21 de agosto 2016 (parte 2)

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-Y también escribí en la libreta magenta que me regalaste.-concluí cuando ya íbamos de regreso a su casa con la hielera vacía.-Tenías razón. Ayuda bastante plasmar en tinta lo que sucede en nuestra vida.

-¡Vaya sorpresa! ¿Quién lo diría? Tú comenzaste con eso y yo le dejé una vez que nos separamos.

-¿Por qué?-pregunté de inmediato abriendo la puerta de la cocina.-Parecías disfrutarlo mucho.

-Eso era cuando estaba contigo.-admitió él dejando la hielera en un rincón junto al frigorífico.-Después, sencillamente dejé de encontrarle sentido a eso y a muchas otras cosas.

-Comprendo. Me pasó lo mismo de cierta forma.-admití recargándome con cansancio sobre la pared.

Martijn se paseó por la cocina por un minuto y finalmente se detuvo junto a mí recargando su espalda también sobre la pared. Guardamos silencio durante un rato clavando la mirada cada quien a puntos cercanos de la cocina, pero sin mirar realmente. Me crucé de brazos, él recargó sus manos sobre sus muslos.

-¿Alguna vez- cuestionó él con aire vacilante y la vista al piso.- te has preguntado si fue mejor para los dos separarnos?

-Me he preguntado más veces si hubiera sido mejor no hablarte ese día en Bremen y dejar que te colgaras de un árbol.-respondí.

Callamos por un tiempo indefinido, hasta que de pronto él se llevó las manos a la cara. Su rostro enrojeció como un tomate maduro y en cuestión de segundos se bañó de lágrimas, a la vez que gemía y jadeaba con profunda amargura. Nunca antes, incluso el día que estuvo a punto de suicidarse, lo había visto llorar de aquella manera. No supe qué hacer durante varios minutos y permanecí contemplándolo confundida. De pronto puse mi mano sobre su hombro, vacilante, con la intención de  tranquilizarlo; sin embargo aquello fue como detonar dinamita. Martijn se quitó las manos que le cubrían los ojos y frenéticamente comenzó a lanzar y embestir todo lo que encontró a su paso. Salí huyendo de la cocina y cerré la puerta limitándome a escuchar, por lo que pareció un largo rato, cómo acababa con su vajilla, sus muebles, la mesa y todo lo que estuviera allí dentro.

De repente, la puerta volvió a abrirse y él apareció, agitado y con la mirada entre abatida y desesperada.

Dio un paso hacia adelante y yo instintivamente di uno hacia atrás.

-¡¿Qué carajos te sucede, Martijn?!-espeté asustada.

-¡No lo sé!-chilló afligido.-¡No sé qué me pasa! Pero sí te puedo decir que no ha habido ni un solo día desde ese noviembre en Ámsterdam que no me arrepienta de lo que hice. Fui un completo imbécil por haberte engañado y por abandonarte. Y me merezco que me digas esas cosas tan crueles...-gimió y su voz se adelgazó de nuevo.- es sólo que me duele, ¿comprendes? ¡No lo soporto! ¡Me partes el corazón cuando dices que hubieras preferido que me matara! ¿Qué acaso ya se te olvidó cuántos años fuimos realmente felices? ¡¿Qué acaso eso no cuenta también?! ¡Maldita sea! 

-¡¿Y qué esperabas?! ¿Que te dijera que todo está bien? ¡No tienes idea de cuánto daño me hiciste! ¡Tú eras todo para mi! ¡Me dejaste sola para irte con otra! -exclamé sintiendo un calor intenso subirme a la cara y las lágrimas escocer mis ojos.- ¡Te odio, Martijn! Escúchalo bien... ¡TE ODIO!

-¿Ah, sí? ¡Pues yo también te odio, Mar!-gritó él furioso.-¡Te odio y también a ese cabrón de X! ¡Me alegra que haya muer...!

No lo dejé terminar su frase y me abalancé sobre él. Caímos al suelo y le di un par de bofetadas. Él soltó una especie de alarido y entonces me cogió de las muñecas. Forcejeamos al tiempo que rodamos por el piso, llevándonos una mesita, un florero y varios adornos sobre ella. Como pude, logré zafar una de mis manos y le atisbé otra bofetada, dejándole un rasguño grande en el rostro. No obstante, Martijn no desistió y juntando todas sus fuerzas logró atrapar de nuevo mi muñeca y aprisionar mi cadera con sus rodillas quedando encima de mí.

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