Otro sonido estridente del despertador, otra luz penetrante a través de la cortina, otra reacción previsible de abrir los ojos ante tales estímulos . Todas las mañanas resultaban excesivamente comunes para Maia, la cual se levantaba con resignación para comenzar un nuevo día sin sentido. A sus dieciocho años debería conservar la ilusión por vivir nuevas experiencias y sensaciones que tanto caracteriza a las personas de su franja de edad, pero innegablemente esto no sucedía con ella. Llevaba años pensando que algo andaba mal dentro del esquema vital que supuestamente todas las personas deben pasar para alcanzar la adultez: Estudiar y sacar excelentes notas para poder optar a un puesto de trabajo acorde a la formación superior cursada, unas relaciones sociales optimas que ofrezcan un cariz complementario a nuestros actos, un sentimiento irrefrenable por la auto superación y la ambición personal diversificado tanto en el trabajo como en las aficiones que vas adquiriendo y desarrollando desde la infancia.
Como si de un ritual funerario se tratase, la chica repasaba todas las falsas afirmaciones que podía encontrar a lo largo de su vida mientras examinaba en su armario en busca de un conjunto concreto para asistir a su primer día como estudiante de formación superior que había preparado días antes. Todas aquellas incongruencias le irritaban, empezando por el hecho de que acaba de ingresar en un instituto para estudiar algo que, si no puede considerar de total disgusto, tampoco suponía para ella ningún reto ni emoción. Sus notas en el pasado siempre habían sido impecables, pero algo falló al entrar en la educación secundaria. Como si de una bofetada sin mano se tratara, la realidad de la sociedad le golpeó sin piedad. Podía notar como aquellos que no se esforzaban en absoluto por alcanzar la perfección pasaban los cursos académicos recibiendo adulación y respeto por parte de los miembros de su clase mientras ella debía asumir la soledad por ser la más destacada. Esto le llevó a albergar un total desinterés por todo aquello que estudiaba, a pesar de que para ella no suponía esfuerzo alguno. Los años pasaban y al llegar a bachillerato decidió simplemente no plantearse que sería en el futuro, ya que su pensamiento se centraba en una verdad para ella absoluta: si era buena en todo lo que hacía, ¿que necesidad tenía de escoger? Llegado el momento tras la finalización de sus estudios, no tenía ninguna preferencia que le hiciera decantarse por cualquier tipo de enseñanza superior; por lo que le supuso una fácil decisión elegir la carrera de Audiovisuales, debido a que sus únicas aficiones latentes eran la literatura clásica y la música. Lo más analíticamente posible sopesó las ventajas y desventajas de ambas carreras, decandandose mecánicamente por la antes mencionada. Para ella no era más que una decisión trivial más. Al final, ella notaba que todas sus decisiones se habían basado en la incomprensión de los demás.
- ¿Porque debía ser de esa manera? no es lógico, los humanos son más irracionales de lo que cabría esperar al fin y al cabo - decía en voz tan baja que solo podría escucharse ella misma. Sin embargo, el tono de rabia fue tal que podría haberse notado como un grito desgarrador - Resulta ridículo. No puedo comprender que realmente creyera en un orden preestablecido... que sandez.
- ¿Estas preparada ya? en nada llegará el autobús y te aseguro que no va a esperar a que te decidas - se oyó una voz desde el fondo de la casa, probablemente desde la cocina. La madre de Maia resultaba bastante cariñosa en su tono a pesar del regaño. Ella mejor que nadie comprendía el carácter difícil que podría desarrollar los jóvenes en esas edades, pero le preocupaba enormemente la falta de empata y descontento que en los últimos años había experimentado su hija. Es como si una vela fuera agotando su luz tan lentamente que no te percatas hasta que está a punto de desaparecer.
- Ya estoy lista, sabes que siempre llego a tiempo- Se sentó en la mesa para desayunar el espléndido festín que su eficiente madre le había proporcionado, como siempre. A pesar del exquisito sabor de la comida que la famosa cocinera Olivia Berganza le preparaba todos los días con todo su esfuerzo y cariño, ella solo podía saborear una sensación de frustración y arrogancia por parte de ella. La simetría de los sabores, la combinación de ingredientes perfecta y la sabia intuición que presentaba su progenitora le ponían enferma - Siempre te queda indescriptible la comida, madre. Realmente te superas día a día.
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El destello del Lapislázuli
Ficción General"Cada vez resulta más normal encontrar personas que, a pesar de haber comenzado sus estudios superiores o de encontrarse en la universidad no tienen muy claro a que quieren dedicarse realmente pero, ¿Es tan común que alguien de esa edad que no sepa...