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El bosque es tétrico y frío, aun siendo de día. Los árboles han crecido mucho, mucho tiempo, muy juntos, bloqueando el paso al sol y al calor. Comienza recién el otoño, el suelo está cubierto con una primera y delgada capa de hojas mágicas y pardas. Son pioneras que emprenden un viaje sinsentido y sin retorno. Pronto todas las demás las seguirán también y entonces las ramas desnudas de los árboles se volverán fantasmas oscuros. Corren toda clase de rumores sobre el bosque, pero yo ya lo atravesé por días y días hace algún tiempo, y nada impedirá que lo haga de nuevo. Ni siquiera mi naturaleza propensa al miedo me ha impedido el viajar.

Me detengo un rato, mi estómago gruñe ya. Sobre las hojas a medio secar me tiendo, de mi bolsa de lingiera saco un tentempié ligero. Solo entonces me doy cuenta de que en la vara que uso para llevar la bolsa me he traído sin querer un caracol. No puedo dejar de reírme ante aquel descubrimiento, de forma pueril quizá... El trayecto me ha puesto jovial, extrañaba la sensación de viaje, esa mezcla extraña de libertad e incertidumbre que me hacía tanta falta durante mi estadía en la vieja casa... Mi padre no se había equivocado al decir que yo no sabría nunca asentarme del todo.

¿Qué me deparará ahora el destino? Ya la vez anterior me topé una casa abandonada y aun antes de ello un par de hogares hospitalarios donde posar. Pero no tendría por qué ser igual ahora, y al parecer no lo será. Llevo dos noches dormidas a la intemperie y nada me hace pensar en hallar alojamiento para pasar la tercera bajo techo, al contrario, el bosque se ve cada vez más espeso y más deshabitado. No pretendo cambiar mi rumbo, sin embargo, por años mi familia solo hacia el norte ha tirado su ramaje. Al norte iré. Mis temas con la familia no quitan que me aproveche de su milenaria sabiduría, que hasta ahora tiende a no fallar...

Me pongo el caracol al hombro y prosigo mi camino. Se esfuerza por hacer equilibrio, para no caer. Silbo un viejo aire que aprendí antaño, en el pueblo. Recuerdo haberlo cantado tantas veces cuando pescaba con papá, pero ahora la letra se me ha borrado, y solo me queda el ritmo y el tono. Una lástima no conocer buenas canciones, ¿No es así... Collie? Y de repente decido bautizar al caracol. Nunca está demás el darle un nombre propio a un compañero de viaje.

Nos suelen contar muchas historias acerca de los peligros del bosque, es algo arraigado de forma profunda en nuestra cultura forestal. Y sin embargo, la realidad es bastante distinta de la que nos presentan ahí. Porque a fin de cuenta la fuente de los peligros del Hombre es el hombre mismo. Esto no quita que el bosque sea muy tétrico, pero esto no se debe a la presencia del peligro dentro de él, presencia que resulta casi despreciable, si no que a algo más profundo, más propio, relacionado con el espacio mismo del bosque, y también con los árboles que lo pueblan. No puedo dejar de hablar de la caperucita roja, donde el lobo es en realidad una animalización de la natural maldad humana, muy al estilo de Hobbs... Porque en verdad el lobo es un animal muy cauto y sensato, que conoce al hombre y con él no busca pleitos.

La noche se tarda un poco en dejar caer su manto sobre el bosque templado. Bajo dicho manto la fantasmagoría de los árboles aumenta, y se dibujan en sus troncos rostros oscuros, y en sus ramas brazos torturados y cornamentas terribles, y en sus raíces vislumbro piernas mutiladas, atrofiadas y amorfas. Pronto se me hace imposible seguir andando, en la oscuridad sería peligroso tropezar con una piedra o caer por una pendiente, rodando.

No puede ser que le tema a los árboles. Debe haber algo más, algo más profundo y metafísico. Debe de ser su soledad, su soledad, ese algo. Una soledad tétrica, primigenia y salvaje que me produce escalofríos.

Sería muy sencillo ahuyentar a los lobos, o a cualquier criatura que aceche entre la maleza y los árboles, incluso a los árboles mismos, con un fuego pequeño que brillase encendido, de rojo crepitante a anaranjado silencioso, pero me he olvidado mi yesquero en la vieja casona. Así que me veo obligado a pasar las horas de la noche en vela, y a dormir solo en los albores del amanecer. Es una rutina cansadora, pero las circunstancias me obligan. Me siento con la espalda apoyada contra un tocón de un árbol ya caído. A pesar de ser evidente que el árbol ha caído solo, lo que se denota en lo irregular del tocón que ha quedado, no puedo dejar de pensar en el leñador. Lejos, nacen los primeros Fuegos Fatuos.

El leñador, y probablemente su sombra, a la que llaman Bestia, son los peores peligros de estos parajes. Lo sé por propia experiencia de viajero empedernido.

Espero que su recuerdo me sirva para no caer dormido. Pero que Dios me libre de topar los de nuevo.

Hay mucha confusión sobre quienes son y qué hacen, y por qué hay que temerles. Ya más tarde hablaré de eso. Por ahora me consuela que el final de su tenebrosa leyenda calza con el inicio de otra luminosa y heroica. Se ha dicho desde siempre que de algún lugar surgirá el Peregrino, que dará fin a la existencia de ambos. Sobre quien es él poco se sabe, y solo se dice que será alguien que ha viajado mucho, y que mucho viajará aun, una especie de joven aventurero, visionario, pero a la vez sencillo, humilde y radicalmente pacífico.

De pequeño jugábamos, a pesar de los continuos regaños de nuestros padres, a recrear la leyenda del Peregrino. Mis hermanos mayores siempre tuvieron una extraña tendencia a la crueldad, o tal vez yo era extraño y por ello no les comprendía, pero el caso es que esa inclinación les hacía tomar siempre los papeles de Bestia y Leñador. Por lógica se deduce que yo siempre quedaba como el Peregrino. Pronto le empecé a tomar cariño al personaje. Nuestros padres nos decían que no jugásemos con algo tan serio. "Ojalá nunca se topen con ellos en el bosque. Entonces entenderían que no es un juego, pero les duraría poco tiempo... Porque luego estarían muertos"

Tal vez desde ahí me empecé a encariñar con la idea del Peregrino. Aunque casi nunca ganaba en los juegos porque mis hermanos eran más fuertes, sabía que un día el Peregrino había de vencer. Y en secreto anhelaba que ese papel fuera el mío.

Over my garden FenceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora