Hace 3000 años, una luz cegadora arrasó el cielo de Vegetasei. El fulgor dorado acompañado de un poderoso grito animalístico y desgarrador partió en dos la corteza del planeta amortajado. Miles de volcanes recien surgidos de la tierra estallaron en erupción violentamente. El cielo se llenó de nubes de cenizas que escondieron el sol que había brillado radiantemente hasta hacía apenas unos minutos atrás. Todo se volvió negro, sucio, tenebroso, a pesar de ser medio día.Por el efecto de las sustancias diseminadas por los volcanes, las reacciones químicas provocaron que el agua de los mares se transformase en ácido y las criaturas del mar chirriaron de dolor mientras sus cuerpos se retorcían en una agonía interminable. Los vapores salados emanaban mezclados con el olor a carne cocida y los cuerpos masacrados por tales fuerzas de la naturaleza emergían a millares conformando una masa sanginolenta y densa de olor nauseabundo. El mar se volvió rojo, de sangre y putrefacción. Todo ser viviente flotaba ahora en miles de kilómetros de aguas densas. Desde el espacio, el planeta que fue próspero y hermoso, que tenía océanos azules y cielos celestes, dejó de tener mares, ya no se veía agua, sino una capa oscura de muerte.
Pero en la tierra firme era mucho peor. El aire se volvió irrespirable, como un veneno cruel que se instalaba en los pulmones de las gentes. Salieron de sus casas para divisar la oscuridad, alarmados por el temblor de tierras a sus pies, por el calor creciente, por el olor penetrante... determinados a luchar contra el enemigo que osare atacar a su raza, encontrando que no había lucha posible, sino matanza. El cielo escupió piedras, y llamas, y cenizas ardientes.
Muchos se refugiaron en sus casas, otros volaron hasta las montañas para encontrar una muerte más rápida. Los que huyeron al mar pensaron al principio que un maremoto se había tragado el agua. Más entonces, sus cerebros cabilaban que el agua estaba bajo la mole de muertos que se divisaban en la superficies.
Los que se quedaron en sus casas fueron los últimos en morir, los que encontraron la agonía más lenta y dolorosa para sus cuerpos y sus almas. Primero sentían un sabor dulce en sus labios, un olor putrefacto en el ambiente. Los padres abrazaban a su prole como si haciendo tal cosa pudieran protegerles de lo que venía. Miraban las puertas aporreadas por las piedras ardientes. sentían el olor a humo en los techos de sus casas. Los que tuvieron más suerte fueron aplastados por rocas de tamaño gigante.
Algunos entendieron... y cabeceando entre ellos asesinaron a sus hijos, a bebes, a infantes, a adolescentes, que les miraban incrédulos e incapaces de comprender el crímen que motivó a sus padres para desear acabar sus vidas de un modo tan injusto y deshonroso. Los que no fueron capaces de matar a su descendencia, padecieron el horror de los efectos de los gases. La dulzura de los labios se transformó en pinchazos agudos en sus pulmones, que comenzaban a quemarse por dentro, lentamente... haciendo que cada bocanada de aire que respirasen les hiriese cada fragmento de su sistema respiratorio, como si millones de alfileres agujerearan sus pulmones cada segundo.
Sus ojos irritados por el ambiente enrarecido enrojecieron, y muchos rezaron para quedar ciegos y no ver las lágrimas de sangre que corrían por las mejillas de sus hijos e hijas, así como de sus compañeros. Llegando a este punto, los que aún tenían fuerzas acabaron con las vidas de sus familias. Los hermosos suelos blancos, quedaron encharcados de sangre. Los cuerpos de ancianos, adultos, niños regaron el suelo de hogares otrora felices. Muchas parejas jóvenes optaron por clavarse puñales dobles para morir al mismo tiempo, en un abrazo mortífero, que sellaba con un beso de amor el último aliento. Otros, en los que las fuerzas de la pareja estaba tan mermada que uno de ellos ya no podía moverse, eligieron acabar con la agonía de sus seres más queridos uno a uno. El último que quedaba vivo en la familia tendría que resignarse a morir sólo sumido en el dolor y la culpa interior, repitiendo en su memoria los ojos desencajados de sus hijos, la mirada de horror de sus mujeres, la inocencia del pequeño que sonrió como si fuese ese juego de batallas que tanto adora jugar con su padre, antes de morir atravesado su corazón por un puñal frío e impasible.
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