Bitácoras de un trabajo de mierda.

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Me presenté en su patio de forma inesperada.

El calor de mis pagos dejé un rato atrás y lo visité. Bajo la cálida sombra de un laurel estaba esperándolo, sentado en una silla chueca junto a su gato que me ignoraba con su áspera frialdad. Estúpidos gatos, todo lo ven.

Encendí un cigarrillo con la mirada y lo encontré saliendo a su jardín a regar las plantas.

Yo sabía que él hacía rato venía buscándome, sin embargo, me sorprendió su expresión de horror al verme ahí.

-Siempre me pasa lo mismo. -Pensé.

Intentó correr pero quedó shockeado por el miedo.

-¿Tan horrible soy? -Me digné a preguntar. -Esperaba otra clase de bienvenida.

Él me miró de arriba a abajo con su mirada sin brillo, como inspeccionando lo que acababa de encontrar. Yo ya lo conocía así que no me sorprendía su aspecto degradado en tonos grises, como sus primeras canas y su desaliñada barba. Para mí, era un tipo común de una clase cualquiera, de una ciudad y un país que no me interesaba, con un trabajo convencional. Como todo ser humano: Insignificante para mí.

Nos sentamos bajo el laurel y despellejamos la lengua en lo que quedaba del día. Él, su horrible gato y yo.

Llevé unos documentos que él debía firmar esa misma tarde si quería seguir el trato. De todas formas, meterse conmigo es peor que la mafia. Llegado el punto de revelar mis escritos, no podría decir que no.

Saqué una pluma negra del bolsillo de mi saco y le di a firmar.

Él no llegó a leer los documentos. (Cosa común en mi empleo).

Luego de unos cordiales saludos, le dejé una esperanza de éxito, mujeres y dinero. Pobre infeliz. ¡Si supiera que solo soy un vendedor!

Me gané su alma aquella tarde, por darle algunas alegrías y nada más. Y lo peor: ni se resistió.

Años atrás solía tornarse más divertido, pero ya todos me conocen y se aburren de mí.

Detesto este trabajo.

Fdo: Lucifer.

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