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Esta semana transcurrió bastante tranquila hasta el momento en el que decidiste que deberíamos tomarnos una foto en el mismo lugar que nos habían tomado nuestra primera foto juntos.

Fue un viaje algo largo, teníamos que ir a un club campestre que milagrosamente aun no había cerrado, fuimos directamente al establo; le pedimos a un desconocido que nos tomara una foto; le entregué mi cámara; nos abrazamos muy fuerte y pegamos nuestras mejillas para sonreír enormemente frente a la cámara; el señor tomo la foto y nos la enseñó, era hermosa.

Cuando creí que habíamos terminado llamaste a una chica que pasaba por ahí y me dijiste que hiciéramos otra pose, una pose de la que nos avergonzaramos de hacerla dentro de otros cuatro años.

La foto salió con nosotros haciendo algo nuevo. Yo estaba haciendo la pose de un ganster y tu me tomabas de la cintura levantando el dedo medio a la cámara, ambos sacabamos la lengua.

Llegando a casa me recordaste que era la última foto la que tendríamos que repetir, te fuiste y mire la foto.

Fue ahí que sentí algo diferente y un frío recorrió mi espalda.

Historias Cortas Sin Mensaje TrascendentalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora