Al día siguiente, por la mañana, Alicia se despertó gracias al tan agradable sonido del despertador que había sobre su mesilla. Lástima que se rompiese al caer al suelo después de que lo diera un golpe, aun sabiendo que para apagarlo bastaba con tocar el interruptor que tenía en la base. Alicia fue al baño con la intención de darse una ducha, cuando, al abrir el grifo, pegó un grito, cogió la toalla y llamó a su casero para avisarle de que casualmente, no había agua caliente. Cuando colgó, se dirigió a la cocina para desayunar, pero al mirar al reloj, se dio cuenta de que ya eran casi las ocho. ¿Y cuál era esa hora? La hora a la que fichaba en la oficina. Cogió un vestido cualquiera de su caótico armario y se subió en unos tacones que más parecían para una noche en Pachá, que para ir a trabajar. Bajo las escaleras, y maldijo por enésima vez a quien se le hubiera ocurrido la genial idea de rechazar en una junta de vecinos, la por supuesto "innecesaria" instalación de un ascensor en un edificio de apenas 7 pisos.
Se montó en su Fiat 500 blanco, ajustó el asiento y los espejos, y salió hacia su oficina en la calle Princesa tan rápido como se olvida un favor. Alicia llegó a la oficina a las ocho y diez, aunque cuando apareció por allí nadie se sorprendió. Su jefe, que iba en ese momento a por un café, le dio unas palmaditas en la espalda al tiempo que le decía:
-¿Qué? Otra vez tarde, ¿eh Alicia?
Alicia fue a sentarse a su mesa. Bueno, a la estructura que difícilmente se percibía debajo de todos esos papeles y carpetas. Alicia miro a su compañero Manuel, que le respondió, riéndose y apartando la mirada de ese montón de trabajo, de alguna manera compadeciéndose de ella. Con una taza de café cargadito como aliado, Alicia no tuvo más opción que ponerse manos a la obra. Mientras pasaba al ordenador todos aquellos documentos recibió una notificación de Facebook en su ordenador. Un tal Iván Lozano Sánchez le había enviado una petición de amistad.
-¿Que Iván? ¿Si yo no conozco a ningún Iván? -se dijo Alicia a sí misma.
Ignoró la petición y volvió al trabajo. Al cabo de unos minutos su compañero Manuel, quien desde hacía unos meses se había convertido también en unos de sus principales confidentes, le avisó de que le acababa de llegar un mensaje de Facebook. Alicia, que volvía de hacer unas fotocopias y de rellenar la séptima taza de té de la mañana, se acercó a la pantalla y leyó el mensaje que le había enviado el mismo chico que antes. Ahora parecía sonarle más el nombre. El nombre y ese toque de prepotencia que ponía en todo lo que decía. El mensaje decía así:
Apuesto a que te estas acordando de mi a cada minuto que pasa. No te hagas la dura y contesta, que vas a perder mi tren, y ya es la segunda vez que toca la bocina.
-Yo sí que te cortaba la bocina, gilipollas. –pensó Alicia en cuanto lo leyó.
Y es que a Alicia nunca le habían gustado las cursiladas. Y mucho menos las de un chico que de superficial, que no terminaba de creerse que alguien le hubiera rechazado de manera tan gratuita. Bloqueo al joven en Facebook y continúo con lo poco que le quedaba de trabajo
Esa tarde Alicia comió con su amigo Manuel en un restaurante low-cost cerca de la oficina. Manuel le contó que había conocido a un chico genial en el gimnasio, era alto, guapo, mazas, simpático, atento, divertido, pero temía no gustarle demasiado. Alicia le aconsejó que no se hiciese tantas ilusiones y que si de verdad le gustaba, empezara a hablar con él, por lo menos para saber su nombre. Realmente Alicia no tenía amigos como ella. Si bien, Silvia y Manuel le comprendían y apoyaban, eran de enamoradizos, tontos. Alicia se encargaba de la ración de realismo que toda amistad necesita.
Después de comer, Alicia y Manuel salieron a dar un paseo. Pensaron, charlaron y debatieron sobre todos los temas habidos y por haber hasta que se les hizo de noche. Cuando estaban sentados en la barandilla del mirador del Templo de Debod, Manuel sintió los labios de Alicia en su boca y se apartó rápidamente. Alicia enseguida se disculpó, cogió su bolso y se marchó despidiéndose con un susurro que Manuel difícilmente reconoció como un "adiós". ¿Qué había pasado? Manuel quiso creer que se trataba de una broma o un gracioso efecto de las dos cañas que se habían tomado, pero se marchó a casa sin lograr convencerse.
Alicia también pensó en los que había pasado, mientras volvía a casa.
-¡Pero si es gay! -se repetía a sí misma una y otra vez- ¿Cómo se te ha ocurrido hacerlo? ¿Qué te pasa últimamente Alicia?
La respuesta era sencilla, se sentía sola. Pero eso ella lo adivinaría más tarde.
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Alicia, el amor y otras paradojas
General FictionA sus 25 años, Alicia aún no ha tenido un solo novio formal. Nunca ha llegado a entender el compromiso, las bodas o la vida en pareja... Y es que la suya es otra forma distinta de entender el amor.