Del techo caían unas pequeñas gotas azuladas que al impactar con el suelo producían un sonido que se propagaba por el pasillo de piedra húmeda y enmohecida. El líquido, al poco de tocar la roca, se trasformaba en un gas que enrarecía y oscurecía el aire. Aunque para la mayoría de seres vivos la atmósfera era tóxica, para los pequeños hongos amarillos que cubrían las paredes contenía lo necesario para alimentarse, crecer y desprender un débil brillo que iluminaba tenuemente el pasillo.
En otro tiempo, a Woklan el ambiente asfixiante le habría producido la muerte en cuestión de segundos. Sin embargo, después de haber vivido lo que había vivido, el aire contaminado no era impedimento para que el crononauta avanzara con la firme intención de acabar con el suceso originario.
Sin que le afectase la baja concentración de oxígeno y la fuerte acumulación de gases venenosos, caminaba intentando alejar los recuerdos dolorosos de un pasado incierto y un futuro inexistente. Sin siquiera darse cuenta, Woklan se movía por el pasillo unido más que nunca a lo que le había permitido sobrevivir a la destrucción de la realidad. Sin ser consciente de ello, se adentraba en la construcción representando una parte importante de aquello a lo que quería poner fin.
«Hoy acaba todo» pensó, ajeno al papel que interpretaba en el drama cósmico.
Cuando alcanzó una bifurcación, miró hacía ambos lados, dejó que el instinto eligiera por él y comenzó a caminar. Apenas había dado un par de pasos, escuchó una voz familiar que lo paralizó y le congeló el alma.
—Papá... Ayúdame... —Se oyó un fuerte sollozo—. Por favor, ayúdame, está oscuro y no paran de hacerme daño.
Woklan se giró, observó el pasillo que se extendía hacia la izquierda a partir de la bifurcación y, por un segundo, sintiendo un dolor punzante en el pecho, vio la imagen de su hija.
El vestido sucio que la niña llevaba puesto estaba hecho jirones, lleno de manchas de palmas negras. La pequeña se hallaba descalza, tenía la cabeza agachada y el pelo le cubría el rostro. Mientras sollozaba, sostenía con fuerza un oso de peluche deshilachado al que le faltaba un ojo.
Antes de que Woklan pudiera dar siquiera un paso, de las sombras surgieron dos brazos alargados, con grandes manos de dedos finos, que cogieron a su hija por los pies y tiraron arrastrándola hacia la oscuridad.
El crononauta gritó y corrió. Cuando llegó a la altura del pasillo donde su pequeña había sido engullida por las sombras, se encontró con un grueso muro de niebla que le impedía avanzar. A la vez que oía los gritos de la niña, a la vez que golpeaba con fuerza la barrera, empezaron a escucharse susurros siniestros que prometían causarle mucho dolor.
—Eres nuestro —pronunciaron unos seres invisibles mientras lo rodeaban—. Arrodíllate y júrale lealtad al verdadero creador. —Al mismo tiempo que la mente del crononauta se nublaba, las criaturas rieron y le ordenaron—: Arráncate la lengua, las orejas y los ojos.
Engullido por una intensa agonía, por un sufrimiento que le desgarraba las entrañas, Woklan se arrodilló, se miró las manos, acercó los dedos temblorosos a la cara, cerró los párpados y se presionó los ojos con las yemas.
Cuando notó un pinchazo en las cuencas, cuando tan solo faltaba hundir los dedos y tirar con fuerza, algo blando le golpeó la cabeza y lo hizo retroceder. Abrió los párpados y vio al oso de peluche deshilachado con un pequeño cartel en el que ponía escrito con sangre: "bienvenido al infierno".
Con la respiración agitada, asustado por lo que había estado a punto de hacer, temeroso por el destino de su pequeña y por sentirse perdido, giró la cabeza y dirigió la mirada hacia la dirección que apuntaba el brazo del muñeco.
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Entropía: El Reino de Dhagmarkal
Fiksi IlmiahWoklan despierta sobre un charco de sangre dentro de una nave de La Corporación: la entidad encargada de explorar las líneas temporales. No recuerda nada, no sabe cuál ha sido el destino de sus compañeros y tampoco es consciente de que ha caído en l...