Capítulo 10

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No muevo la bandeja de donde la ha dejado. A pesar de no haber hablado con ella, pues solo hemos intercambiado algunas palabras sueltas y sonrisas, creo que esa mujer me cae bien, en el fondo se preocupa por mí. ¿Me llevaría bien con ella antes de perder mi memoria? Haber olvidado tantas cosas personales es horrible.


Ha pasado medio ahora desde que llegó mi cena y yo todavía no he probado bocado, la verdad tampoco me apetece hacerlo. Entonces recuerdo mi agradable charla con Jason Bates, la décima norma dice que no puedo regresar a mi celda hasta que haya acabado de comer, también dijo que esa norma era solo para mí. Estoy en mi celda, total no puede castigarme a comer toda antes de irme a mi habitación, por eso decido no comer. Pero inmediatamente después de tomar esta decisión recuerdo que mi hermana está aquí y que tengo que protegerla de eso hombre. Antes de coger la bandeja y llevarla a mi cama se oyen ruidos de pelea fuera de la celda. Hablan entre ellos y el chico de ojos azules se queda vigilándome, mientras que el otro sale a ayudar a separar a los presos (he pensado en presos, ¿soy una criminal?, si es así, ¿Qué hace mi hermana aquí? ¡Nada tiene sentido para mí!), supongo. Tras cerrarse la puerta, comienza a sonar una alarma, ¡no entiendo nada!, ¡qué narices está pasando! Se oye un chasquido en la puerta, parece que la cerraron electrónicamente. Ojos azules me mira divertido y se acerca hacia mi cama, sin permiso, se sienta a los pies de esta. Yo estoy lo más pegada a la parte opuesta, la de la almohada, lejos de él.

‒ No pasa nada ‒ dice ‒ Fuera hay una pelea, el protocolo dice que uno de los guardias de las celdas tiene que salir a ayudar, mientras que el otro ha de quedarse dentro vigilando a los que están dentro ‒ explica. Me alegra saber que no nos ha llamado presos en ningún momento‒ La alarma que has oído es para que el resto de guardias salgan y hasta que no se apague esa luz roja ‒ dice señalándola‒ las puertas permanecen cerradas.

‒ Gracias por la explicación ‒ le digo.

Él simplemente asiente con la cabeza

Aquí no hay cámaras como en la celda en la que estuviste antes. Tampoco hay micrófonos ‒ dice ‒ nadie nos escucha ‒añade. Puedes preguntarme lo que quieras.

‒ Tu nombre ‒ digo.

‒ Ya te dije que no puedo decírtelo, pero tranquila, lo recordaras ‒ dice amargamente.

Su respuesta solo logra cabrearme.

‒ ¡Me dices que te pregunte lo que quieras, pero luego te niegas a responderme! ‒ chillo ‒ ¿¡Tú crees que tiene sentido!? Porque yo no ‒ digo respondiendo a mi propia pregunta, también voceando.

‒ Cálmate ‒ me pide suavemente.

‒ ¡No¡ ¡no, me da la gana! ‒ añado gritando nuevamente ‒ ¡Esto no tiene sentido! ¡Sabes perfectamente que no recuerdo!¡Tú mismo se lo dijiste a mi hermana! ‒ añado.

‒ Si no dejas de chillar voy a tener que reducirte, porque si no paras, van a entrar muchos guardias por esa puerta ‒ dice señalando la puerta.

‒ Entendido ‒ digo secamente ‒ Levántate de mi cama ahora mismo ‒ le ordeno.

‒ Tú no puedes ordenarme nada, Naira ‒ dice entre risas ‒ El guardia soy yo, yo doy las órdenes. A pesar de eso se levanta, pero solo para sentarse más cerca de mí. Ganándose una mirada furiosa de mi parte. ‒ Ahora come ‒ me ordena.

‒ No ‒ digo poniendo todo el odio y la confusión que siento en esas dos simples palabras.

‒ Pues entonces te daré de comer como la última vez que no quisiste comer ‒ dice entre risas. Yo lo vuelvo a mirar mal, pero eso solo lo motiva más. Destapa la comida sin despejar sus ojos de los míos. ‒ ¿Vas a comer tu sola o te tengo que dar de comer? ‒ pregunta. Como respuesta yo cruzo mis brazos. ‒ Muy bien ‒ añade.

Coge los cubiertos y comienza a partir el filete. La verdad que desde el momento que destapó la comida se fue toda mi determinación de no comer, el filete huele genial y tiene muy buena apariencia. Cuando acaba de partirlo hablo.

‒ Bien, tú ganas. Comeré ‒ digo arrebatándole el tenedor de su mano.

‒ Menos mal que has entrado en razón ‒ dice mirándome dulcemente.

La bombilla roja se apaga y él se levanta como un resorte de mi cama y se coloca en su puesto. Se vuelve a oír el chasquido de la puerta y su compañero la abre. Hablan entre ellos. Creo que no está en el protocolo calamar a la gente de la celda que se asusta, ese pensamiento me hace sonreír. Me giro para mirarle, pero él está serio, no me mira, eso como si en esos minutos de pánico del exterior no hubieran existido. Pero lo han hecho y siento como mi corazón late fuertemente al recordarlo.



Mar de arena [En pausa]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora