Kyle nunca fue bueno haciendo amigos, pero tras mudarse a Everless se encontrará con muchas personas que le cambiarán la vida. En especial uno, Alex.
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La infancia traumática que tuvo Kyle lo dejó con una marca de por vida, un trastorno de ansied...
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La invitación de la fiesta de Dave decía que empezaba a las nueve.
No localice a Alex, por lo que se me hizo tarde, pensé que para cuando llegara yo todo el mundo ya iba a estar en casa de Leo comenzando a alcoholizarse y con la musica a tope.
Pues bien, heme aquí a las nueve y treinta y nadie se ha aparecido.
La cerca de el patio estaba abierta, y decidí ir a husmear la parte trasera de la casa. Ahí me encontré con Dave, quién iba en patines recorriendo toda la casa, llevaba una playera blanca que decía «Holy Child» —niño santo— en unas grandes letras negras con efecto de que iban escritas con una lata de aerosol. Dave estaba de cumpleaños un día después de navidad, por lo que (bajo su lógica, supongo) lo hacía un niño santo.
—¡Emo! —me llamó por ese, tan original, apodo—¡Uh, Slushie!, ¿me das?
Como siempre que llevaba ansiedad social llegue a la gasolinera para comprarme un Slushie (ICEE) de cereza. No me gustaba compartirlo con los demás, pero me daba vergüenza decir que no.
—¿Es de qué, fresa?
—Cereza.
—A mi me gusta más el de frambuesa porque sabe más azucarado, pero bueno, peores cosas me he metido en la boca —se encogió de hombros y le dió un sorbo a mi slushie.
Me tragué mi expresión de repulsión por lo que había dicho para no verme tan obvio. Claro que ya no querría más luego de que él lo probara.
—Quédatelo —le dije cuando extendió su mano para regresármelo—. Feliz cumpleaños.
—¿En serio? —sonrió mostrándome una sonrisa pintada de colorante rojo radioactivo, ¿así me veía yo luego de que me zampara uno de esos, diarios—. ¡Muchas gracias Emo!, me hacia falta el azúcar.
—Sí, de nada.
No sabía lo malhumorado que me ponía que alguien se metiera con mi preciosa, azucarada y helada bebida.
—¿Dónde esta todo el mundo?
—Yo qué sé —volvió a encogerse de hombros—. Supongo que en sus casas, llegaste muy temprano.
—En realidad, Dave, llegué tarde.
—¿En serio?, oh carajo, ¿qué hora es? —miró a su reloj de mano y torció el gesto confundido y sumamente frustrado—, ¿me puedes decir qué hora es?
Me mostró el reloj de su muñeca, era de manecillas con números romanos, y Dave no sabía leer la hora en este, por lo que veo.
—Son las nueve y media.
—Me asustaste, pensé que era tarde en realidad.
—Es tarde —alegué—, llegué treinta minutos después de la hora que decía tu invitación.