Capítulo 7

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Capítulo VII - Por siempre y para siempre


Desde aquella situación los días avanzaron tranquilamente. Hiroki decidió no volver a tocar el tema del "descontrol" de su padre, aunque realmente tuviese muchas ganas de saberlo, pero, reparó en que si seguía insistiendo probablemente terminarían en una discusión severa y, bueno, eso no era algo agradable, así que mejor evitar.


Por mientras, los entrenamientos de Haiiro disminuyeron y una tarde, cuando el Rey Sorata entró a la habitación de entrenamientos, informó algo muy importante.


Haiiro—Llamó Sorata—. Tus entrenamientos han acabado.


Haiiro y Hiroki, quienes se encontraban hablando animadamente en el centro de la habitación se hicieron del silencio y voltearon a mirarle inquisitivamente.


  — Ya no necesitas entrenar más. He decidido que ya estás completamente educado en el arte de utilizar una espada.— 


Haiiro lo miró boquiabierto, casi sin dar crédito a sus oídos.


Eso... Eso quiere decir que... Que... Que yo...— 

Puedes quedarte con la espada— Lo miró con una sonrisa y añadió—. Es tuya ahora.— 


En el rostro pálido del felino se dibujó una enorme sonrisa al tiempo que gritaba con alegría un "¡Gracias, señor!".

Sorata, habiendo ya acabado con lo que iba a hacer se dispuso a retirarse de la habitación, pero su camino se vio obstaculizado por su hijo, quien se encontraba mirándolo con ceño. 


¿Qué sucede, Hiro?

  — Yo quiero el escudo.

  — ¿Eh?

  — Quiero el escudo.—Repitió con firmeza, señalando el escudo que había utilizado días antes para salvar la vida de su compañero y que ahora yacía en el suelo de la habitación.

  — ¿El escudo?—Sorata lo miró sin comprender—¿Para qué quieres ése escudo viejo? Dentro de unos años aprenderás también a manipular la espada, no lo necesitarás.

  — Pero lo quiero.

  — ¿Por qué? Es una tontería...

  — ¡Quiero ése escudo, papá!

  — Bien, bien, como quieras. Toma el escudo—Dijo, aún sin entender el porqué de aquel capricho—. A veces no te entiendo, ¿Sabes?.... Te antojas de unas cosas sin sentido...—y diciendo ésto apartó a su hijo del camino y salió de la habitación.


Ambos muchachos quedaron complacidos por sus ganancias.


  — ¿Lo ves, Haii?—Decía animadamente el pequeño —, ¡Ahora podremos estar juntos y protegernos para siempre!—

  — ¿Siempre...?


Hiroki sonrió.


  — Sip, ¡Por siempre y para siempre!


Haiiro lo miró y, al ver la sonrisa que asomaba en sus labios comprendió que, sin importar donde ni como, él y su adorado Príncipe de cabellos rizados color chocolate estarían juntos para siempre, protegiéndose y queriéndose el uno al otro.


 Porque así debía ser. 

My Little PrinceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora