Un chico y su violín parte 3

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La primera vez que escuché Las cuatro estaciones de Vivaldi tenía cuatro años. Mi madre y mis hermanos habían ido a pasar el fin de semana con la abuela. Yo me había negado a marcharme sin mi padre, que no podía ir porque qué trabajar. Me agarré a él y aulle mientras mis padres intentaban meterme en el cocge, hasta que se dieron por vencidos y permitieron que me quedara.
En lugar de dejarme en la guardería, mi padre me llevó con él a trabajar. Pasé tres días magníficos de libertad casi total correteando por su taller, trepando por las pilas de neumáticos y aspirando el olor a hule mientras lo veía levantar con el gato coches de otras personas y deslizarse debajo de modo que solo se le veían las piernas y la cintura.
Siempre me quedaba cerca porque me daba un miedo terrible que un dia el gato fallara y el coche le cayera encima y lo partiera por la mitad. No sé si era arrogancia o estupidez, pero incluso a aquella edad creía que sería capaz de salvarlo, que con la cantidad de adrenalina suficiente sería capaz de sostener la carroceriat del coche unos segundos para que mi padre pudiera escapar.
Cuando terminaba el trabajo, subiamos a su camioneta y volvíamos a casa, parando para comprar un helado por el camino, a pesar de que normalmente no me estuviera permitido tomar el postre antes de la cena. Mi padre siempre lo pedía de ron con pasas, mientras que yo elegía un sabor diferente cada vez, o a veces dos medias bolas de dos clases distintas.
Una noche que no podia dormir fui al salón y lo encontré tumbado boca arriba a oscuras, como si estuviera dormido, pero respirando normalmente. Había metido en casa el tocadiscos del garaje y oí el suave chirrido de la aguja a cada vuelta sobre el disco.
-Hola, hija- dijo.
-¿Que haces?- pregunté.
-Escucho musica- contestó, como si fuera lo mas normal del mundo.
Me eche a su lado para sentir el calor de su cuerpo cerca de mí y el suave aroma de caucho nuevo mezclado con un jabón fuerte de manos. Cerré los ojos y permanecí inmóvil, hasta que el suelo pronto desapareció y lo único que existía en el mundo era yo, suspendido en la oscuridad, y el sonido de Las cuatro estaciones de Vivaldi en el tocadiscos.
Mas tarde, le pedí a mi padre que pusiera el disco una y otra vez, quizá porque creí que me habian llamado Jeahwan (verano) por uno de los movimientos, una teoria que mis padres nunca confirmaron.
Mi entusiasmo fue tal que por mi cumpleaños mi padre me compro un violín y me apunto a unas clases. Siempre había sido un niño más bien impaciente y autónomo, de los que no parecen predispuestos a tomar cursos extraescolares o aprender música, pero estaba deseando, mas que nada en el mundo, tocar algo que me hiciera volar, como aquella primera noche que escuche a Vivaldi. De modo que, en cuanto puse mis manitas sobre el arco y el instrumento, ensayé todas las horas del día.
A mi madre empezó a preocuparle que me estuviera obsesionando, y quiso quitarme el violín, alejarlo de mí una temporada, para que me dedicara al resto de mis tareas escolares, y quizá también hiciera algún amigo, pero me negué rotundamente a soltar mi instrumento. Con el arco en la mano,me sentia como si fuera a despegar en cualquier momento. Sin él no era nada,un mero cuerpo como cualquier otro, soldado a la tierra como una piedra.
Avancé rápidamente por los niveles básicos de la música, y a los nueve años tocaba muy por encima de la capacidad que mi asombrada profesora de música de la escuela podía concebir.
Mi padre me apunto a mas clases con el señor Hendrik van der Vliet, un holandes mayor que vivía a dos calles de nuestra casa y apenas salía. Era un hombre alto y exageradamente flaco, que se movia sin gracia, como si estuviera atado a unos hilos, desplazando una sustancia que fuera más densa que el aire, como un saltamontes nadando en miel.
Cuando agarraba el violín, su cuerpo se volvía líquido. Observar los movimientos de su brazo era como observar las olas del mar. La música fluía dentro y fuera de él como marea.

A diferencia de la señora Huang, la profesora de música de la escuela, que se mostraba asombrada y desconfiada ante mis progresos, el señor Van der Vliet era inconmovible. Apenas hablaba y nunca sonreía. Aunque mi pueblo, changsa, tenia pocos habitantes, muy poca gente lo conocía y, que yo supiera, no tenia masl alumnos que yo. Mi padre me contó que había tocado con la Orquesta Real Concertgebow de Ámsterdam bajó la dirección de Bernard Haitink y que abandono su carrera de músico y se fue a vivir a China cuando conoció a una china en uno de sus conciertos. Ella murió en un accidente de tráfico el dia que yo nací.
Como Hendrik, mi padre era un hombre callado, pero interesado en las personas, y conocia a todo el mundo en Changsa. Tarde o temprano, incluso a la persona más huraña se le acababa pinchando un neumático, ya estuviera montada en un coche, en una moto o en una podadora, y mi padre, que tenía fama de aceptar hasta la reparación más insignificante, dedicaba bastante tiempo a hacer trabajos para los habitantes del pueblo, incluido Hendrik, que un dia entro a su taller para arreglar una llanta de la bici y salio con un alumno de violín.

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⏰ Última actualización: Nov 24, 2016 ⏰

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