"No es tiempo de llorar", esa fue la frase que un pequeño Saúl Dumet Portela de apenas ocho años de edad, recordó de repente al poco de haberse caído de un columpio que se mecía con la fuerza indescriptible de un corazón que en cada latido, en cada ser él mismo, no dejaba de navegar en una sensación de tierna y torbellinezca magia de fantasía; una magia de hadas, tierras encantadas y princesas juguetonas que estrenaban a cada segundo una nueva y amplia sonrisa con esencia de brisa o quizás solo con esencia de primavera. Esa fue la frase que él recordó, cómo no, poco después de que escuchara el zumbido de un colibrí, de que hubiera traspasado sin querer las márgenes de aire de una incierta mariposa, y de haberse asestado un fuerte y contundente golpe tras la caída de aquel columpio que hemos mencionado. Aquel colibrí cuyo zumbido se plasmó en esta historia un poco —solo un poco— más arriba, no se percató de la caída. No se percató del golpe. No supo jamás que mientras Dumet caía a aquel pequeño le pareció que todas las cosas alrededor de él, por alguna desconocida razón, exhibían una muy curiosa y rara suerte de sombras alargadas a pesar de ser mediodía. Pero ¿por qué se cayó aquel niño del columpio? Quién sabe. La única pista que, al respecto, nos ha regalado el viento, luego de que este se cansara de buscar el color de los jazmines entre las nubes de un recuerdo, y luego de que descubriera con ello mismo que cada flor es como un jeroglífico, o como un fragante acertijo para la luna, nos dice que el pequeño Dumet se vino de espaldas cuando él se encontraba navegando en lo más alto de la fantasía. Para ser más precisos, lo que sucede es que él subía y bajaba en el columpio aquel que se mecía con la fuerza indescriptible de un corazón del que ya hemos hablado, y, al tiempo, aquel niño no perdía de vista a una pequeña y juguetona Denise.Era costumbre que una magia de hadas, princesas y tierras encantadas se desplegara de la siguiente forma: cada sábado aparecía en un pequeño parque del vecindario la mamá de Denise y tras ella una pequeña y rubicunda Denise Amandine corriendo de lado a lado, como si el único propósito de la vida fuera correr y ser feliz, o ser feliz y correr, y con ello, ser parte la de la arquitectura más dulce e inextinguible de la existencia. En esta historia de hadas, además, a veces los colibrís se encontraban entre ellos y se preguntaban cuántos amores puede uno toparse en una sola de las curvas de la vida, y mientras ello se preguntaban, llenos de magia, llenos de aventura, Dumet veía pasar de vez en vez a Denise y la saludaba con un simple pero efusivo: "Hola", al que ella respondía con otro simple y no menos efusivo: "Hola". En lo más alto del cielo, el sol brillaba. Y en lo más profundo de la vida una pulsación indefinida se iba ampliando poco a poco a un solo significado: el amor.
Pero un día Dumet cayó de un columpio mientras veía a una pequeña y juguetona Denise correr de lado a lado. Eso sí, no por ello esta parte en concreto de esta historia, deja de ser como un cuento de hadas, princesas y tierras encantadas. Claro no. Lo único que resaltamos, es que tras aquella caída, Dumet no lloró. Y él no lloró porque, de repente, recordó aquella frase que en cierta ocasión le dijo su abuelo materno, y ella es: "No es tiempo de llorar". Una frase que aquel abuelo materno repetía junto a otras muy famosas frases de uso habitual de su persona, como la de "el amor nunca baja la mirada", o la de "no es mala idea cambiar todo un reino por una sonrisa".
En esta mágica historia de hadas, en ocasiones, Dumet jugaba con Denise, aunque a veces resultaba un tanto difícil seguirla con tanta energía que ella desplegaba, y en ocasiones, también jugaba con la mamá de Denise, quien, muy alegre, se les unía en algunos de sus juegos. Y es que precisamente fue la mamá de Denise quien luego del episodio de la caída se acercó hasta Dumet, lo abrazó y mencionó que él era un niño muy fuerte, ya que no había llorado.
—Y ¿cómo puedo saber cuándo será el tiempo de llorar? —le preguntó cierto día Dumet a su abuelo materno, con una curiosidad inmensa adornando su mirada.
—Cuando no sea un dolor cualquiera y momentáneo el que te lo diga, sino tu propio corazón —comentó aquel abuelo que no sabía que era parte de una historia de hadas, princesas y bosques encantados que en cualquier momento podría devenir en una bizarra y surrealista historia de terror.
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De las inercias de la piel a un mar de constelaciones
General FictionUna hermosa chica que despierta totalmente desnuda en una oscura y lúgubre habitación sin saber a ciencia cierta por qué está allí, y una niña misteriosa que no es muy dada a hablar con las personas y que guarda un pérfido y oscuro secreto, se perca...