25 de diciembre 2016

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Han transcurrido ya varios meses desde la última vez que escribí en la libreta magenta. La verdad es que no me encontraba con ningún ánimo de traspasar a tinta lo que iba aconteciendo. Hedfors tuvo razón después de todo, superar su muerte no me fue sencillo.

Salí de la isla de Marstrand en cuanto amaneció y volví a Estocolmo para tomar un avión a Los Ángeles. En realidad no se me ocurrió otro lugar al cual ir y compré el boleto sin meditarlo demasiado. Mi antiguo apartamento seguía siendo habitado por la mujer de la cual Anton me había hablado. La fui a visitar al día siguiente de mi arribo. Ella me recibió cortésmente y, tal y como a él, me ofreció una taza de té de dudosa procedencia. Le platiqué que aquel había sido mi hogar por más de diez años y ella por su parte me relató que en su juventud había sido una prostituta de lujo, pero ahora ya sólo se dedicaba a vender productos de belleza por catálogo. Sin comprender exactamente por qué me sentí realmente conmovida a tal punto que acabé hablándole de Anton. Ella lo recordó en seguida.

-Un muchacho moreno de ojos verdes. Sí, claro que me acuerdo de él.-mencionó cruzando la pierna. Debajo de sus medias se lograban vislumbrar músculos más bien fláccidos y algunas várices.-De hecho, me habló mucho de ti ese día que vino. No le gustó para nada que cambiara el color de las paredes y me lo recriminó como un crío al cual le han robado su paleta. Le prometí que si volvía a pasar por aquí, los colores estarían tal y como antes; pero nunca regresó.

-Él falleció.-musité mirando el turbulento líquido dentro de mi taza.

-¿En serio? ¡Vaya! Eso sí que es una pena. ¡Era tan joven!-la dama le dio una profunda calada a su cigarrillo. Sus labios estaban teñidos de color vino y el maquillaje de su rostro se cuarteaba como el suelo del desierto por las arrugas.-¿De qué murió? Si no es indiscreción.

-De un tiro en la cabeza.

-Santo dios...-exhaló el humo.-¿Andaba en malos pasos?

Asentí con la cabeza y mis ojos se llenaron de lágrimas. Un terrible dolor emanó de los más profundo de mi garganta y me solté a llorar amargamente. Por fin resentía la muerte de mi mejor amigo, después de tanto tiempo, al estar allí, sin más deber de asesinar a nadie. Luego de tantos meses entendía realmente cuánto, cómo y por qué lo había amado.

La mujer se puso de pie y me extendió una caja de pañuelos que sacó de un cajón de la cocina. Lo cogí en seguida y me traté de limpiar las lágrimas que no dejaban de rodar. Ella tomó asiento junto a mí y envolvió mis hombros con su fláccido brazo.

-No pude despedirme de él.-gemí sin aliento.-Murió aquí solo como un perro de un tiro en la cabeza.

-Tranquila, cariño...-susurró ella estrechándome con un poco más de fuerza.

-Él siempre me dijo que no le importaba estar solo, pero ¿sabe? Después de mucho, mucho tiempo cambió de opinión. Íbamos a vivir juntos.-miré fijamente a los ojos cansados de la señora.- A mí no me hubiese importado que fuera un cabrón que andaba en malos pasos. Ahora lo sé. Yo lo hubiera perdonado. Si tan sólo me hubiese dicho la verdad, yo hubiera encontrado la manera de salvarlo.

-No fue tu culpa, nena. Así son los hombres. Hacen sus estupideces a nuestras espaldas y creen que nunca nos vamos a enterar, y aunque se estén muriendo de angustia, nunca nos dicen nada. Por orgullo prefieren lidiar con las batallas solos. Pero, descuida, el bastardo que le hizo eso lo va a pagar en el averno, ya lo verás.

Asentí y dejé caer mi cabeza sobre el hombro de la dama para llorar por un largo rato. Pensaba en Anton y, sin embargo entre los recuerdos se entremezclaban también momentos que había pasado con el señor Hedfors hasta el punto en que ya no estaba segura de por quién realmente me estaba lamentando.

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