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Mientras la pequeña Iris entraba en el baño para damas, él, es decir, Marcel Larkin, se disponía a esperarla afuera del mismo. "No te demores, el concierto está a punto de entrar en su mejor parte", le dijo él a Iris con un tono de voz afectuoso y comprensivo. La pequeña, por su parte, al escuchar aquello, y como es su costumbre, no dijo gran cosa, no expresó, de hecho, casi nada, y eso que Marcel es una de las pocas personas con las que ella se siente en confianza para hablar. Una vez la niña entró al baño, Marcel se recostó contra una pared, mientras pensaba algunas cuestiones de índole filosófica. Mientras pensaba, por ejemplo, qué tan cerca o qué tan lejos están las personas con sus sentires, sus pasiones, sus esencias y sus pensamientos, de sus respectivos destinos. Mientras pensaba, a su vez, en pasados inasibles y en esa noche intensa que poco a poco se iba plagando de fantasmas que sabían observar sin ser observados, que sabían nadar a sus anchas en un indefinido horizonte de sucesos o en aquella arena compacta y tranquila donde el universo siempre encuentra su propia entropía. Él también se dispuso a pensar en Scarlet, su bella y adorada Scarlet, que para aquellas horas de la noche, muy seguramente estaría llevando a cabo la misión que él le encomendó. De repente, sin que hubieran pasado siquiera unos cuantos segundos desde que la pequeña Iris entrara en el baño, aquella hermética y misteriosa niña gritó. Un grito espeluznante, demasiado espeluznante para una niña que casi nunca emite sonido alguno.

La incertidumbre estableció entonces un nexo inexplicable con un lejano pecado.

El único color que queda de la sombra, por su parte, comenzó a rodear el eco de una noche fugitiva.

Ya casi era medianoche, una medianoche de reverberantes delirios, de intenso fuego, de inabarcables secretos, y allí estaba ella, la hermosísima y letal Scarlet, disfrutando el momento y con el amor que ella siente por Marcel recorriéndole todos y cada uno de sus pensamientos, incluso aquellos que dentro de poco debían teñirse de muerte. Sí, ella pensaba en Marcel, pensaba en él con gran intensidad. Pero más allá de sus amorosas reminiscencias, lo cierto es que allí estaba ella, bajo una medianoche de reverberantes delirios e inabarcables secretos y frente a una iglesia católica, persiguiendo una oleada incierta de muerte y una nueva oportunidad para asesinar. Todo por esa extraña e inaudita costumbre de pensar que el final es la única posibilidad real de que algo ocurra de veras dentro del tiempo, una posibilidad, a todas estas, demasiado atroz y contundente. Por esa razón, Scarlett, con su cabello lacio, sus sensuales caderas, sus ojos almendrados, su típico traje formal con una corbata oscura algo suelta y con su poderosísima y distintiva espada katana, se aproximó hasta aquel hombre de aire abismadamente siniestro y ensombrecido y, en cuestión de segundos, le hizo volar la cabeza. Un solo espadazo, justo en frente de aquella iglesia y mientras el reloj aún marcaba la medianoche. Acto seguido, la bella y mortífera Scarlett le propinó un puntapié a la puerta de la entrada de aquella iglesia e ingresó en la misma a pesar de los presagios que llevaba consigo una oscuridad densísima que parecía querer devorarse todo resquicio de vida y todo resquicio de instantes dentro del tiempo. Scarlet caminó hacia el fondo mientras empuñaba su espada con fuerza en una de sus manos y en la otra mano llevaba del cabello la cabeza del sujeto que acaba de asesinar. Luego, junto a una lívida y soñolienta luz de unas velas que reverberaban por todas partes y deformaban y proyectaban levemente las sombras y los misterios, la chica de la espada se toó con una mujer desnuda. Una mujer que lucía apócrifa y libidinosa en aquel lugar.

—El espacio que hay entre nosotras es una invención de transparencias y de oscuridades y eso es porque somos demasiado parecidas. Dime, hermana, cuánto hace que tu delirio dejo de perseguir huidas imposibles. Dime si has trascendido lo íntimamente ajeno del alma. Dime si has venido a matarme.

—Me gusta mucho eso de ti, mi querida Ruth, nunca cambias. Déjame decirte, por cierto, que acabo de matar a uno de tus secuaces. No sé dónde consigues personajes tan siniestros y desagradables, hermana. Dime, ¿qué pasó con Víctor Monsalve?

—Murió hace algunos años. Justo cuando conocí al hijo de la penumbra en persona. De hecho, fue él lo mató.

—Vaya cosa, siempre quise matar a Monsalve yo misma. Él fue el desgraciado que me vendió —dijo la bella y mortífera Scarlet con un aire como de nostalgia en sus palabras y poco antes de arrojar sobre Ruth la cabeza del tipo que había asesinado.

Un chorro de sangre cayó al instante sobre el cuerpo desnudo y libidinoso de la hermosa Ruth y sobre aquel altar en el que ella se encontraba acostada. Junto a un cristo había un letrero escrito son sangre que decía: lo que por ahora es inaprehensible dentro de poco será un latido más.

De las inercias de la piel a un mar de constelacionesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora