Capítulo 13

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El gran día había llegado por fin. Arthur mantuvo el móvil entre hombro y oreja mientras se ponía los pantalones.

-Yo tampoco entiendo de corbatas, David, coge una al azar y punto.

-Va a ir gente importante y no quiero desentonar.

Miró hacia abajo, notando que lo que dos días atrás era perfecto en aquel momento le resultaba incómodo. Bufó y se dio cuenta de que se había puesto los pantalones al revés, así que se los quitó.

-¿Y desde cuando te importa eso?

-Cierto…-chasqueó la lengua, intentando que no se le cayera el móvil- Nos vemos en la iglesia.

En lugar de contestar, chilló, cayendo sobre la cama al tropezarse. Lanzó el móvil a un lado y se levantó. Se puso los pantalones, la camisa y los zapatos, y cuando tuvo que abrocharse la corbata se mordió el labio.

-Cómo odio estas cosas.

Intentó por todos los medios y de todas las formas hacer un nudo decente como los que había visto que Mickey solía llevar, pero nunca había hecho uno y se frustró. Gruñó, tirando de la tela, queriendo lanzarla al suelo, pisarla y mandarla a un rincón de una patada. Se contuvo solo cerrándola con fuerza entre los dedos y echó la cabeza hacia atrás.

-¿Necesitas ayuda?

Miró hacia la puerta, donde Sam se cruzaba de brazos con el traje perfectamente colocado y el nudo de la corbata azul oscuro atado sin una sola arruga, todo lo contrario a la tela que tenía él entre las manos.  Estuvo muy, muy tentado de decir que no, pero sí la necesitaba. Bufó y asintió y Sam entró en la habitación con una sonrisa llena de prepotencia mientras él apartaba la mirada porque no quería aceptarlo.

Sam le quitó la corbata de la mano y se la puso tras el cuello, bajo la solapa del cuello de la camisa.

-Levanta la cabeza. -miró el techo, notando las manos que se movían ágiles atándole la corbata como él nunca -o al menos de momento- sabría hacerlo, apretando la mandíbula, cerrando los puños, sintiéndose terriblemente incómodo con la cercanía de Sam- Ya está.

-¿Por qué me ayudas? -miró al frente mientras Sam pasaba los dedos por su cuello para alisarle la tela y los deslizaba por el nudo, hacia la punta de la corbata muy despacio. Sus ojos se encontraron un segundo y aunque Arthur creyó que se mantendrían la mirada, Sam la bajó un poco- Pensaba que te haría gracia verme así.

-Y me hace gracia.

¿De verdad? Porque no lo había visto reírse, sonreír, o mostrar algún símbolo de felicidad desde que su padre consiguió pronunciar bien los votos la tarde anterior.

Cruzó los brazos y levantó una ceja incrédulo. Sam estaba muy raro. Pensaba que después de haber dejado claro que la tontería del hospital había sido una broma, ambos volvían a estar como siempre, pero era obvio que no era así; o puede que simplemente fuera culpa de los nervios de la boda. Soltó aire, decidiendo que lo más lógico era lo segundo y esperó a que Sam le soltara la corbata, porque seguía acariciándola lentamente.

-¿Te importa? -soltó al final, cansado de tenerlo ahí, y Sam parpadeó confundido.

-¿Eh?

Arthur frunció el ceño.

-Gracias por el nudo, pero ya puedes soltarme.

Sam se miró las manos con los ojos muy abiertos y soltó la corbata como si le diera alergia, dando un paso atrás, mirándolo furioso un segundo después.

-¿Eres tan inútil que no sabes abrocharte una corbata?

Ahora fue Arthur quien parpadeó completamente confundido. ¿Qué demonios…?

Hasta que el cuerpo aguanteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora