Capítulo 1

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-Si tú vas yo también- replicó Ana, la más pequeña. De verdad quería ir con su hermano mayor a aquel lugar en el que sucedían cosas misteriosas, cosas inexplicables. Era cierto que si hacías un movimiento erróneo, criaturas del lugar querrían apresarte y quién sabe qué hacer contigo.

-No te llevaré- dijo por enésima vez él, de ojos castaño claro al igual que su cabello alborotado.

Le dedicó una sonrisa a su pequeña hermana de ojos verdes y declaró:-si prometes seguir todos los pasos y movimientos que yo hago, te llevaré. Pero no solo te lo digo, también te advierto que si te asustas, no será culpa mía.

-¿Hablas en serio?- se le dibujó una enorme sonrisa, le brillaron sus tiernos ojos; corrió y abrazó a su hermano de al menos nueve o diez años mayor – Lo prometo, lo prometo- decía mientras se ponía sus botas y chaqueta de exploradora y salió disparada a la cocina para cargar provisiones.

Si bien, el chico sabía que el lugar era peligroso y aún más para su pequeña hermana. Conocía todo respecto a "La Zona". Si las plantas venenosas eran tocadas, éstas soltarían toxinas que acababan con todo en un rango de 5 metros a la redonda. Si las criaturas salvajes aun existentes los encontraban y vigilaban, estarían perdidos. Si por suerte hallaban lo que por años él había estado buscando, no tendría la menor idea de cómo sacar a su hermanita de aquel lugar.

Sí, existian muhcos riesgos, pero ya habían pasado siete años en los que él salía de casa, dejándola sola con la duda de si regresaría o tendría que enfrentarse a La Zona sola en busca de él. Así prefirió llevarla de una vez y quitarle la duda; pensó que si le enseñaba todas las técnicas que él ya conocía para pasar desapercibido de las criaturas, ella algún día quizás podría seguir su misión en La Zona.

-Estoy lista- salió la pequeña de la cocina señalando la puerta indicándole que ya era la hora.

-Bien- señalo él- pero tengo algo que decirte- se inclinó hasta hincarse para poder llegar a la altura de sus ojos- verás, existen criaturas buenas y...

-Lo sé, lo sé. –lo interrumpió- También existen malas. Me lo dijiste ¿Acaso no lo recuerdas? Llegaste a casa, agitado, gimiendo como un bebé. La parte de tu hombro izquierdo tenía una herida grave, era una especie de bolita viscosa y asquerosa- la niña hizo un gesto de asco- ¡¡¡iugh!!! Me hiciste limpiar la herida y fue ahí cuando me lo advertiste.

Él se quedó sin habla, sólo pudo dedicarle una sonrisa. No podía creer lo mucho que su hermanita había crecido mentalmente. La seguía viendo como una inocente.

-Entonces- respondió sacando dos máscaras que iban desde los pómulos hasta la mitad de la garganta, parecidas a las de los antiguos aviadores, que servían para respirar por si alguna razón las toxinas llegaban a ellos- supongo que ya conoces las reglas de esto.

-Si- dijo ella entusiasmada. Las has mencionado y repetido casi todos los viernes que vuelves- lo cierto es que él salía todos los días por las mañanas, pero los jueves desaparecía y no regresaba si no hasta los viernes por la noche. Según él los jueves eran los peores días, pasar una noche en La Zona no era nada agradable. Y mucho menos con el temor de perderse en la inmensidad del lugar. Si los mosquitos salían en busca de sangre fresca, él se molestaba. Si los roedores rondaban, se alteraba y peor aun: si los ojos brillantes de las criaturas lo seguían, se atemorizaba y no conocía la manera de zafarse de ellos.

Cierto día en el que se ponía la máscara junto con su hermana era jueves y al recordarlo sintió una punzada en el pecho pues ahora no tendría que cuidarse únicamente a sí mismo, también tendría que proteger a su pequeña hermana.

Dejaron la casa atrás y se encaminaron hasta llegar a La Zona. La Zona, en realidad no asemejaba tanto peligro como poseía su amplio territorio. Se podía observar un extenso terreno con pocas casas destrozadas, en ruinas: estructuras carentes de materiales y pedazos de madera aquí y allá. Tenía demasiada maleza, más de la que debería y diversa variedad de flora. Los árboles habían crecido por todas partes y de toda clase: altos, bajos, delgados, frondosos, coloridos, contaminados, infectados, letales... Se encontraba poca fauna, y la que subsistía ya había evolucionado para poder vivir en aquel lugar.

También existían pocas señales de agua. Incluso en el recorrido que él seguía casi todos los jueves, escasa agua caía por una cascada de al menos 30 metros de altura. Era obvio que si alguien llegaba a caerse por el acantilado no viviría mas.

Lo que había ocurrido en La Zona ya nadie lo quería recordar pues era tal el desastre que muchos de los sobrevivientes lo llamaban pérdida total.

Ana y su hermano fueron capaces de salir del rector y el área infectada debido a que en su casa yacía un sótano en el cual se encontraban en el momento del estallido, quedando las ruinas y toxinas sobre ellos. Salieron de su escondite después de cinco días cuando uno de sus vecinos alcanzó a escuchar sus gritos de auxilio, éste los ayudó y desgraciadamente lo perdieron al momento de salir de La Zona y tocar una de las plantas venenosas que absorbió las toxinas, ahí se percataron del peligro que podían experimentar quedándose cerca.

Decidieron vivir lo más lejos posible, pero al mismo tiempo cerca para seguir investigando acerca de lo que ocurrió y adaptarse a esa vida por si algún día La Zona se extendía hacia todo el país. La mayor parte de los vecinos, amigos y familiares murieron durante el estallido, el resto fue muriendo por la liberación de toxinas y el mínimo porcentaje de personas sobrevivientes, tenían heridas graves y fueron llevadas a hospitales inmediatamente, lástima que ellos estaban bajo una capa de los destrozos de su hogar. Al ser ayudados por su vecino, no quedaba nadie o al menos eso es lo que ellos creían.

Lo cierto es que él había llevado toda la carga pues el día del <<accidente>> había ocurrido ya 9 años atrás cuando él tenía la edad de 13 años, tomando como responsabilidad a su pequeña hermana de apenas 3 y perdiendo a su hermano de 8.


Si tú vas, yo tambiénDonde viven las historias. Descúbrelo ahora