La Pérdida - Parte 8

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La mediocridad cayó con brusquedad sobre mi cuello, no podía ver más que la casi invisible sabana y... un papel de contenido misterioso encima de la cama, tire la nota aun sin haber terminado de leer y salí disparada del gran pasillo. Al encontrarme allí el poderoso aire hizo llegar a mis oídos una dulce tonada, la misma que tocaba el móvil cuando el viento lo hacia bailar. De puntillas me fui escabullendo hasta llegar a la ventana que daba al cuarto de Lira, la joven reclusa que opto por exterminar el dolor acabando con su vida. Al estar la ventana abierta, podía escuchar las voces de los monstruos y Sabrina con suma claridad, como si estuviese a centímetros de ellos.

Podemos solucionarlo a nuestra manera Sabrina ¿no crees? – expuso Erick, su particular voz me causaba escalofríos.

De pronto, tenues pero continuos gemidos inundaron el momento... mi cuerpo empezó a descender hasta caer al suelo, la culpa aumentaba desmesuradamente ¿Cómo podría dejar la culpa atrás si yo misma era el detonante? su intento por salvarme la llevo a entregarse una vez más a estos desalmados. A esa culpa se le sumo una intensa impotencia, deseaba entrar a al habitación y acabar con eso, pero si lo hacia echaría todo su plan por la borda, cerré mi mente para no escucharlos gemidos, sin embargo, el sonido de la campanilla de viento quedo grabado eternamente en mi memoria

¡Basta! – Grito Jacob, interrumpiendo a Erick. Se me acaba de ocurrir una mejor idea. Vámonos. El miedo entumeció mis piernas, era una completa neófita ante estas situaciones. Cuando las voces de ellos se perdieron de mi radar, Salí disparada a la habitación y encontré a Sabrina, una y otra vez el suelo mientras susurraba ¿Por qué? sin parar. Quede congelada, por un momento observando su lamento, luego me tire al suelo y extendí mis brazos a su alrededor.

Clare, lo... siento – apenas dijo, en medio de su llanto.

Mi cuerpo se encontraba junto a Sabrina, pero mi mente se hallaba en un plano más allá de lo físico en donde solo transitaba el inevitable hecho: La pérdida de mi inocencia.

Otro día que comienza a pasar, los mismos amarillentos rayos, esta vez más brillantes, filtrándose por la ventana. Me detuve un rato a mirar como las agujas del minutero giraban... con cada corto movimiento que daba mas se aproximaba ese encuentro. Volví a cerrar mis ojos, la claridad era tal que parecía que los tuviese aun descubiertos. Las molestas bocinas de los automóviles sonaban por doquier, las ventanas estaban completamente cerradas así que el viento que se colaba era bastante escaso, la asfixia alcanzo su punto máximo, ya no había oxigeno que respirar.

Desperté... mis latidos eran rápidos y continuos, las gotas de sudor corrían por mi rostro, todo continuaba en el mismo lugar que las deje hace minutos... durante ese instante que pareció ser una eternidad ¿acaso en ese fugaz momento regrese a mi pasado? La verdad que no era regreso, para mi fue volver a vivirlo, saborear el miedo... el mismo cuando tenia cinco años... él que ahora se trasformó en rabia; lave mi rostro e hice otro intento de aclarar el color amarillento de mis dientes, luego me postre en uno de los sillones metálicos del gran patio, en donde observe con atención a los mas pequeños reclusos jugar en el parque, cuanta inocencia y felicidad reflejaban sus ojos, por desgracia esa utópica naturaleza cambiaria tarde o temprano.

¿Recordando viejos tiempos? – expuso Sarah, hace tiempo que olvide lo que es estar feliz... quisiera poder regresar a esos días. En estos momentos nos queda mirar esta breve película, mientras la envidia nos devora por dentro.

Quisiera poder recordar, aunque sea una vaga memoria, pero las hojas de mi pasado están escasamente escritas – Respondí.

- Clare, tienes la misma expresión... olvídalo, mejor miremos el pequeño regalo que los niños nos han obsequiado.

Sarah conocía perfectamente él por que me encontraba de esa forma, pero prefirió no tocar un tema tan fresco como el de la pérdida.

Repose mi cabeza sobre el hombro de Sarah y permanecimos inmóviles admirando la fugaz felicidad de esos reclusos.



Desde El Otro Lado De La VentanaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora