Eran los primeros días de diciembre cuando recibí un mensaje de Anton. Había trabajo para mí el cual por supuesto acepté ya que los libros que tenía de reserva los había devorado las noches previas y en cuanto al trabajo de la página web aún era insignificante por esas fechas.
Por la tarde Anton llegó a mi casa y bajó la botarga de la cajuela de su auto. Subimos por la escalera hasta mi piso mientras él me platicaba sobre un accidente de tránsito que había presenciado de venida a mi casa. Al parecer el conductor iba drogado y había atropellado a una anciana que caminaba por la acera.
-Lamentable.-concluyó él dejando el costal con la botarga dentro sobre mi sofá.
Asentí y le ofrecí una cerveza. Él aceptó con gusto y me siguió a la cocina tranquilamente.
-¿De qué es el evento de hoy?-le pregunté mientras sacaba un par de latas del refrigerador.
-Es una fiesta de fin de año de gente importante por lo que sé. La organizaron algunos socios de Volvo. Creo que están buscando patrocinio de otras marcas para alguna campaña del próximo año. Coca Cola entre ellas. Por eso la botarga es de un oso polar.-soltó una risita.-Tiene su bufanda roja y todo. Oye ¿por qué te gustan los trabajos de botarga? Te he ofrecido trabajos de freelance más interesantes y nunca los aceptas. No te ofendas, pero andar con esa cosa por horas se me hace medio masoquista y la paga no es tan buena.
-Lo encuentro divertido.-expliqué pasándole su cerveza y luego le di un trago a la mía. Era verdad. Todo había comenzado desde hacía unos ocho meses, cuando estaba aburrida de estar sentada haciendo tareas y le llamé a Anton para ver si tenía algún trabajillo interesante que me sacara de mi departamento por un rato. Me regresó la llamada al día siguiente. Había encontrado que solicitaban en la pizzería de la esquina de su calle a un repartidor y por otro lado, en un anuncio en internet había visto que necesitaban a una persona para que usara una botarga de rosquilla para la inauguración de una pastelería. Escogí la segunda y a partir de entonces cada vez que había alguna oportunidad de hacer ese trabajo lo tomaba.-Puedo bailar y saludar gente. Además, así nadie me ve y muchas veces me dan comida gratis al final de los eventos.
-Ya.-suspiró.- Qué rollo tan raro.
Nos terminamos la cerveza y luego Anton me ofreció un cigarrillo. Le dije que ya no fumaba y volvió a guardarlo. Miró su reloj y dio un respingo.
-¡Vaya! Si ya se nos ha hecho tarde. Vístete pronto. Te debo de dejar en el salón del evento en media hora.
Hice una mueca de sorpresa y luego me puse en pie de prisa. Cogí una maleta para guardar mi ropa y mi walkman y me coloqué la botarga de una vez. Siempre era mejor ponérmela antes de llegar a los lugares donde estaría, así nadie sabía que era yo. Sólo dejé la cabeza de oso polar en su costal y después nos fuimos. De camino al salón Anton puso un disco de Led Zeppelin. Fuimos cantando felizmente hasta llegar al lugar. Era un hotel muy grande, de esos que forman parte de cadenas internacionales. Parecía demasiado elegante, no me imaginaba haciéndola de botarga en aquel lugar.
-Bien, pues mucha suerte.-me dijo Anton antes de que me bajara del auto.-Paso por ti a las diez.
-Vale. Gracias.
Cerré la puerta y me dirigí a la entrada. Allí una muchacha muy delgada y rubia me indicó donde dejar mi mochila y luego me llevo a la recepción del salón. Vi unos cuantos letreros de Coca Cola y algunas cajas adornadas como regalos frente a un pequeño escenario con nieve, quizás simulando una porción del polo norte.
-Aquí quédate.-me indicó la chica, parecía ansiosa.-Me dijeron que despidieron al hombre que llevaba usando esta botarga por cinco años. No pensé que encontraran a alguien que lo supliera tan pronto. Quiero decir, no me lo tomes a mal, pero se ve que pesa horrores.
-No está tan mal.-sonreí.
-Ya. ¡Qué raro y además eres una chica!- sonrió también. Sus comentarios no eran del todo amables, pero tampoco tenía la facha de insolente.
-Los invitados llegarán pronto.-explicó la chica e hizo un gesto para marcharse.- No te acerques mucho a ellos. Te lo digo por experiencia, son un tanto especiales. Estaré por allá si se te ofrece cualquier cosa. Me llamo Zara.
Me coloqué la cabeza de oso polar, luego asentí levantando mi dedo pulgar. Ella rio y luego se marchó. Me retiré la cabeza rápidamente cuando estuve sola en el recibidor de nuevo y me puse mi walkman. Había colocado desde la mañana el álbum de ABBA Gold, así que mientras llegaban todas esas personas especiales estuve tarareando Dancing Queen, Knowing Me Knowing You, Take a Chance on Me y Mamma Mia. Cuando ya iba a acabar el segundo verso de esa última canción vislumbré algunas sombras. Me retiré el walkman, lo metí a la mochila y la dejé donde Zara me había indicado, luego cogí la cabeza de oso polar y el trabajo comenzó.
Había música de fondo en aquel recibidor tan elegante. No estuve segura pero creí reconocer a Michael Calfan. Servirá, pensé y empecé a mover mis pies al ritmo de la pista. Los primeros invitados me ignoraron por completo. No importaba. A mi sólo me pagaban por estar allí y bailar un poco. Si alguien se me acercaba y se tomaba una fotografía conmigo ya era una ganancia extraordinaria si no se trataba de un evento para niños. Un poco después también moví mis manos y la cadera. La música era House bastante buena. Los promotores del evento tenían un gusto exquisito, sin duda.
Unas cuantas chicas me saludaron al pasar, algunas otras me tomaron una fotografía de lejos. Levanté mi pulgar, ellas rieron. Al cabo de una hora ya habían llegado alrededor de cien personas, todas vestidas con prendas de marcas muy caras y relojes de oro. Mientras bailaba pensé que ese sería un oasis para una banda de asaltantes. Tendría que ser un asalto bien planeado, cerrar las puertas, cortar la comunicación. Nadie sale, nadie entra. Nada de disparos porque alguien podría escucharlos y llamar a la policía. ¿Con qué los amenazarían entonces? Machetes. No, ¡mejor granadas! Un paso en falso y todos vuelan. Todos absolutamente. No hay nada que dé más miedo que asaltantes sin miedo a morir... ¿Y la botarga? ¿Alguien pensaría en asaltar una botarga?...
De pronto mis cavilaciones fueron interrumpidas. Era un muchacho, quien agitaba su mano saludándome a un escaso metro de distancia. Tendría unos veintisiete o veintiocho años, pero definitivamente no más de treinta. Era rubio, alto y esbelto. A diferencia de los demás hombres a la redonda él no llevaba traje ni corbata, sino vaqueros, una camisa de cuadros y unos Vans. No era precisamente apuesto, sin embargo tampoco era la clase de sujeto que pasa del todo inadvertido. Sus facciones eran refinadas y sus ojos de un azul profundo.
Agité la mano de vuelta. Él curveó un poco la comisura de sus labios.
¿Lo conozco? Dudé por un segundo.
De repente el chico sacó su móvil y se acercó un poco más. Quería una foto. Ágilmente me coloqué junto a él y me rodeó con un brazo la cintura. Alcé mi dedo pulgar como siempre y a través de la malla para ver por la cabeza de oso polar vi cómo se dibujaba en su rostro una enorme sonrisa. No, definitivamente no lo conocía. Tenía unas orejas hermosas y pequeñas y un maxilar inferior cuadrado y anguloso como dibujado con lápiz y escuadra. Era de la clase de persona que entre más observas más peculiaridades encuentras en su rostro. Si lo hubiese visto antes lo recordaría sin duda.
-Bailas muy bien.-dijo tras sacar la foto y darle un vistazo rápido en la pantalla del móvil.
Me llevé ambas manos a la boca como sorprendida. El muchacho sonrió una última vez y luego agitó la mano como diciendo adiós. Le dije adiós también y después se marchó.
No volví a verlo a pesar de que lo busqué un par de veces entre la multitud. Fue una lástima, parecía un sujeto bastante agradable. Quizás fuera el hijo de alguien importante ya que tenía cierto aire de aristócrata, o al menos esa impresión me daba.
A las diez en punto Anton estaba afuera del hotel. Escuchamos a AC/DC mientras íbamos de vuelta a casa. Le conté sobre lo aburrido que había sido el evento y sobre las personas especiales que habían asistido. Él se limitó a escucharme y a darle lentas caladas a su cigarrillo.
Debo admitir que me gustaban las noches como aquella, cargadas de tráfico y luces de autos, con los vidrios empañados y el viento helado que presagiaba el invierno, con toda esa gente alrededor ansiosa de llegar a casa con sus familias mientras que, Anton y yo, escuchábamos viejos discos y nos hundíamos en prolongados silencios. A nosotros nadie nos esperaba en casa ni en ningún otro sitio.
Nadie. Y de cierto modo aquel hecho resultaba reconfortante.
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Quema las páginas
General FictionHan transcurrido diez años desde que Mara decidió aislarse en un apartamento en los suburbios de Los Ángeles para llevar una vida de pequeños trabajos y modestos placeres. Sin embargo, al correr ya los últimos días de primavera llegará a su puerta u...