Ruth:
Cuando llega la profe y abre la puerta, al ver a Sandra llorando nos deja marchar de clase. No salimos del baño hasta que es hora de volver a casa.
-Muchas gracias -dice-, eh...
-Ruth.
-Sí, Ruth. Muchas gracias, de verdad -y se enjuaga las lágrimas.
-Ven conmigo -propongo.
Y ella sin decir nada, me sigue hasta el parque de detrás. No hay nadie y está todo completamente en silencio, hasta que me pregunta:
-¿Por qué?
-¿Por qué... qué? -digo.
-Por qué lo has hecho.
Suspiro.
-Sé cómo te sientes. Sé lo que te pasa, sé cuántas lágrimas has llorado, lo sé todo. No he podido soportarlo.
-Nadie lo sabe, te lo aseguro. No puedes decir que sabes cómo me siento. Además, nunca nadie me ha defendido, esta ha sido la primera vez.
-Lo sé, te lo creas o no -me levanto las mangas-. He pasado por lo mismo que tú.
De repente está pálida.
-Tú también... -murmura.
-Sí, yo también. Pero hace meses que no lo hago, ara son sólo eso que ves, cicatrices. Hace tiempo que dejé la anorexia de lado. Hace tiempo que dejé de sufrir por la opinión de los demás y le metí una paliza al bullying. No sé si te has fijado que nadie me dice nada.
-¿Lo conseguiste tú sola?
-Aunque sea difícil de creer, sí.
-Pues qué suerte. Yo no puedo.
-No te preocupes, no estás sola.
Levanta la cabeza y abre la boca para protestar.
-Tú eres y debes ser, el único juez que te juzgue -aseguro-. Te lo demostraré.
-Entonces...
-Seamos amigas -la interrumpo-. Te demostraré que hay vida después de esta muerte.
-Yo... -susurra-. Yo...
-Va, cálmate y explícame cómo empezó todo.
Y entonces se echa a llorar.
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