Al mismo tiempo que percibía un profundo olor a descomposición, fogonazos de un intenso rojo poseyeron lo que quedaba de su mente y sonidos estridentes se propagaron por los restos de su consciencia.
Quiso ordenar los pensamientos, pero no consiguió más que notar cómo se descomponían los recuerdos. Luchó cuanto pudo, aunque en aquel lugar daba igual lo que alargara la resistencia; el tiempo no existía y su derrota ya se había manifestado en el mismo instante en el que empezó a combatir contra la esencia de la nada.
Cuando todo parecía perdido, cuando su ser no era más que millones de partículas dispersas por una corriente de energía, un estallido lo sacó de ese estado y lo materializó en el plano físico.
Desorientado, sintiendo cómo le ardían los músculos, parpadeó con gran esfuerzo e inspiró notando pinchazos en los pulmones.
—¿Dónde...? —al pronunciar la palabra padeció un dolor punzante en las cuerdas vocales.
La cabeza le dio vueltas, sufrió un fuerte mareo y sintió cómo la mente estaba a punto de apagarse. Aunque antes de perder el conocimiento, le dio tiempo de ver al recluso novecientos noventa y nueve tirado en el suelo.
***
El sol se hallaba en lo alto del firmamento y proyectaba con fuerza el calor sobre Woklan. El crononauta, sintiendo como si el cuerpo se estuviera quemando, abrió los párpados, separó la cara del suelo reseco y se incorporó mareado.
Tras unos segundos eternos, en los que intentó humedecerse los labios cortados mientras dirigía la visión borrosa hacía su compañero, preguntó con voz ronca:
—¿Sigues inconsciente...? —Aunque le dolió, forzó los músculos de las piernas y consiguió levantarse—. Tienes que despertarte. —Caminó tambaleándose hacia el recluso novecientos noventa y nueve—. Debes despertarte.
Se dejó caer de rodillas a su lado y lo zarandeó. Al ver que no reaccionaba, lo volteó y lo puso boca arriba.
—Vamos, amigo. —Le dio varias palmadas en la cara—. Venga.
El recluso, aun teniendo los ojos abiertos, se hallaba con la mirada perdida, observando el infinito. Woklan meneó la cabeza y volvió a zarandearlo.
—Vamos. —Lo movió con más fuerza—. ¡Vamos!
Mientras el crononauta intentaba despertarlo, la piel de recluso empezó a despedir pequeñas chispas de color carmesí. Woklan, aun notando calambres producidos por las descargas energéticas, continuó empeñado en sacar a su compañero de ese estado comatoso.
—No te rindas —dijo desesperado.
Cuando el cuerpo del recluso se cubrió de energía Gaónica, las manos de Woklan comenzaron a calentarse. El teniente apretó los dientes, ignoró el dolor y siguió moviendo a su compañero.
—¡Despierta! —bramó.
Después de unos segundos, en los que a causa de la temperatura el crononauta tuvo que separar un par de veces las manos de la piel, el recluso novecientos noventa y nueve parpadeó, vio cómo lo cubría la energía Gaónica y dijo con la voz ahogada:
—Aléjate.
—¿Qué? —Las facciones reflejaban incomprensión—. ¿Por qué?
—Mi cuerpo tiene acumulada demasiada energía y está a punto de enviar a mis átomos a otra realidad.
Woklan dudó.
—Pero... puedo saltar contigo.
—No creo que funcione. El salto anterior fue diferente, mi cuerpo sufrió una implosión que atrajo lo que había a su alrededor y lo trasladó a este mundo. Esta vez explotará y destruirá lo que haya cerca de mí.

ESTÁS LEYENDO
Entropía: El Reino de Dhagmarkal
Sci-fiWoklan despierta sobre un charco de sangre dentro de una nave de La Corporación: la entidad encargada de explorar las líneas temporales. No recuerda nada, no sabe cuál ha sido el destino de sus compañeros y tampoco es consciente de que ha caído en l...