Abrí los ojos. Tenía el cuerpo entumecido y magullado y estaba desorientada. Me encontraba en el centro de una habitación sin ventanas que olía a cerrado, iluminada únicamente por una triste bombilla, justo en centro, lo que provocaba que, todo aquello que se hallaba fuera del círculo de luz, fuera para mi un mundo desconocido.
Tampoco podía moverme. Mis tobillos y muñecas estaban esposados a una silla de metal, que a su vez, estaba atornillada al suelo. No sabía cuanto tiempo llevaba allí encerrada, ni quién me tenía retenida.
Y, para empeorar un poquito más la situación, no tenía ni familia ni amigos que se preguntaran dónde me había metido. Los únicos que podían echarme en falta eran los compañeros de oficina, y tampoco. Primero, porque la inmensa mayoría no sabía ni mi nombre y segundo, porque para los pocos que sabían de mi existencia, yo iba a estar de vacaciones los próximos 15 días. Sin saber cómo, me había metido en un lío muy muy gordo...Como ya habréis imaginado, nunca he sido el alma de la fiesta. Mi vida social es, ha sido y será, prácticamente inexistente. A pesar de estar rodeada de gente, nunca se me ha dado bien eso de hacer amigos. Soy la típica chica que siempre está sola. En el cine, en la barra del bar, en los museos... Mi obsesión, Edvard Munch, me mantiene ocupada cuando no tengo que trabajar. Me siento totalmente identificada con su obra. El Grito" o "Atardecer en el Paseo Karl Johan" son de mis preferidas, porque en ellas me veo reflejada. Parece que este hombre pintaba mi vida. En cuanto hay alguna obra suya expuesta en el museo de la ciudad allá que voy, me paso las horas muertas observándolas. Sé todos los detalles de cada una de sus obras, la técnica usada, la gama cromática, su vida, sus manías... La verdad es que me hubiera gustado vivir en su tiempo para poder conocerlo. Seguro que era un tipo como yo, solitario, y raro a ojos de los demás.
El último recuerdo que tengo antes de despertar aquí es del viernes. Ese día, después de trabajar había ido a la biblioteca a devolver unos libros, y después al museo. Habían traído "El Grito". Visto en la pared era aun más espectacular, transmitía la angustia y la soledad de una forma que casi la podía sentir en mi piel. Estaba embobada, sin poder quietar los ojos de él. Y el tiempo pasó, y no me di cuenta de que iban a cerrar. Así que un visitante se me acercó y me avisó. De él solo recuerdo su mano fría y contundente, porque al volverme para agradecerle el aviso, ya no estaba. Así que recogí mis cosas y salí del museo. Recuerdo que eran las 21h 30, el autobús no terminaba de pasar y me aburrí, sola en la parada, de modo que decidí cenar algo y tomarme algún trago antes de irme a casa en taxi.
Ya cenada, entré en un bar donde tocaban Jazz en directo, y me quedé allí. Se estaba a gusto. El ambiente estaba en penumbra, nadie se fijaba si estabas sola o acompañada, nadie te miraba. Eras invisible.
Entre actuación y actuación, me pareció escuchar la voz del desconocido que me había avisado en el Museo, pero como no sabía cual era su rostro, ni miré. Pero él si me vio, porque a los pocos minutos estaba pidiendo permiso para sentarse en mi mesa.
Me sorprendió lo que vi.
Tenía sentado delante de mi a un muchacho de una belleza sin igual, muy pálido, con los ojos claros y el pelo muy negro. Como únicamente recordaba sus manos, no pude reprimir la curiosidad de mirárselas. Estaban muy cuidadas y parecían suaves. Me quedó la duda de si estaban frías o no.
Estaba extrañado de que una chica como yo se hubiera pasado la tarde mirando "El Grito", y quería saber porqué. No supe qué contestar. Fue tan directo que me dejo fuera de juego en cuestión de segundos. No quería decirle que mi vida era patética, que mi familia había muerto y que tenía serios problemas para relacionarme con mis semejantes, de ahí que tampoco tuviera amigos, así que preferí callar. Pero él no estaba dispuesto a rendirse, e insistió. No podía entender que un viernes por la noche estuviera sola en un bar. Lo del museo, bueno, Munch es un artista un tanto especial y, o lo adoras o lo odias, no tiene término medio, pero esto escapaba a su comprensión. Así que, visto que no me iba a dejar en paz tan fácilmente, le conté lo justo como para que se callara. Que no me gustaba la compañía y que no tenía familia.
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