El tren llegaba con retraso.
No era una novedad, y como cada mañana la letanía de su disculpa arrancaría una mueca, mitad disgusto, mitad resignación, de la sombría cara del supervisor.
Era otoño en Buenos Aires. Se había abrigado un poco para enfrentar esos días algo inconsecuentes, con sus tempranas ráfagas voluptuosas, audacias del río adormilado, y los subsecuentes rayos de un sol que no concibe rendirse y se reproduce en los reflejos de los vidrios y el asfalto. Pero en el vagón, el calor amontonado se multiplicaba en cada estación y se potenciaba en los olores internos y externos plagados de vulgaridad. Como consecuencia ineludible, al llegar a Constitución casi no restarían vestigios del duchazo apurado con agua apenas tibia de familia numerosa que se había dado para despabilarse.
Resopló consternada al recordar la noche plagada de vagabundeos agotadores, resabios de un catarro inconveniente que había asolado a su prole en los últimos días. Los gimoteos de la fiebre, el frasco de jarabe carmín derramado que había logrado aumentar la pila de ropa sucia y la cuenta de la farmacia. Su vida resumida en sábanas sudorosas, convulsiones financieras y sueños resignados
El sacudón de una súbita frenada la sacó de sus cavilaciones. Un lamento de agonía anticipada se escapó de sus labios aún descoloridos al sentir que el tren se detenía en la última estación. Sabía que no habría libre albedrío en esas circunstancias, que la masa se movería como un todo con voluntad propia y que, al abrirse las puertas, aunque no lo deseasen, cientos de cuerpos serían arrojados a la nefasta plataforma cual animal enfermo vomitando sus entrañas. Se predispuso resignada para el apretón, el tironeo y el golpe como si, gracias a la cotidianeidad, uno pudiera estar preparado para el zarandeo despiadado de la multitud que no respeta edad, género o condición mental.
Logró pasar las barreras de los guardas mostrando el ajado boleto de ida y vuelta que volvió a desaparecer en el monedero de plástico azul. Los andenes inmundos, cargados de mercadería barata, el gran salón abovedado, ni de lejos en mejor estado, y los pasillos impúdicos, abarrotados de oportunistas y rateros, fueron quedaron atrás en su urgida caminata hacia el exterior.
Afuera, la mañana se enviciaba en humo gris. La gente, en la vereda encharcada y despareja, pululaba en todas direcciones sin respetar a los demás. Centró su mirada en el suelo, un par metros por delante para evitar pisar lo impensable y se dirigió decidida a cruzar la calle. La fila de cucarachas de techo amarillo la obligó a arriesgarse entre los paragolpes para alcanzar la casi nunca respetada senda peatonal, apenas vestigios de líneas cenicientas sobre el cemento, enmascaradas de barro y gasoil.
A duras penas alcanzó la orilla opuesta con los nervios a flor de piel, respuesta al despiadado bocinazo de un colectivero demasiado apurado, para el que la luz amarilla parecía tener como significado: "Pise el acelerador". Maldijo por lo bajo a los conductores desenfrenados y al fango pegado a las pantys emparchadas con esmalte de uñas. Su humor, desde días atrás bastante turbio, logró descender varios grados más en la sensación térmica de la desmoralización.
Hacía tiempo que había perdido la ilusión de una vida plena y feliz. La rutina la agobiaba y nada parecía poder romper el hielo de la decepción. Los días laborables transcurrían entre viajes, horarios y deberes que no le daban tiempo ni siquiera para pensar. El tan ansiado fin de semana terminaba siendo aún peor, con visitas auto impuestas, partidos ineludibles y compras de hipermercado, llegando a su punto álgido durante el "síndrome del domingo por la tarde", cuando anhelaba desesperadamente volver a la agotadora rutina del lunes antes de perder por completo la cordura.
