La noche era fresca, el viento soplaba con ímpetu, como queriendo jugar con las ramas de los árboles, el clima hacía notar la pronta llegada del invierno. Al salir de la oficina me pareció una noche bastante agradable para caminar.
— Buenas noches señor, de nuevo se irá caminando— dijo el guardia del estacionamiento al verme llegar a pie a la salida. Ya era una costumbre hacerlo de vez en cuando sobre todo en noches como estas, así que él ya estaba bastante habituado a verme salir de esa manera.
—Así es, hoy la brisa es muy agradable, mañana temprano recogeré el auto, que tengas buena noche— Hizo un gesto de asentimiento y seguí mi camino. Eran las diez de la noche, tardaría una hora en llegar a casa, quizás un poco menos. Mientras caminaba iba dejando mi mente en blanco solo pensando en lo genial que es sentir la brisa en la cara, cada día más fría. Mi esposa por supuesto me regañaría nuevamente por regresar caminando, con una chaqueta extremadamente delgada y que difícilmente evita que las corrientes de aire la traspasen. No quiere que me enferme, no necesita otro niño que cuidar en casa.
Las calles se han ido vaciando poco a poco, apenas y se ven algunos autos. Solo algunas paradas de autobús aún albergan a personas que esperan el que los llevará a su destino. Vi una tienda, de esas que son 24/7, y decidí comprar un bocadillo. Entre en la tienda, solo estaba un encargado, un chico de unos 20 años tal vez menos, parecía bastante aburrido hasta el momento en que entre, probablemente no había recibido ningún cliente, o simplemente es el humor habitual de quien tiene el turno de la noche. Fui directo a la máquina de café y llene un vaso, lo dejé destapado mientras iba elegir algo que comer para que se enfriara un poco, antes de beberlo. Recorrí el pasillo de las bebidas frías para llegar a donde estaban los panecillos.
Al volver por mi café, por el mismo pasillo, alcance a ver de reojo, en el reflejo en las puertas de cristal de los enfriadores de bebidas, la sombra de una persona dos pasillos delante de donde me encontraba. Naturalmente volteé a ver quién estaba ahí, pues según yo el lugar estaba vacío cuando entré y después de mí no había entrado nadie. No vi señas de que alguien más estuviera ahí, el chico seguía en la caja.
Volví a verificar en los cristales pero ya no vi más que mi propio reflejo. No le di importancia, tomé mi café y pagué en la caja. Había comenzado a hacer más frio, al salir de la tienda me helo hasta los huesos. El café me ayudaría a calentarme un poco así que seguí mi camino. Dos cuadras adelante había un parque, de esos que te hace añorar tus días de infancia, cuando te mecías en los columpios o te lanzabas por la resbaladilla.
Cuando eres adulto siempre añoras los tiempos de juventud, de tu niñez, cuando lo único que te importaba era si tendrías tiempo de salir a jugar después de hacer la tarea, simplemente no pensabas en tu futuro, sueñas con ser adulto y hacer todo lo que tus padres no te dejan. Cuando creces pasa al revés, quisieras no ser un adulto.
Me senté en una banca del parque, que me permitiera ver toda su extensión. Tenía un par de columpios que se mecían suavemente gracias al viento, una resbaladilla pequeña con escaleras de madera y tobogán de plástico colocada sobre arena, un castillo de tubos también sobre la arena donde los niños suelen colgarse y caer, para eso está la arena, para amortiguar la caída, sin que les duela tanto. Tiene diversas áreas de juego, todas tienen suelo de arena, así como bancos y mesas. Los caminos que lo atraviesan y sus orillas están cubiertos de hojas secas de otoño.
La luna iluminaba el lugar, vestía su mejores galas, estaba hermosa, pero parecía muy tímida pues de vez en cuando se ocultaba tras una nube, tal vez se sintió cohibida al saberse observada por mí, o será que le causé temor, por encontrarme ya tarde en la calle, acostumbrada a ser dueña de ella.
Se ocultó, pasaron unos diez minutos mientras terminaba el café y el panecillo, y no había vuelto a salir, tal vez ya era hora de irme. Pasaban las diez treinta y debía llegar a casa. Justo en ese momento las luces del parque empezaron parpadear, incluso las de la calle, poco a poco la luz se fue haciendo más tenue y me sentí somnoliento, —no puedo quedarme dormido aquí— me dije. Me inundo la oscuridad.
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Noche de otoño
TerrorInesperadamente la vida de nuestro protagonista se tiñe de rojo. Cuando él creía que todo en su vida iba bien, un terrible mal parece ensañarse contra él y su familia. Acostumbraba a disfrutar de la brisa fría de la noche y cuando regresa a casa ca...