas de los árboles, cada hoja, cada rama, cada animalillo que se escondía en rincones perdidos. Él lo era todo en aquel bosque; en Luminia.
Los padres de la pequeña entraron en la habitación sin llamar. El hombre gritaba cosas sin sentido que Isabela no entendía ni escuchaba. La mujer sonreía por algo que la niña no lograba comprender. No quería escuchar. Sólo pensaba en Jack. Él estaba a punto de decirle algo; algo que ya nunca sabría. No soportó más el sonido sordo de los gritos de sus padres y se tapó las orejas con las manos cerrando los ojos lo más fuerte que pudo. Su padre le separó los brazos de la cara a la fuerza y ella abrió los ojos. Al hacerlo, lo primero que vio fueron unos ojos marrones con mucha rabia acumulada y algo tapados por unos mechones rubios. Isabela no podía escuchar lo que le gritaba, simplemente oía un murmullo en su cabeza que le chillaba que saliera corriendo. Pero ella no lo hizo. Mantuvo la compostura y soportó todo lo que siempre soportaba. Cuando por fin sus padres se marcharon de la habitación y el cinturón de cuero manchado de culpa desapareció por la puerta, la angustia inundó el cuerpo de la niña que se echó a llorar tanto como pudo. Jack estaba muerto. Lágrimas infinitas salían de sus ojos e inundaban la almohada. Su nariz no hacía más que sangrar por culpa de su padre. Su corazón no dejaba de gritar que quería descansar de esos latidos continuos que debía hacer. Sentía que su corazón y sus huesos estaban hechos trizas. Ya no valía la pena seguir. Isabela se levantó de la cama dejando que su nariz sangrase y se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta de su amigo. Ya no quería seguir sin él. Sentía algo más por Jack, pero no se había dado cuenta hasta el momento. Ató las sábanas a la lámpara y finalmente s su cuello. Subió a la mesa del escritorio y gritó a pleno pulmón sin pensar:
- ¡Somos los reyes del bosque! ¡Bela y Jack!
Saltó de la mesa y quedó colgando de la sábana. Le dolía el cuello y quería respirar, pero algo no la dejaba. Ahora sabía lo que era morir. Sintió cómo sus sienes palpitaban y cómo sus ojos se hinchaban. Pero justo cuando pensó que todo se había acabado por fin, la sábana se desató y cayó al suelo. Sin sacarse las ataduras del cuello y totalmente desesperada por no saber qué hacer, se echó a llorar sentada en una esquina del dormitorio hasta que la puerta se abrió.
Sean entró en la habitación con unos auriculares puestos y comiendo una manzana del árbol del jardín trasero. Cuando alzó la mirada y vio a su hermana con las sábanas en el cuello y llorando desconsoladamente, tiró de sus auriculares hasta que salieron de sus oídos y dejó caer la fruta que rodó por las tablas de madera de una parte del cuarto. Corrió incrédulo hasta la esquina de la habitación y cogió en brazos a la pequeña que seguía con un tono algo morado en los labios. Los auriculares se desconectaron del reproductor y sonó el tema de I hate myself and I wanna die de Nirvana a todo volumen, pero ninguno de los dos hermanos hizo caso. Sean colocó sobre la cama a su hermana y le sacó las ataduras del cuello. Sus ojos se empañaron y su corazón se estremeció por un momento al ver sangre en su cara, sus manos y sus rodillas. Supuso que que la de la cara sería por la nariz pero, ¿y el resto? Aguantó las ganas de llorar y sintió cómo su pecho se taponaba. No tenía ni la más mínima idea de qué decir, así que abrazó a su querida hermanita.

ESTÁS LEYENDO
Historias bajo el colchón
RomanceUna serie de historias que vuelan alrededor de Isabela Walker, una joven con demasiadas historias como para contarlas todas.