Caminó apresurada por la senda plomiza manchada de palomas que cruzaba la plaza, rogando que la fila del colectivo fuera lo suficientemente corta y lograra subir en el primer vehículo. Cuando levantó la mirada para verificar desde la distancia sus probabilidades, su corazón se paralizó. El hombre se dirigía decidido hacia ella. No había dudas. Su mirada oscura y depredadora estaba fija en su rostro. Tenía un aire lóbrego que lo envolvía como un aura amenazante, y su paso firme y deliberado la colocaba en la línea de fuego. Sintió que comenzaba a faltarle el aire a fuerza de no respirar. Se aferró a la ajada cartera de cuero intentando proteger ya no sus quince pesos para los gastos del día sino los documentos que costarían mucho más en tiempo y amarguras.
El morocho, grandote y con andar pesado, esbozó una sonrisa torcida como adivinando su agitación y apuró al paso para no dejarle tiempo a reaccionar. Los dientes amarillos sucios de tabaco se perfilaron entre los labios gruesos agravando la impresión de acechador voraz. Sintió el rugido feroz de la sangre en los oídos y sus piernas debilitarse cuando lo tuvo casi encima y se inclinó hacia ella. La voz gruesa y pastosa tenía el temido e inconfundible acento de arrabal.
- Si la belleza fuera un pecado, vos no tendrías perdón de Dios.
Cuando su mente, obnubilada por le terror, logró descifrar las palabras, el supuesto agresor había desaparecido entre el gentío, anónimo e inquietante, dejando tras de sí una estela de emociones desatadas.
Su primera reacción fue de enojo. ¿Qué derecho tenía ese individuo a hacerle pasar por ese mal momento? Como si ella fuese una cualquiera que anduviera dando motivos para ser abordada en la vía pública. A su edad, madre de tres niños, sofocada por las responsabilidades, no tenía ni tiempo ni deseos de dejarse llevar por esas concupiscentes situaciones. Volvió a buscar entre los transeúntes la figura perturbadora de su ofensor. Pasado el sobresalto, el coraje se abrió camino entre el corazón agitado y las piernas temblorosas, dándole bríos suficientes para descontar algo de su vergonzosa cobardía en un par de frases subidas de tono. Pero el sujeto se había disuelto en la multitud y el desagravio fue perdiendo su trascendencia. Después de todo, él no había sido en absoluto grosero, por el contrario, su comentario había sido refinado.
Evocó la frase que aún resonaba en sus oídos con rumor de nicotina y acento tanguero. No podía recordar cuándo había sido la última vez que la habían halagado de esa manera. Un cosquilleo olvidado en un cajón, entre fotos viejas y cartas amarillas, recorrió su piel haciéndola sentirse de nuevo veinteañera.
Miró hacia las copas deshojadas de los árboles y descubrió una mañaza azul más allá de los altos edificios mientras el sol se abría camino por la Avenida 9 de Julio. Sonrió al volver a repasar las palabras del extraño, tan ingenuas como reveladoras. Pensó en su oficina con vista al Río de La Plata, en el café recién preparado y la charla inconsecuente de sus colegas a las que les contaría lo que le había pasado. Se sorprendió al descubrir dentro de ella ese entusiasmo juvenil que encuentra en las cosas más sencillas un motivo para festejar.
Volvió a escudriñar la muchedumbre en busca de aquel desconocido antes de reanudar su recorrido pero no pudo encontrarlo. No obstante, el rastro de su paso había quedado gravado definitivamente en su interior. Sin demorarse más, caminó hacia la parada del colectivo donde la fila era apenas de cinco personas.
Subió al "Doce", con mirada soñadora y una sonrisa en los labios, pensando que, talvez, la vida no fuese tan gris.
Mientras tanto, en otra de las veredas plomizas de la plaza, un ángel con voz de tango continuaba derrochando piropos.
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MAÑANA GRIS
Short StoryEl hombre se dirigía decidido hacia ella. No había dudas. Su mirada oscura y depredadora estaba fija en su rostro.