A la vez que mecía la hierba, la brisa empujaba el dulce aroma de las flores por el prado que parecía no tener fin. Desde lo alto, la luz del sol descendía, coloreaba el paisaje y le calentaba la piel.
Con una gran sonrisa, Woklan contemplaba a su hija correr alrededor de un viejo roble; la niña se movía con los brazos extendidos. Sin perder de vista a la pequeña, escuchando el ruido que hacía con los labios al intentar imitar a un avión, pensó en lo afortunado que era. Inspiró despacio y fijó la mirada en el árbol que tantos recuerdos le traía.
Mientras él se perdía en sus pensamientos, Weina lo abrazó por la espalda y le dijo:
—Estaría orgulloso de ti. —Apoyó la barbilla en el hombro de su marido—. Tu padre estaría orgulloso de lo que hiciste para que nuestra hija pudiera vivir.
Woklan guardó silencio un par de segundos.
—Sí, lo hubiera entendido... —Se dio la vuelta y besó a su mujer—. En el tiempo que dirigió la flota jamás quebrantó ninguna norma, pero sé que en mi caso hubiera hecho lo mismo que yo.
Weina le acarició la mejilla, sonrió, le cogió la mano y caminó hacia su hija llevándolo con ella.
Al mismo tiempo que las suelas de las botas aplastaban la fina capa de hierba, al mismo tiempo que observaba la frondosidad del árbol y cómo algunas ramas pequeñas se movían a causa de la brisa, Woklan susurró:
—Lo hubiera entendido...
El crononauta estaba tan inmerso viviendo esa experiencia paradisíaca que no escuchó la voz que se propagó débilmente por los alrededores del inmenso roble:
—La mente del sujeto acepta y asimila las ondas Gaónicas. No hay distorsión, se puede incrementar el flujo.
A la vez que Woklan se sentaba cerca del árbol junto con su mujer e hija, sin ser consciente de ello, alguien contestó a través de un sistema de comunicación:
—Maravilloso, por fin podré recrear el suceso original. —Al mismo tiempo que quien hablaba soltaba un pequeño gemido de placer, por la trasmisión se escuchó un gran grito—. Estoy deseando dejar atrás esta realidad que se colapsa para disponer de más prisioneros a los que extirpar las columnas. —El profesor Ragbert apretó las vértebras que acababa de arrancar y las quebró—. Los que tenemos aquí se están debilitando tanto que sus huesos ya no crujen como a mí me gusta.
La persona que habló primero, después de observar cómo Woklan jugaba con su hija, se dirigió al científico:
—Señor, cuando resolvamos el problema de reconducir la paradoja podrá viajar a cuantas realidades quiera y arrancar las columnas que desee.
—Cierto... —Ragbert se calló unos segundos—. Al primero que le arrancaré la columna será a teniente O. Whagan. No puedo dejar que su secreto sea descubierto por nadie más. —Soltó una tenue risa—. Pero no adelantemos acontecimientos, primero acabemos lo que inició este soldadito con complejo de dios.
La persona que estaba en el prado junto a Woklan y su familia, la mujer que se mantenía invisible para ellos, susurró una palabra cerca de una gruesa pulsera negra y el camuflaje dejó de ocultarla.
A espaldas del crononauta, sin que este pudiera verla, vestida con un uniforme oscuro ceñido, se acarició el pequeño dispositivo que se hallaba cerca del oído y dijo:
—Estoy lista para iniciar el incremento de ondas Gaónicas.
Woklan parpadeó y dudó, pero al final se dio la vuelta y la vio. Se levantó, la señaló y espetó:
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Entropía: El Reino de Dhagmarkal
Science FictionWoklan despierta sobre un charco de sangre dentro de una nave de La Corporación: la entidad encargada de explorar las líneas temporales. No recuerda nada, no sabe cuál ha sido el destino de sus compañeros y tampoco es consciente de que ha caído en l...