Mientras las nubes anaranjadas ocultaban una parte del sol que comenzaba a perderse en el horizonte, las olas, antes de retornar despacio al inmenso océano verdoso que se extendía hasta fundirse con el cielo rojizo, cubrían con agua salada el cuerpo del hombre del traje.
El enmascarado, respirando el intenso olor marino que impregnaba la arena amarilla, abrió los ojos, tosió y preguntó desorientado:
—¿Dónde estoy?
Después de que una ola lo volviera a sacudir, se levantó, observó el océano, giró la cabeza y fijó la mirada en unas grandes montañas que se elevaban a unos pocos metros de la playa.
—¿Dónde diablos estoy? —Se limpió la ropa, se quitó los granos de arena que se le habían adherido al traje y contempló el horizonte que parecía no tener fin—. ¿Qué es este lugar?
El sonido relajante de las olas en vez de tranquilizarlo lo ponía nervioso. Aunque tenía su propia memoria y era casi un ser independiente, mientras escuchaba cómo se mecía el agua sobre la arena no podía evitar ver imágenes del pasado de Woklan. Acosado por ese sonido, le era imposible no recrear visiones cargadas de sensiblería.
«Patético...» pensó, incapaz de alejarse del recuerdo del teniente y su familia disfrutando de un bonito día en la playa.
Cerró los párpados, apretó los dientes y masculló:
—¿Por qué no me puedo librar de ti? —Abrió los ojos—. ¿Por qué tengo que seguir compartiendo parte de tu memoria? —Se quitó la máscara y escupió sobre la arena—. ¿Voy a tener que soportarte durante toda la eternidad? —Observó cómo la saliva se diluía en el agua salada—. ¿Voy a tener que convivir contigo?
Cuando se apagó el sonido de las palabras y volvió a escuchar cómo se mecían las olas, apretó los dientes, alzó los brazos y chilló. En ese instante, rodeado por el manto rojizo del cielo, contemplando cómo algunas pequeñas estrellas azules empezaban a volverse visibles, poseído por un profundo desprecio, se juró que no solo acabaría con Dhagmarkal, sino que también se liberaría de su unión con Woklan.
—¡Tú ya tuviste tu momento, ya jugaste a ser Dios! —Bajó la cabeza, dirigió la mirada hacia las montañas, se colocó la máscara y habló con más calma—: Ahora yo seré el que juegue a ser Dios. —Empezó a caminar—. Seré yo el que moldee la realidad y obtenga una vida.
En silencio, alejándose del sonido de las olas, dejando atrás una playa que lo había conducido a querer jugar con los cimientos de la realidad, no fue capaz de escuchar las palabras que alguien pronunciaba satisfecho:
—Ya he movido a mi peón. Ahora te toca mover a ti, Dhagmarkal.
Ajeno a la risa de quien había hablado, incapaz de poder oírla, el enmascarado siguió acercándose a las montañas con la intención de escalar una de ellas y alcanzar la cima.
Al llegar al pie de la que tenía más cerca, se aferró a las rocas negras que daban forma a una pared escarpada y comenzó a ascender. El sudor no tardó en resbalarle por la piel y empaparle la ropa.
Tras casi media hora, notó que las rocas estaban más calientes que en la parte más baja de la montaña. Aunque se extrañó, se agarró con más fuerza a los pequeños salientes y siguió escalando. Poco a poco, con cada metro que ascendía, se dio cuenta de que el aire en vez de enfriarse se volvía más cálido cuanto más arriba estaba.
Cuando vio cómo le surgía humo de los guantes, susurró:
—¿Qué demonios?
Escuchó un ruido, giró la cabeza y observó cómo desde un extremo de la pared emergían rocas afiladas. Mientras la montaña se resquebrajaba, las grandes filas de esas inmensas piedras puntiagudas fueron acercándose.
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Entropía: El Reino de Dhagmarkal
Ficção CientíficaWoklan despierta sobre un charco de sangre dentro de una nave de La Corporación: la entidad encargada de explorar las líneas temporales. No recuerda nada, no sabe cuál ha sido el destino de sus compañeros y tampoco es consciente de que ha caído en l...